El drama de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro

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orlando serrano
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El drama de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro

Mensaje por orlando serrano » Lun Nov 22, 2004 6:55 pm

Este suceso es el gran acontecimiento del año, y posiblemente el más intenso
de toda la historia del alpinismo español del siglo XX. El alpinista alemán Toni
Hiebeler les dedicó un capítulo en su libro Eigerwand, der tod kletter mit —en la
versión francesa Combats pour l’Eiger y en la italiana La morte arrampica acanto—.
El libro de Hiebeler es un relato dedicado a los escaladores de la mítica pared
norte, lleno de realismo y ansiedad, y de una lectura conmovedora.

Ernesto Navarro y Alberto Rabadá, vencedores de tantas murallas rocosas
en España, entre ellas del muro oeste del Naranjo de Bulnes, decidieron ese año
erguirse sobre la cima del Eiger después de haber escalado su pared norte, a la
sazón la escalada más temida de las montañas de la Tierra.
Se instalaron en una precaria tienda en la base de la montaña y allí permanecieron
una semana esperando el buen tiempo que les permitiera entrar
en la tétrica pared, en donde se habían venido produciendo los famosos dramas
de la historia contemporánea del alpinismo de alta dificultad. Les acompañaba
su camarada Luis Alcalde, con funciones de enlace con Zaragoza y el
club Montañeros de Aragón. El día 10 de agosto el tiempo mejoró sensiblemente,
por lo que Alberto y Ernesto prepararon el equipo dispuestos a la trascendental
aventura: quince clavijas variadas de roca, cuatro de hielo, una sola
cuerda roja de 60 metros, infiernillo de gas y provisiones para dos o tres días.
Una hora después de media noche, los escaladores aragoneses abandonaban su
tienda al pie de la pared y emprendían su camino hacia arriba. En el punto de
ataque encontraron a una cordada japonesa: Daihachi Okura y Mitsuhiko Yoskin,
ambos de Okayama. Los japoneses eran expertos alpinistas, y ya en aquellos
años habían realizado escaladas en el Himalaya, Hindu Kush y Karakórum,
entre ellas la primera escalada del Manaslu.

A las tres de la mañana iniciaron los aragoneses la escalada, seguidos por
los japoneses. Parece ser que su ritmo era lento ya que al mediodía todavía estaban
bajo la «Fisura difícil». Mientras la cordada japonesa vivaqueaba en «Nido
de las Golondrinas», pasaje famoso en el término de la «Travesía Hinsterstoisser
», Rabadá y Navarro continuaron entre preocupantes caídas de piedras hasta
el «Segundo Nevero» —una zona totalmente desprotegida tanto de avalanchas
y piedras como del viento—, en donde se decidieron a vivaquear
Según Luis Alcalde esa noche cambió el tiempo y una tormenta se instaló
sobre la pared. El lunes día 12 estuvo lloviendo y a partir de los 3.500 metros
nevó. La cordada japonesa se retiró y regresó por la tarde a Grindelwald. Pero
no así la cordada española, que siguió subiendo con dificultad, a través del
«Segundo Nevero», empleando para superarlo prácticamente todo el día, y en
cuya travesía Rabadá sufrió una caída de veinte metros. Parece ser que esa tarde
alcanzaron a través de la «Plancha» el «Vivac de la Muerte». Esa noche también
llovió y granizó. Toni Hiebeler, quien narró angustiosamente esta escalada,
no entendió cómo Rabadá y Navarro no volvieron atrás cuando todavía era
posible hacerlo y continuaron escalando entre la tormenta. De esa misma opinión
era su compañero Luis Alcalde, quien se encontraba abajo. Se esperaba
que, si el mal tiempo continuaba al amanecer, la cordada aragonesa trataría de
volver, aun cuando desde el «Vivac de la Muerte» el descenso era muy difícil y
comprometido y escasas cordadas lo habían logrado.

El martes 13 de agosto comenzó a despejar, aunque la pared se veía cubierta
por las nubes. Hacia el mediodía, cuando los observadores desde la Kleine
Scheidegg, trataban de descubrir huellas de descenso a través del «Segundo
Nevero», vieron con sorpresa que la cordada española estaba iniciando la
escalada hacia la «Rampa». Necesitaron toda la mañana para pasar el «Tercer
Nevero» y a las cuatro de la tarde Rabadá y Navarro alcanzaban la «Rampa».

Rabadá llevaba siempre la delantera de la cordada; iba con un anorak rojo,
mientras Navarro vestía uno azul. La gente se arremolinaba en la Kleine
Scheidegg tratando de mirar por los telescopios y ver a la cordada española,
que contra todo pronóstico seguía escalando la Eigernordwand. Las conversaciones
y comentarios de los turistas eran, según los observadores, de tono
macabro… La escalada prosiguió con extremada lentitud. Al llegar a una concavidad,
antes de la «Chimenea de la cascada», que permitía un vivac relativamente
bueno, ambos escaladores prosiguieron la ascensión. En ese pasaje
clave por su dureza y dificultad, Rabadá sostuvo una verdadera batalla clavando
tres clavijas y resbalando. Según la opinión de los observadores de la
Kleine Scheidegg, los escaladores españoles —o por lo menos Rabadá— ya no
se encontraban con plenas facultades físicas. Según Hiebeler, si todo hubiera
ido bien y el tiempo se hubiera estabilizado, en tres días podrían haber llegado
a la cima.
A las ocho de la tarde los aragoneses montaron su tercer vivac encima de
la «Chimena de la cascada», un sitio pequeñísimo. Durante toda la noche llovió
y nevó.

Un experto como Hiebeler no podía ignorar la comprometida situación de
los españoles. Por ello le planteó a Luis Alcalde la posibilidad de que un grupo
de alpinistas españoles preparara urgentemente un salvamento de emergencia.
Sin duda Hiebeler conocía la alta dificultad y riesgo de una operación
terrestre de rescate en aquel terreno. Alcalde le contestó que los alpinistas españoles
con categoría suficiente para intervenir en aquella emergencia se encontraban
dispersos por los distintos macizos alpinos y reunirlos llevaría mucho
tiempo. Estando así la situación, Fritz von Almen, dueño de los hoteles de la
Kleine Scheidegg y jefe de la seguridad alpina de la zona, informó de la difícil
situación al jefe de los equipos de salvamento de Grindelwald, quien respondió
que antes de pensar en intervenir, necesitaría la confirmación de que algún
organismo o persona se haría responsable de los gastos de la operación de rescate.
Luis Alcalde telefoneó a «Montañeros de Aragón» y la veterana entidad le
autorizó a prometer cualquier pago por alto que resultara.
El día 14 el tiempo mejoró y la pared podía verse nevada a partir de la
«Plancha». A través de los telescopios se observaba a Navarro escalando en cabeza
de la cordada, superando el Nevero o campo de hielo sobre la «Rampa».
Todavía tenían que escalar la llamada «Fisura descompuesta» y la «Travesía de
los dioses». A las tres de la tarde, Rabadá, que volvía a llevar la delantera de la
cordada, empezó la «Travesía de los dioses» entorpecido por unas maniobras de
la cuerda que le retrasaron mucho. Hasta las ocho y media de la tarde ambos
escaladores no alcanzaron el final de la «Travesía», y llegaron al comienzo del
glaciar colgado de la «Araña». La oscuridad les envolvió y tuvieron que montar
su cuarto vivac en un emplazamiento muy pequeño, sobre un abismo impresionante.
Y nuevamente el mal tiempo hizo su aparición...

El jueves 15 de agosto no se pudo ver la pared, oculta continuamente por
la niebla, las nubes y la nieve. Angel Landa y los hermanos J. M. y J. A. Regil,
que se encontraban en Chamonix, se enteraron de las noticias y se trasladaron
a Grindelwald para ayudar en las acciones que fueran necesarias.
Los tres españoles, junto al italiano Sorgato y Hiebeler, emprendieron la
ascensión del Eiger por la arista oeste, ruta de descenso de la montaña, la arista
contraria a la de Mittellegi. A pesar de las llamadas que se realizaron, no
escucharon ninguna respuesta. La niebla impidió cualquier visibilidad a más de
treinta metros y absorbió todas las llamadas y gritos mientras las temperaturas
descendieron por debajo de los 0º C.
Al día siguiente se planteó una acción de rescate, suponiendo que la cordada
española se encontraría en las «Fisuras de salida», previas a los corredores que
desembocan en la arista somital. Con un torno con cable de 300 metros podría
realizarse el rescate.

El viernes 16 de agosto, se unieron al equipo el americano John Harlin y el
italiano I. Piussi, que fue ascendiendo por la nevada arista oeste. A comienzos de
la mañana, Von Almen vio con los prismáticos desde la Kleine Scheidegg, cómo
un cuerpo colgaba de una cuerda roja en el glaciar de la «Araña», mientras en el
otro extremo parecía verse el otro cuerpo al amparo de un resalte rocoso. Luis
Alcalde insistió en que debía de tratarse de un error de visibilidad, puesto que
había bastante niebla. Von Almen solicitó la colaboración de un helicóptero,
para que, si las condiciones lo permitían, sobrevolase lo más cerca posible la
pared para cerciorarse de lo que estaba sucediendo. Harlin, oficial de las Fuerzas
Aéreas Americanas, transmitió las características aerológicas: viento oeste, 15
nudos. El vuelo del helicóptero confirmó la visión confusa observada desde la Kleine
Scheidegg: los cuerpos de Rabadá y Navarro se encontraban en la parte superior
de la «Araña», sin ningún movimiento, por lo que se estimó que estaban
muertos. Aun así un reactor Hunter realizó tres pasadas consecutivas, volando muy
cerca de la pared, por si con el estruendo que producía se despertaban los escaladores,
en caso de que estuviesen aletargados o dormidos. No hubo movimiento
alguno. Horas después, desde otro helicóptero, H. Geiger y el jefe de salvamento
de Grindelwald, vieron con claridad cómo uno de los españoles colgaba de una
cuerda parcialmente cubierto de nieve, mientras su compañero estaba sentado a
mitad de altura de la «Araña»; los dos estaban muertos.
Horas después, al atardecer, el sol iluminaba con sus últimos rayos el glaciar
de la «Araña» y Luis Alcalde pudo comprobar por sí mismo, a través del telescopio
de la Kleine Scheidegg, el terrible cuadro: «Ernesto Navarro yacía colgado
de la cuerda en la mitad de la “Araña”. Podía ver sus medias rojas, su anorak
azul y una de sus manos, que asomaba por encima de la nieve. Y veía también
la cuerda que le unía con Rabadá…»

Mis datos —recogidos hora a hora a través de la radio, bajo la tienda del campamento
del Robledo, en la Granja— eran diferentes. El escalador que estaba
arriba, colgado o asegurado de una clavija, era Navarro, mientras que, suspendido
de la cuerda y con el saco de dormir medio fuera de la mochila, se encontraba
Rabadá. Recuerdo incluso haber visto fotografías en fechas posteriores en
la FEM. Sea cual fuere quien estuviera arriba, ambos habían muerto por agotamiento
y congelación. Los gastos de rescate, o mejor dicho, de investigación
previa, ascendieron a 10.000 francos suizos, que la Comunidad de Grindelwald
quiso pagar a cargo de la municipalidad, pero Montañeros de Aragón —
el club de Rabadá y Navarro— no lo permitió.

La prensa y radio en España había ido difundiendo la tragedia acto por
acto, desde que Luis Alcalde comenzará sus comunicaciones con Montañeros
de Aragón. El Heraldo de Aragón dio durante varios días páginas completas
sobre los hechos. Los cadáveres estaban allí, colgados de la pared, al igual que
años atrás lo había estado el cuerpo de Stefano Longhi, suspendido de una
cuerda, balanceado por el viento en la «Travesía de los dioses», hasta que dos
años después una revista se hizo cargo de los gastos del rescate de aquel cadáver,
un «atractivo» más en la macabra y grandiosa pared…
Viví hora a hora, con emoción, la suerte de mis compañeros Rabadá y Navarro,
primero con envidia, cuando supuse que podrían imponerse a las adversas circunstancias
y que llegarían a la cima del Eiger. Posteriormente la envidia se convirtió
en dolor, a medida que las noticias, para los que sabíamos interpretarlas, auguraban
la tragedia. Lamenté no haber podido estar en Grindelwald, formando parte
de las cordadas de rescate, pero me encontraba sin libertad, realizando los cursos
de oficial de la Milicia Universitaria, en el campamento de la Granja. Curiosamente
toda la compañía de Infantería, la 22, con Pedro Soto, su capitán al frente, me dio
el pésame por la muerte de mis compañeros. Fue un detalle caballeresco que agradecí,
después de soportar la tensión de varios días de angustia escuchando las
informaciones radiofónicas. Cuando pude pasar por la sede de la Federación,
Félix Méndez me puso al corriente de lo sucedido y me dijo que la Federación haría
lo posible por rescatar sus cuerpos, aunque tendría que ser el verano siguiente.
Según Méndez, José Antonio Elola, el Delegado Nacional de Deportes, había
garantizado un millón y medio de pesetas como presupuesto para los gastos del rescate.
Lo llevarían a cabo los del Grupo Nacional. Yo me puse a disposición de Méndez
y él aceptó mi ofrecimiento.

Pero los hechos no sucedieron como estaban previstos. Ese invierno de
1963-64, tres escaladores suizos aspirantes a guías de alta montaña, capitaneados
por Paul Etter (que realizaría años después la primera invernal de la pared
norte del Cervino) descendieron la pared norte del Eiger por primera vez. La
noticia rápidamente se difundió en España: los alpinistas suizos habían cortado
las cuerdas que sujetaban los cuerpos helados de Rabadá y Navarro a la
pared. Los cuerpos debieron golpearse bárbaramente en la tremenda caída a lo
largo del enorme despeñadero. Al no haber sido sus cuerpos previamente protegidos
dentro de unas bolsas para cadáveres, diseñadas especialmente para los
rescates y emergencias en montaña, algunos de sus miembros debieron romperse
y quedar dispersos por los zócalos de la base. A mí no me gustó el hecho, que
me pareció oportunista, aunque ahorró a la Federación gastos y una peligrosa
actividad de rescate, que, eso sí, nosotros hubiéramos hecho con mejor técnica
y sobre todo, con mayor delicadeza y humanidad. Meses después, en la primavera,
la Agencia Pyresa censuraba, por interés de Méndez, una noticia fechada
en Grindelwald que decía que unos alpinistas alemanes habían encontrado
una mano perteneciente a algún escalador caído hasta la base de la pared.
La llegada de los cadáveres de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro trajo nuevamente
a primera plana el drama del Eiger. En Zaragoza los féretros fueron recibidos
por diversas autoridades, entre ellas el alcalde de la ciudad, Gómez
Laguna, antiguo compañero de los fallecidos en Riglos. La FEM les concedió
la Medalla de Oro, y la historia del alpinismo español los elevó a la categoría
de mitos. Naturalmente los ataúdes nunca se abrieron para evitar a
todos, y en especial a las familias, sorpresas muy desagradables.
Y en primavera también llegaron invitados por la FEM a Zaragoza los tres
guías suizos, Paul Etter, Ueli Ganstenbein y Josef Henkel, que habían descolgado
los cadáveres, y se les dio una cordial bienvenida. Los suizos realizaron
junto a compañeros de Montañeros de Aragón algunas escaladas interesantes
en Riglos. De Zaragoza vinieron a Madrid, para escalar también en la
Pedriza y recibir en la Federación Española sus nombramientos de miembros
de honor del Grupo Nacional de Alta Montaña (GNAM), en este caso oportuno.
En esta misma categoría también se incluía a los miembros del Grupo que
renunciaban a seguir en actividad. Antonio Espias y yo fuimos los escaladores del GNAM (selección de alpinistas nacionales, que luego daría lugar al GAME) encargados de recibirlos y
acompañarlos a la Pedriza. Escalamos la pared sur del Pájaro. Este cronista abría
camino con la destreza que le otorgaba escalar en sus propias montañas una ruta
repetida decenas de veces. Esperaba que los suizos, delgados y altos, se encontraran
torpes a través de las «chimeneas» y otros empotramientos, pero tuve
que admirar su facilidad al verles subir ágilmente, fumando cigarrillos, una
costumbre quizás contradictoria con el mismo deporte, pero muy propia de
escaladores y alpinistas en aquellas pasadas décadas.

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fede
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Mensaje por fede » Lun Nov 22, 2004 9:18 pm

Impactante tu testimonio.

Gracias por compartirlo.

Pedro Yubero
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Mensaje por Pedro Yubero » Lun Nov 22, 2004 9:55 pm

gracias por el tema, honra la memoria de los fallecidos

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Madison
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Mensaje por Madison » Lun Nov 22, 2004 10:14 pm

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Belen Casariego

Alberto
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Mensaje por Alberto » Mar Nov 23, 2004 10:17 am

Las especulaciones que se hicieron en el momento sobre esta tragedia fue que aparte del mal tiempo, el enorme tesón de esa magnífica cordada fue agotado por el supremo esfuerzo que tuvieron que llevar a cabo abriendo escalones con el piolet al llevar crampones de tan sólo 10 puntas.
Imagen
alberto rabadá

Imagen
Ernesto Navarro
A continuación fotos de la cordada durante dicha escalada:


Imagen
Iniciando la Norte del Eiger
Imagen
Navarro bajo segundo helero N. Eiger
Imagen
En la travesía Hinterstoisser
Imagen

Sus rescatadores (guias suizos) invitados por la federación española en La Pedriza.
Última edición por Alberto el Mar Nov 23, 2004 10:30 am, editado 2 veces en total.
alberto rodríguez montes
www.casadelchiflon.com

Sisifo
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Mensaje por Sisifo » Mar Nov 23, 2004 6:32 pm

Muchas gracias por este relato tan exhaustivo y emocionante.

Te mete tan de lleno en la gélida y trágica pared que se te hiela la sangre.

Produce una enorme pena la muerte de aquellos fantásticos escaladores, aunque fuera en la clase de lugar por el que estaban dispuestos, como tan bien se aprecia en el relato, a dejarse la vida.

David León
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Mensaje por David León » Mar Nov 23, 2004 8:50 pm

Muchas gracias por la historia, pone los pelos de punta. Siempre me ha interesado las hazañas de Rabadá y Navarro. Aún tengo grabados los dos capitulos que les dedicó Al filo de lo imposible.

saludos

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