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Luis G Blasco
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Bulnes

Mensaje por Luis G Blasco » Vie Abr 12, 2013 6:57 pm

Titulo: Bulnes
Corrían los años cincuenta. España había sufrido los avatares de una guerra que lejos de resolver algo nos retrasó en el tiempo.
Pero había lugares que parecían estar dejados de la mano de Dios: uno de ellos era Bulnes, donde faltaba de todo y solo sobraban bellos paisajes regados con una gran dosis de humanidad.
En este lugar es donde se forjó esta historia, donde la hermandad no es una mera palabra, es simplemente un hecho.
Caían los primeros copos de nieve de la temporada y hacía dos días que la temperatura había bajado bruscamente. El ganado estaba en los apriscos y las reservas de heno hacía tiempo que descansaban en los hórreos. Las labores se habían intensificado y a Alvarina le costaba cada vez más hacer los trabajos de la casa, por lo avanzado de su estado.
Lluís, su marido, procuraba ayudarla en lo posible con las tareas más pesadas, realizando el ordeñe de las cabras y las vacas, haciendo el cuajo de la leche, limpiando las cantaras, escurriendo el suero, moldeando los quesos, limpiando y dando de comer a los animales.
Hacía apenas dos años que se había casado. Lo suyo fue un poco precipitado, había fallecido la madre de su mujer, quedando sola. Todos los familiares y vecinos les aconsejaron que adelantasen la boda.
La casa de los padres de Alvarina fue el lugar de residencia del nuevo matrimonio. Apenas tuvieron dinero para arreglar el viejo caserón. Aquellos dos años no fueron buenos. Los pocos ingresos se habían gastado en el convite de boda y cuatro días en San Vicente de la Barquera, de viaje de novios.
Al caer la tarde, Lluís solía marchar a casa Mingo, para echar una partida al dominó, charlar con los amigos y cambiar impresiones de los acontecimientos del día.
Camino de la taberna se giró para observar mejor la garganta del Tejo, que apenas se veía. El día estaba declinando y las nubes subían desde Poncebos, cargadas de aguanieve. Las primeras manchas blancas se habían depositado sobre las rocas y todos los montes se arropaban con nieblas muy densas. El invierno parecía anticiparse.
En su fuero interno una pequeña desazón le invadía, rogaba a Dios que el parto de Alvarina fuera bien, quedaban pocos días y solo cabría ¡redios! tener que bajar Arenas de Cabrales con el camino bloqueado por la nieve.
Entró en la bodeguilla. El calor de la chimenea se hizo notar, la estancia se había quedado en penumbras. Mingo, el dueño, encendió las lámparas de aceite, distribuyéndolas por el local.
-Buenas a todos- Dijo Lluís al entrar. Algunas voces saludaron, otros se limitaron a girar la cabeza: Bernardo, Anicetu y Nardo estaban esperándole para echar la partida.
-Siéntate, ¿qué quieres tomar?- preguntó Mingo.
- Saca una “sidriña”, que el que pierda paga-. Bernardo giraba las fichas sobre la tabla y los jóvenes comenzaron a jugar.
Sobre el barrilillo de madera que recogía los restos caídos de la sidra había un sacacorchos encastrado a la pared. Lluís abrió la botella escanciando algunos “culines” antes de comenzar la primera mano.
La partida se fue prolongando en el tiempo. La conversación fue tomando distintos derroteros hasta que, cuando terminaban la última mano, Lluís les preguntó si sabían de algún trabajo. Eran sus mejores amigos, siempre desde niños se ayudaban mutuamente. La dureza del terreno les obligaba a ello, los problemas, cuando surgían, trataban de resolverlos en común ¡también las alegrías¡
Pocos eran los ingresos económicos en una sociedad que prácticamente vivía del trueque. El dinero en metálico solo se conseguía cuando llegaban las ferias vendiendo los artículos elaborados en casa: quesos, cuerdas de crin, cepillos, algunas patatas, si el jabalí las había respetado, y poco más.
Ocasionalmente, las contratas en obras públicas o la construcción de las presas eléctricas podían permitirles tener algunos ingresos y ahorrar.
Desde que acabaron las obras del refugio de Vega Urriello no había conseguido ganar un duro y ahora que venía el niño, necesitaba algún dinero para medio adecentar la casa; Nardo, el mayor de los tres, se había enterado de que en el Aliva se estaba construyendo un funicular y precisaban gente, sobre todo a trabajadores sin miedo a las alturas.
Lluís le daba vueltas al asunto: Pensó que Aliva quedaba muy retirado para ir y venir en el día. Le obligaría a estar toda la semana sin ver a su mujer y en su estado no era aconsejable dejarla sola; Mela y la tía Antonia eran familia y en un momento dado podían ayudar, pero él no quería que su joven esposa dependiera en esos momentos de nadie.
Anicetu, el más joven de los amigos, tenía familia en Sotres y con frecuencia andaba de un sitio a otro.
Los jóvenes recorrían los pueblos limítrofes manteniendo relaciones y amistades, sobre todo cuando estaban en edad casadera, circunstancia ésta donde la consanguineidad les obligaba a encontrar pareja, a ser posible, fuera de su entorno natural.
La cercanía del otro pueblo había fusionado algunas familias y el Joven Anicetu se encontraba a caballo entre los dos.
-Me he enterado por el tío Ladio, el forestal de Sotres, que un cazador de esos… “con mucho dinero”, quiere venir a cazar el rebeco-. Anicetu le fue informando de la gestión realizada con el guarda jurado.
Bajó un poco la voz para que no le oyera nadie. El tema era sabroso y no convenía alertar al resto de la clientela.
-Al parecer en las mismas fechas, Ladio tiene otra cacería y no puede atender las dos al tiempo- dijo el muchacho, tratando de aclarar el tema-. Comentó que en ocasiones, cuando han tenido que dar batidas, ha confiado en ti para levantar el ganado de la zona de Urriello. Dice que conoces el terreno mejor que nadie y me aseguró que si lo organizabas, pagarían quinientas pesetas a cada uno de los que participáramos.
- ¿Pero eso, para qué fecha es? no vaya ser que se ponga de parto mi mujer-respondió Lluís.
-No temas, será para dentro de un mes y tu mujer ya está fuera de cuentas, me ha dicho la abuela Sara, la partera-. Le contestó Anicetu, muy bien informado.
-Claro, de eso quería hablaros también. Tendríamos que tener preparada una camilla por si el parto se complica- comentó Lluís.
-En casa del tío Josechu había una, ¿te acuerdas?, se utilizó para bajar el año pasado a su hija, cuando se rompió la pierna-. Bernardo precisó.
-Pasaré por su casa para tenerla a mano-. Dijo Lluís.
Dicho esto, se levantó de la mesa, puso unas monedas sobre la tabla y dio las buenas noches.
Al salir fuera, el viento gélido que bajaba por el collado Vallejo, le azotó en la cara. Los copos de nieve se habían multiplicado y hasta los tejados de las casas estaban blancos. A unos veinte metros, cruzó el puente; la velocidad del agua sobre el cauce enfilaba el viento aumentando el frio, colándose por todo los resquicios de la ropa. Cerró el cuello del jersey y metió las manos bajo las axilas para calentárselas. Los últimos metros los hizo a la carrera.
Unos golpes en la puerta bastaron
-¿Quién es?-. Se oyó dentro.
- Soy Lluís el de la casona-. Se abrió la puerta, dibujándose la silueta de la mujer de Josechu.
-Pasa, pasa, que se queda esto “helao”-. Exclamo la mujer. Era un pequeño habitáculo, con la chimenea al fondo, donde ardían unos troncos que ayudaban a dar luz al quinqué. El hombre sentado en el banco trenzaba como distracción una cuerda con las crines de caballo.
-Cuanto bueno por aquí muchacho, ¿qué se te ofrece?-. Preguntó levantando unos instantes la cabeza.
-Perdone, tío Josechu, la intromisión, pero el parto de Alvarina está al caer, quiero tener en previsión la camilla, por si algo se tuerce.
- Sí hombre, tras de la puerta está colgada, cógela.
Educadamente, le preguntó por la hija que hacía unos meses que trabajaba en la ciudad de sirvienta.
- ¿Y de la chiquilla, tienen noticias?-. Dijo Lluís.
- Está muy contenta, los señores la tratan muy bien y la quieren como si fuese su hija, para agosto vendrá unos días-.Respondió el hombre.
Con la camilla enrollada al hombro, Lluís apretó el paso hasta la casa. Al entrar en la estancia el calorcito que salía de la chimenea se agradecía. Sentada al fuego Alvarina tejía a la luz del quinqué, eran unas medias de lana sin desengrasar, buenas para protegerse de la nieve. Al verle entrar con la camilla, se asustó.
-¿Pasa algo?-. Dijo preocupada.
-No, no, nada…, solo es una precaución, por si se presentan torcidas las cosas-. Respondió Lluís. Arrugó el ceño la mujer y le preguntó si quería cenar.
Se levantó torpemente y fue a la alacena a por un plato, mientras él desplegaba la tabla del banco, abriendo la mesa. Del puchero de barro que estaba al amor del fuego, sirvió unas fabes con oreja que despedían buen olor.
- ¿No cenas?-.Dijo…
- No, ya he tomado algo en la merienda y parece que me cuesta digerirlo.
A los dos días se puso de parto Alvarina; Lluís aviso a la partera, una mujer mayor, que a pesar de su edad se mantenía activa en la lucha diaria: enjuta y nervuda, forjada en un mundo que exigía más de lo habitual, consiguió con su experiencia y proverbial salud traer al mundo a medio pueblo.
Serían las ocho de la mañana, el día era frio, aunque las nubes se habían quedado ancladas en los valles bajos y el sol asomaba entre los picos. Corrió a casa de Mela y Antonia, para pedirles ayuda. Al regreso, sofocado, encontró a Alvarina acurrucada en un rincón aguantando los dolores.
Poco rato después la estancia bullía de gente: mujeres que calentaban agua, portaban sabanas y encendían lámparas para iluminar la habitación. En el cuarto se oían las órdenes de la vieja partera, midiendo el tiempo de las contracciones.
Lluís fue literalmente expulsado de la casa. De vez en cuando gritaba la joven; oírla le crispaba los nervios y solo sabía dar vueltas en la puerta del corral, aguzando el oído por si algún sonido nuevo surgía.
El tiempo pasaba y a él le parecía una eternidad. Había corrido la noticia por el pueblo y su amigo Nardo, con dos hijos a las espaldas, se acercó hasta la casa para animarle.
Le encontró en la puerta del ganado, hecho un manojo de nervios. Poniéndole la mano en la espalda le tranquilizó.
-Todo irá bien, es una mujer fuerte, no te preocupes. La naturaleza sabe hacer las cosas-.Dijo Nardo. Aquellas palabras fueron un bálsamo para aplacar sus alocados pensamientos. El amigo sacó la petaca y comenzó a liar un pitillo
-Toma, fuma-. Le alargó el cigarro de picadura, mientras él enrollaba otro.- Tú seguro que no atinas -.Le dijo a Lluís.
Salió Mela de la casa, se acercó hasta ellos y sonriendo les comunicó el acontecimiento.
-Es un niño enorme…
Lluís corrió hasta la habitación, vio a su mujer tumbada en la cama y el niño abrazado a ella entre mantas.
Una extraña sensación que antes no había experimentado se apodero de él. La ternura con que le miró su mujer le embriagaba. Los ojos se humedecieron sin pretenderlo y mecánicamente abrió la mantita que tapaba al niño. Su mujer le entregó al bebe para que lo cogiese y él, un tanto confuso, alzó al niño hasta abrazarlo.
- Es mi hijo, es mi hijo-, repitió a las mujeres presentes. Saliéndole del corazón, temblándole la voz dijo:
- Gracias Sara por ayudar a traerle al mundo, jamás lo olvidaré.
Mirando al bebe, Lluís hubiera querido que su abuelo lo conociese. Este hombre había sido todo para él desde que el mar se llevara a sus padres, en aquel fatídico naufragio a las Américas.
El abuelo corrió con su educación y, lo más importante, con su cariño, tanto que en esos momentos sería de justicia poder compartir la noticia con él, pero hacía tres años que murió.
Pasaron dos días y el bebe mamaba y dormía regularmente, pero Alvarina cada día que pasaba se encontraba más débil. La noche del tercer día Lluís notó que la temperatura de su mujer era excesiva, parecía echar fuego. Trató de hablar con ella, pero su estado febril la tenía enajenada y solo decía palabras incoherentes. Se vistió a la carrera y despertó a la abuela Sara, aunque la mujer todavía estaba despierta a pesar de ser casi media noche.
-Vamos, vamos hijo, hay que tratar de bajarle la calentura.
Aplicaron paños de agua fría por todo el cuerpo, tratando de aliviarla. Pasado un buen rato fue cediendo la fiebre. La abuela llevó al joven a un lado y dijo:
-La situación requiere la atención del médico, las fiebres después de parir son peligrosas, así que cuanto antes se la atienda tendrá más posibilidades de recuperarse. Por el niño no te preocupes, lo llevaremos a casa de Antonia, la del barrio del Castillo, que parió hace diez meses y está criando a su bebe. Ella le atenderá.
Después de hablar con sus amigos, dispusieron todo lo necesario para bajarla. Arroparon a la mujer con una manta y por precaución la ataron a la camilla. A los cuatro hombres se les unieron dos vecinos más que, solidariamente, se ofrecieron sin apenas mediar palabra.
Lluís habló con Anicetu, para que se adelantara hasta la central de Poncebos. Debía telefonear a Cabrales y procurar que un automóvil estuviera esperando en la central de Puente Poncebos. Habían asfaltado recientemente la carretera y si todo se coordinaba bien ganarían tiempo.
Sin mayor dilación cruzaron el puente. En aquella zona el camino era ancho y permitía distribuir el peso entre cuatro. Delante marcaba el paso Nardo, el más experimentado del grupo en aquellos menesteres, detrás, Lluís miraba a su mujer procurando que se encontrara cómoda, detrás los dos vecinos que se habían unido. Apenas trascurridos cien metros salió Mingo de la casa, medio vestido, corriendo para unirse al grupo.
-“Redie” ibais a iros sin mí-. Exclamó.
La luna había salido hacía un buen rato iluminando las montañas con su gélida luz. Era una noche muy fría, rozando los cero grados, se mantenía en las umbrías la nieve caída días atrás y el camino en ciertos sitios se había congelado, en otros se había convertido en barro.
Todos conocían bien el itinerario y no precisaban luz para iluminar el sendero. La luna les dejaba adivinar las piedras, que maliciosamente se ocultaban, y en los recodos, donde la verticalidad de las paredes angostaba la trocha, el grupo se fragmentaba por seguridad, portando solo dos hombres la camilla para poder maniobrar con mayor agilidad.
La belleza del lugar hubiera impresionado a cualquiera, pero aquellos hombres solo tenían ojos para el camino. Las pendientes de bajada en ocasiones se empinaban peligrosamente, solo la pericia de aquellas gentes hacían fácil transitar en aquellas condiciones.
Lluís estaba emocionado por los últimos acontecimientos, los sentimientos de solidaridad de sus vecinos le abrumaban, comprendía que vivir en aquel lugar requería un comportamiento unitario, pero ser el centro de todas las atenciones le sobrepasaba…
Cuando se acercaba para tocar la frente de Alvarina, el miedo le atenazaba el pecho, hasta el extremo de romper a sollozar. Disimulaba las lágrimas para que su mujer no le viera, ocultando su angustia también a los demás.
Se estaban acercando al Murallón de Amuesa. El camino en este punto se hacía más peligroso, tomó el relevo para asumir el riesgo, pues era él quien debía arriesgar más. En el otro extremo, su amigo Nardo le daba seguridad; se ralentizó en ese punto la marcha hasta desembocar en una zona más amplia del camino donde se aceleró el paso de nuevo.
Cerca de la hora y media llevarían caminando, en un trecho que en buenas condiciones se tardaría una hora u hora y cuarto, pero aquellas no eran buenas condiciones, aunque peor hubiera sido con nieve, como el día que bajaron al abuelo Claudio, dos años antes, por la Navidad.
Ya se apreciaban las luces de la central; Lluís pensaba: ¿Anicetu habría podido gestionar lo del automóvil? Si todo se daba bien, en cosa de una hora como mucho, estaría viéndola el médico.
Cruzaron el puente de Jaya que salvaba las aguas del rio Tejo, vieron acercarse corriendo a Anicetu que les gritaba:
- ¡El coche está esperando!
Cubrieron los doscientos últimos metros del camino hasta llegar a la zona asfaltada, donde les esperaba el automóvil. Al trasluz de la central se podía apreciar como los cuerpos de los hombres desprendían vapor por el esfuerzo generado en el traslado, el frio de la noche lo condensaba. El cansancio se apreciaba en sus rostros aunque una cierta euforia les invadía al haber cumplido con su deber.
Despertaron al médico del pueblo sobre las tres de la madrugada. Don Hilario al asomarse a la ventana y ver el coche se imaginó la urgencia, cubierto con una bata de abrigo abrió la puerta de la consulta, contigua a la vivienda, y con un gesto les hizo pasar dentro a los dos hombres, que llevaban a la mujer a la silla de la reina.
Les dijo que la tendieran en la camilla, mientras, de forma atropellada, Lluís le fue diciendo lo ocurrido y lo que la vieja partera le había dicho.
Alvarina seguía con fiebre pero pudo comunicarse con el médico, y responder a las preguntas que le hizo.
Don Hilario les hizo salir al recibidor. Al salir se cruzaron con la mujer del médico que atendía la clínica como enfermera. Se había puesto la bata blanca y llevaba la de su marido bajo el brazo. Cerró la puerta tras de sí.
Aquellos momentos se le hicieron eternos a Lluís. Por su cabeza le pasaban los peores presagios, machaconamente se repetía lo mismo, su amigo Nardo le hablaba, quitando importancia al tema, pero él solo quería que dejase de hablar para seguir con sus pensamientos catastrofistas.
De repente se abrió la puerta, recortándose la figura del médico, con el gesto fruncido y cabizbajo, cerró tras de sí; pasándole la mano por el hombro le puso al corriente de la gravedad de la joven:
-Tu mujer, como bien dijo la abuela Sara, sufre una infección post parto, que en menos de cuatro días, si Dios no lo remedia, tendrá un desenlace fatal. La he administrado una dosis alta de sulfamidas, pero la infección de este tipo suele ser tan virulenta que solo podría tener éxito en el caso que aplicáramos un nuevo fármaco, que todavía, para desgracia nuestra, no se encuentra en la farmacopea nacional.
-¿Perdone doctor quiere decir que mi Alvarina se me muere? ¿Es eso lo que Usted me está diciendo?- Nardo se dirigió al doctor, tratando de esclarecer la jerga médica, -¿dice Usted que hay una medicina, pero que hay que buscarla fuera del país? -Bueno-; titube el médico-, no exactamente fuera del país, es solo que en las farmacias no la venden, hay que recurrir al estraperlo para conseguirla y pagar un precio alto-.
- ¿Cómo podemos encontrarla doctor?- Pregunto Lluís muy nervioso.
- Hace un mes la mujer de un indiano, de aquí de Cabrales, tuvo una infección similar. El recadero de Arriondas consiguió la medicina. No pudo aclararme, o no quiso, como la consiguió, el caso es que yo se la administré y curó-.Dijo el médico.
Se trataba de la penicilina, de la que solo en ciertos estamentos sociales se disponía, el resto de los mortales, tenían que pagar una fortuna.
-¿Dónde vive ese hombre?- preguntó Nardo.
- Al lado de las cocheras del autobús de línea-. Le respondió el doctor. Lluís ya salía por la puerta cuando el médico le dijo:
-Espera joven, necesitas una receta.
-Quédate aquí, mientras yo hablo con ese hombre, aunque tenga que levantarle de la cama -dijo Nardo saliendo precipitadamente, mientras el joven Lluís se sentaba en la cabecera de su mujer.
La temperatura había cedido bajo los efectos de la medicación, la cogió de la mano tratando de darle ánimo mientras en su interior se formó un nudo en el pecho que solo el llanto podría aliviar. No quiso llorar delante de ella…
Alvarina, con la voz muy queda, le dijo al oído:
-Cuida del niño, si no te apañas se lo dices a mi prima y escucha atentamente, si algo me ocurriese…cásate con Nela, ella no te rechazará.
Se quedó atónito ante aquellas palabras, mirándola vio como dos lágrimas brillaban en sus ojos. Haciendo de tripas corazón, le aseguró:
-De esta vas a salir adelante y juntos criaremos a nuestro hijo.
Se oyeron unos aldabonazos en la puerta de la consulta, la mujer del doctor abrió la puerta, era Nardo, sofocado le preguntó por Lluís, éste salió de la habitación cerrando tras de sí.
Su amigo en voz baja le explicó los detalles de la gestión:
-Me ha asegurado que tiene la posibilidad de conseguir el medicamento hoy mismo, pero es preciso que le demos el dinero porque en el mercado del estraperlo todas las transacciones se hacen con las pesetas por delante, lo malo del asunto es… que pide mil quinientas pesetas, y ese dinero no lo tenemos ni juntando todo lo que ganamos hasta final de año-Dijo Nardo.
Se quedaron los dos un tanto apesadumbrados pero de repente Lluís se acordó del viejo prestamista, que en la feria del año pasado le dejó mil pesetas que le faltaban para comprar la vaca.
Hablaron con el médico de la gestión hecha por Nardo y se dispusieron para salir cuando… Don Hilario les dijo que esperasen, quería darles una nota para el prestamista, Mojó la pluma en el tintero y garabateó unas letras, metió el papel en un sobre y se lo dió.
En el fondo de todo aquel asunto, al médico le creaba un cargo de conciencia, ya que no dejaban de ser sus pacientes y aunque en Cabrales había gente con dinero también había gente que necesitaba ayuda, recordando en ocasiones los motivos que le habían llevado a elegir aquella carrera.
Marcharon a buen paso por las callejuelas del pueblo buscando la finca de tres plantas cubierta por tejas esmaltadas en verde y cerrajería artística en las ventanas.
La casa del prestamista destacaba sobre las demás por su fachada de piedra y sus puertas ornamentadas. Comenzaba a clarear el día, el cielo cubierto por nubes blancas que servían de filtro a los primeros rayos sol.
El tirador de bronce agitó la campana del vestíbulo, se abrió la puerta y una joven con el mandil remangado les preguntó que querían.
-Queremos ver al amo-, le dijo Nardo, entregándole la carta del médico.
-Un momento, voy a dar aviso al Señor- dijo la chica y cerró la puerta y les dejó en la calle.
Se abrió la puerta de nuevo y la joven les hizo entrar, acompañándoles hasta el despacho. La sala espaciosa, pintada en blanco, disponía de luz eléctrica. Los muebles de estilo castellano, sobrios y sencillos daban sensación de austeridad. Sobre la mesa una carpeta de cuero damasquinado, pegado a ella, el tintero, la pluma con el cenicero y el secante con forma de balancín. Recostado en la pared un armario bargueño, con las patas torneadas de nogal y las sillas tapizadas en cuero, claveteadas con adornos metálicos.
Sentados, ocupando el mínimo espacio necesario para no caerse, esperaron a que apareciese el prestamista… Al entrar, como saludo, soltó un:
-¡Joder! podíais madrugar menos-. Al abrir la carta y comenzar a leer fue cambiando el gesto-. Bueno, perdonar, comprendo la urgencia ¿qué dinero necesitáis?
-Señor, serían necesarias mil quinientas pesetas.
El prestamista, después de un pequeño silencio, les dijo:
-No hay problema, ya he tenido experiencia con vosotros y sé que sois de los que pagáis. Lo único es… ¿cuánto tiempo vais a tardar en devolverlo?-, Los amigos se miraron entre si y finalmente le dijeron que en dos meses más o menos.
Lluís se acordó de la cacería que le comentó Nardo, si era cierto que les pagaban quinientas pesetas, sería un buen principio, el resto podría salir de vender la vaca. No era cuestión de dudarlo, por aquella mujer daría hasta su propia vida.
Firmó el pagaré y Nardo como fiador. Los intereses eran desorbitados, más de trescientas pesetas y si se retrasaban treinta días más, pagarían otras ciento cincuenta de demora.
Salieron corriendo a la plaza desde donde salía el autobús y vieron al conductor subiendo unos bultos a la baca del coche de línea, entre los asientos descubiertos que había encima del techo, cestos paquetes y una bicicleta eran amarrados. Nardo se acercó al conductor y le preguntó por el recadero, éste le indicó con el dedo hacia la puerta del bar.
Encontró allí al hombre…, Nardo no terminaba de fiarse y decidió marchar con él hasta Arriondas, donde consiguieron la penicilina.
Tras el tratamiento Alvarina recobro la salud, pero su debilidad hizo que se le retirase la leche; Antonia siguió dando de mamar al hijo de Lluís, aquella mujer corpulenta descendiente de amas de cría, amamantó a su hijo hasta la época del destete. La buena vecindad era la virtud sobresaliente de aquellos pueblos donde la vida obligaba a sus vecinos a escribir con mayúscula la palabra AYUNTARSE.

2ª Parte
El guarda forestal de Sotres marchó de madrugada hasta Arenas para recoger al cazador que llegaba de Madrid.
Un flamante Mercedes 170 Cabriolet, color negro y burdeos, era la atracción de toda la plaza. En tierra, con la puerta abierta, un chofer de librea esperaba la llegada del guarda.
- ¿Don Emiliano Osuna?- Preguntó al chofer.
-Sí, está dentro- respondió.
- Soy el guarda forestal que ha organizado su cacería.
- Pasa adentro e indícame el camino-.Respondió el conductor.
Al entrar saludó educadamente:
-Buenos días tenga Usted, soy Eladio el forestal,
-Bien, bien, ¿está todo preparado? Me gustaría mañana estar en el sitio cazando
-Sí Señor, espero que sea de su agrado.
-Bueno… será de mi agrado si consigo el trofeo, que buen dinero me cuesta.
Las contestaciones lacónicas le estaban molestando a Eladio, las palabras autoritarias y el semblante altivo, del buen señor, irritaban su ánimo, pero fue incapaz de poner mala cara y, menos, contestarle en el mismo tono.
Los años de experiencia le habían permitido tratar a la gente de dinero, desde los educados hasta los más soeces, desde marqueses y condes, a políticos del régimen. Por eso, pensó para sus adentros, son solo unos días y dejará buen dinero.
Llego el día de la cacería, los preparativos se realizaron desde Sotres, comida, bebida, café, para tres días, más la ropa de abrigo y las mantas para dormir. Las armas que portaba el cazador, prismáticos, un cuchillo de monte, munición, un capote para la lluvia y un saco de dormir, amén de dos petacas de licor que trasegaba, de una buena botella de brandi que trajo des Madrid.
Después de las presentaciones el día antes, Lluís cogió las riendas de la cacería, todo sería trasportado por unas mulas y Don Emiliano iría subido en una hasta el grupo de casas de la Terenosa. Pasarían la noche en las viviendas que usaban en verano para cuidar el ganado, a partir de allí, tendría que hacer el camino a pie y dejar las mulas en los establos hasta la vuelta.
Don Emiliano pasó la noche en casa de la viuda de Julián. La casa, bien amueblada, decorada con primor con muebles de cierto porte, estaba bien conservada y la alquilaba para las cacerías del lugar. El desayuno abundante y servido en jarras de plata, recordaba a los huéspedes el servicio de un hotel.
Ya habían dado las ocho, las caballerías estaban cargadas y los hombres esperaban a que terminara Don Emiliano. Los jóvenes comentaban los últimos detalles; Lluís miraba el cielo en busca de señales que predijeran el tiempo: Los picos, por la zona de Urriello estaban despejados, una luz diáfana hacia brillar las pequeñas gotas de rocío sobre prados y arboledas, las gargantas orientadas al mar estaban cubiertas por las nubes, tapando los cauces que formaban los valles, en las partes altas, pequeños rodales de nieve se conservaban en las zonas umbrías; no había vuelto a nevar desde días antes que diera a luz Alvarina.
Salió aquel hombre de la pensión, cubierto con un gabán de piel vuelta, con polainas de cuero y botas claveteadas haciendo juego, reluciente como el charol, un gorro verde tirolés rematado con una pluma de faisán, pantalones bombachos de fieltro y guantes de piel forrados por dentro.
La estatura de aquel hombre era considerable. Robusto, con algunos quilos de más, tenía un aspecto imponente. El rostro arrebolado en las mejillas, la mirada desafiante y el gesto altivo hacían que las personas se sintieran empequeñecidas a su lado.
Saludó con un gruñido que aparentó ser unos buenos días a todos; Pero solo fue el reflejo de su soberbia.
Montó sobre la mula, aupándose desde una banqueta, acomodándose en la silla con aire malhumorado.
La comitiva se puso en marcha, Anicetu sujetó por el ronzal la caballería de Don Emiliano. Este le insistió que tuviera cuido no fuera a tirarle. El animal, dócil por naturaleza, seguía sumiso las indicaciones del joven. La otra mula guiada por Nardo seguía detrás. Cerrando el grupo iba Lluís con un macuto a la espalda.
Descendieron por el camino que venía de Poncebos hasta llegar a la barrancada del río Duje donde se encontraban los invernales de Texu. De cuando en cuando les preguntaba por dónde tomarían la subida. El joven Anicetu, con paciencia de santo, le repetía el itinerario. Tomaron altura por una senda que desembocaba en el collado de Cuaceya, cruzando el arroyo en dirección a la majada del Roble, sobre una altura de 1060 m.
El terreno, aterciopelado por la hierba, cubría prácticamente todos los espacios. De cuando en cuando, grupos de árboles se preñaban de ramas hasta romperse por el peso. El contrapunto de color lo daban los ocres y amarillos de las de hojas caducas y como arquitectura de fondo, rocas calizas con sus grises aterciopelados iluminaban el paisaje. Pero la sensibilidad de Don Emiliano no estaba para esos menesteres, le preocupaba más conseguir el trofeo, para pavonearse entre sus amigotes.
Desde este lugar el terreno se empina hacia los amplios prados que dan forma al collado de Pandébano. Desde este punto se puede divisar las dos vertientes, reúne los requisitos ideales del paisaje de los Picos.
Praderías que descendían por una cara a Bulnes y por la otra a Sotres, gargantas estrangulando las aguas, cerrando el espacio por el sur, cumbres grises casi blancas de donde toman el nombre los Picos Albos.
Sobresaliendo sus 2519 m. y anclado al norte, destacan los tonos rojizos del “Picu Urriello”, ligeramente anaranjado, rebautizado por los montañeros como el Naranjo de Bulnes,.., y al Oeste cerrando el lugar, el conjunto de picos que forman Peña Main.
Era sin duda un lugar idílico para el visitante, pero un lugar inhóspito en las invernadas, cuando aquellas gentes tenían que trabajar en los campo.
Tuvieron que parar en ocasiones, para que descansaran las “posaderas” del cazador. Como era difícil para el hombre subir a la mula caminaba a pie hasta encontrar una piedra desde don auparse.
Tomaron dirección al Norte, subiendo hacia el Bosquin, un pequeño bosque que dejaron a la izquierda hasta avistar la majada de la Terenosa.
Un pequeño grupo de casas se mimetizaba con el paisaje, lo único que destacaba eran las tejas rojas, sujetas por piedras para evitar que el viento las arrancase, muros hechos con la roca del lugar y puertas de madera con goznes sobrios, del mismo material.
Entraron en la vivienda. El recinto, no muy amplio, solo tenía una estancia. La chimenea pegada a la pared, frente a la puerta; los camastros rellenos con heno, situados a los lados, taburetes de madera con tres patas y un viejo cajón que hacía las veces de mesa en el centro.
Encendieron candiles en el interior y comenzaron a preparar una comida cena, la marcha se había ralentizado con tantas paradas y fuera en el exterior hacia frio. Los días de noviembre eran cortos y al caer la tarde se hacía notar.
Dentro de la vivienda la conversación fue decayendo, la falta de costumbre de caminar de Don Emiliano y el exceso de alcohol ingerido, le hicieron caer dormido nada más meterse en el saco, resoplaba como un tren viejo, por los efectos del alcohol.
Los tres amigos organizaron la estrategia de caza para el día siguiente, después cada uno se arrebujó en su camastro, dando rienda suelta a sus pensamientos.
Le recordaba a Lluís días más felices, donde hizo de guía a montañeros; gente encantadora que le trataba de tú a tú y le enseñaron a querer su tierra, apreciar tan magistral belleza. Eran lugares que, a fuerza de tenerlos delante, todos los días, terminó por no apreciarlos; pero sí… estaban en sus montañas, ¡ocultos¡ de tanto mirarlos.
Recordaba los días en que los hijos de Víctor Martínez: Alfonso y Juan, vecinos de Bulnes, habían abierto por primera vez la Sur del Naranjo, donde él participó en aquellas escaladas de apoyo logístico.
Y de los últimos años que le contrató Teogenes Díaz, miembro del Club Alpino Peñalara para la construcción del refugio de Urriello. Esos fueron buenos tiempos, después llegaría la enfermedad de Alvarina y la deuda que contrajo con el prestamista, que si no se daban bien las cosas en aquella cacería, podría saltar todo por los aires y quedar en la más absoluta de las miserias.
Pensaba en su mujer con admiración, era el bálsamo que precisaba cuando le invadían las dudas, la fortaleza de espíritu, el sentido del ahorro, el cariño hacia su hijo y, sobre todo, la animosidad con la que le trataba, que le permitía ver los problemas con una simplicidad abrumadora.
Las mujeres de Bulnes trabajaban y vivían en perfecta unión. Cuidaban de sus ganados, de sus hombres y de sus hijos, con total dedicación, razón que permitía a esta sociedad matriarcal salir adelante en condiciones tan duras.
Se quedó dormido mirando la llama del tronco que consumía la chimenea.
La luz tenue de la madrugada comenzó a penetrar por el ventanuco de la estancia. Se colocó las medias de lana cruda sobre los calzones largos y los patucos de fieltro prensado encima. Ató las albarcas de goma con cintas de gamuza a la pantorrilla, hechas con la llanta de una rueda de camión que permitían agarrarse a la roca caliza con gran adherencia. Los pantalones de pana protegidos con parches en las rodilleras, el jersey de lana muy tupido, encima la chaqueta de paño, con algún remiendo que otro y una buena bufanda para tapar la boca del relente de la mañana. Por último, la boina de paño negro generosa en tamaño para cubrir la cabeza del agua.
Mientras él se vestía, su compañero Nardo asaba un poco de tasajo de cabra. El aroma del pimentón y las hierbas aromáticas invadían la estancia. En el puchero se calentaba café y de la cesta que el cazador había traído sacaron platos de loza, vasos, cubiertos y un mantel de pequeño porte con el que cubrieron la mesa. Después de preparar unos huevos revueltos con chorizo, con la mesa puesta, despertaron a Don Emiliano.
Se levantó de buen humor, preguntó por el tiempo y sin dilación se puso a engullir el desayuno; los jóvenes untaban un poco queso de cabras sobre la rebanada de pan de centeno, un par de manzanas de la tierra que se conservaban en las alacenas desde finales del verano. Después del café se pusieron todos en marcha.
El camino giraba hacia el este por los prados de la majada. Pronto se fueron extinguiendo dando paso a terreno más escabroso. El camino zigzagueaba enfilándose hacia las Becerreras, donde solían en verano asentarse con el ganado, buscando los buenos pastos.
Nardo abría camino, detrás Don Emiliano y Lluís cerraba el grupo. Anicetu se había quedado en la Tenerosa para preparar la comida.
Don Emiliano resoplaba en la subida a pesar de ir sin carga. El camino entre rocas, empinadísimo, se enfilaba hacia la canal de la Moñas. Habrían pasado unas dos horas cuando Lluís tomó la cabeza del grupo. Miraba el suelo de los pequeños espacios verdes en busca de excrementos de rebecos. En ocasiones hacía parar al grupo y echándose los prismáticos a la cara, escrutaba los espacios abiertos por encima de ellos.
Las paredes gigantescas de cabeza de las Moñas cerraban el paso por el Oeste. Giraron al Suroeste salvando el cordal de los Tortorios e introduciéndose en la vega que formaban sus laderas. Aquel espacio encallejonado era el lugar idóneo para los rebecos, pequeñas praderías altas, para forrajear y regatos de agua a la salida de los neveros que se acumulaban en las caras norte.
Apenas comenzaron a subir, cuando Lluís se echó en tierra y con gestos indicó que se tumbasen, con cierto sigilo llamó a Don Emiliano y le hizo rectar hasta llegar a su altura: el sudor le corría por la frente, resoplaba por la necesidad de más oxígeno y con la voz entre cortada preguntó si había visto algo; Lluís señaló con el dedo unos riscales.
A unos quinientos metros, un macho de gran porte se recortaba en el cielo, ligeramente más abajo. En el pequeño prado ramoneaban las hembras.
Lluís le sugirió al cazador el retroceder cien metros y tomar una canal que llegaba hasta unas rocas justo enfrente de los animales. Desde allí se podría realizar el disparo a unos cien metros como mucho.
El viento soplaba ligeramente hacia ellos, por eso no se percataron los animales de su presencia. Don Emiliano estuvo unos instantes pensando y haciendo caso omiso de las palabras de Lluís, lacónicamente, le ordenó desenfundar el arma; Lluís dudó unos instantes, insistiéndole…,
- Señor el tiro es muy difícil, está lejos, y tiene que cruzar el pequeño vallejo por donde se enfilan los vientos.
- ¡Coño, ¿no te he dicho que desenfundes?
Sin más dilación, Lluís sacó el arma de la funda, un rifle inglés de la marca Purdey, exprés de doble tiro, que era una auténtica belleza, grabado a mano. Impresionaba el arma.
Tirados los dos en el suelo habían colocado la chaqueta de Lluís sobre las rocas y apoyando el rifle sobre ella, se dispuso Don Emiliano a realizar puntería,
-¿A cuantos metros calculas que están?-,
- No le puedo asegurar, pero quizás haya unos seiscientos metros.
El señor abrió el alza del rifle y la ajustó a cuatrocientos metros, mientras le decía:
-Yo creo que no hay más de cuatrocientos.
Lluís le miró sorprendido. La estupidez de aquel hombre era elevada, todos los cazadores que él había conocido sabían que las distancias en espacios abiertos equivocan, sus años de ayudante de montería le habían enseñado a calcular con bastante precisión, pero ante la tozudez de aquel energúmeno se calló.
Don Emiliano mantuvo durante unos segundos la respiración y suavemente acarició el gatillo, con un ligero roce el arma disparó. Lluís miraba con los prismáticos viendo con desesperación como saltaba polvo de la roca, a unos metros por debajo de los animales. El estruendo del disparo se duplicó por el eco de una pared a otra, los animales con una agilidad endiablada desaparecieron de la vista.
-¡Joder¡- fue la expresión de Don Emiliano. No le dio tiempo a efectuar el segundo disparo, abrió el arma y saco el proyectil, entregándosela de nuevo a Lluís.
-Creo que se ha desajustado en el viaje.- Fue la excusa de aquel hombre.
Nardo acudió hasta ellos, pero al ver las caras se dio cuenta que había fallado.
-Tengo que afinar el arma así que recorre doscientos metros y pon alguna señal, que probaré de nuevo-. Ordenó Don Emiliano. Lluís se interpuso y con cierta mano izquierda le quitó la idea.
-Perdone, si hacemos más ruido puede que los animales se espanten más y seamos incapaces de encontrarlos de nuevo. Si atravesamos la vega de Tortorios y giramos por detrás del cordal desde el collado de Camburero puede que tengamos otra oportunidad.
La irritación de aquel sujeto fue en aumento, sobre todo al ver la impresionante subida que le esperaba hasta el collado, era un auténtico mata hombres. A mitad, Lluís les propuso almorzar y hacer un poco de tiempo para que los animales se confiaran, pero en realidad lo que pretendía era que descansase Don Emiliano y se le pasase el mal humor.
Durante el almuerzo, se quejaba de lo complicado que era aquel tipo de caza. Les repetía una y otra vez como organizaban las cacerías en Andalucía, cómo les trasportaban hasta el sitio en caballerías y la preparación del puesto, donde sentados, esperaban los lances.
Trató Nardo de rebatirle diciendo que era otra modalidad de caza, que las batidas se hacían en otras fechas y que los recechos en Picos tenían estos inconvenientes.
En un arranque de soberbia Don Emiliano masculló:
- Como entre hoy y mañana no mate nada olvidaros del trato que hice con Eladio el forestal. El permiso oficial lo pagué en Madrid,¡ y no suelto un duro más!
Según fue llenando el estómago, la ira que llevaba dentro se fue esfumando. Lluís en su fuero interno se asustó ante la amenaza, vió por un momento tambalearse todo su mundo, agachó la cabeza y terminó siguiéndole la corriente a la sarta de mentiras que aquel mal cazador les contaba.
Comió un poco mientras pensaba para sí cómo facilitarle las cosas a aquel energúmeno ¡aunque tuviera que matar el mismo la cabra! Callado terminó de comer. Decidió seguir solo la búsqueda, de esa forma cubriría más terreno y una vez localizado el animal le conduciría hasta el rebeco.
-Voy a subir hasta el collado de Camburero yo solo. Si hay alguna cabra haré una señal, pero tener en cuenta que no tenéis que hacer ruido. Le dio el rifle a Nardo, así podría moverse con mayor agilidad.
Con paso rápido salvó la distancia en poco más de media hora. Nardo le miraba sin perderle de vista. Al llegar arriba se agachó, recorriendo los últimos metros en cuclillas, hasta detenerse. Miró con los prismáticos unos minutos, después retrocedió sobre sus pasos y se sentó cara a ellos detrás de unas rocas. Le vieron hacer señales y emprendieron la subida.
En su cabeza, mientras esperaba, no hacía más que darle vueltas a los acontecimientos que se estaban desarrollando. Ausente de la belleza que le rodeaba.
Aquel trabajo le estaba angustiando. Pensaba que para vivir no se debía de depender de gente como aquella. Sería preferible acomodarse a lo que la naturaleza le podía dar antes de soportar las amenazas de tiranos como aquel.
Pensaba en los compañeros de la mina que tenían que aguantar a jefecillos de medio pelo en jornadas interminables, cavando bajo tierra, con las respectivas enfermedades asociadas, impregnados en la suciedad que les rodeaba. Pensándolo se sentía privilegiado por encontrarse fuera.
Era preferible soportar inviernos con nieve, lluvias constantes, caminos eternos al ritmo del ganado, no tener casas cómodas, muebles refinados, ropas caras y un sinfín de cosas que tenía la gente de la ciudad. Lo que realmente echaba de menos eran los conocimientos que el no pudo tener y le gustaría que su hijo tuviera. Era aquella maldita deuda la que le atenazaba, pero a cambio tenía Alvarina que valía más que todo el oro del mundo.
Los pasos torpes de Don Emiliano le pusieron en guardia. Les indico por señas que se agacharan. El collado se cerraba como si fuera una ventana. Recorrieron los últimos metros hasta divisar la canal de Camburero; a menos de trescientos metros las hembras comían, el macho estaba alerta para avisar del peligro.
Don Emiliano aun resoplaba por el esfuerzo de la subida. Lluís le sugirió que esperase unos instantes antes de disparar, el pulso alterado por el esfuerzo le podría hacer fallar. Pero el ansia de aquel hombre era superior a la prudencia aconsejada.
-Saca el rifle y déjate de tonterías-. Fue la contestación que recibió.
-¿Cuantos metros calculas ahora?- le preguntó Don Emiliano.
- Bueno, no sé - dudó Lluís.
-Coño suéltalo de una vez-, le respondió, con la voz queda, el otro.
-Quizás tres ciento veinte- dijo Lluís, después de mirar con los prismáticos.
Colocó el alza haciendo esta vez caso y, apuntando de nuevo, disparó al macho. El tiro raspó la piel del animal, que al sentirse herido, salió huyendo hacia las laderas de Peña Castil, seguido por las hembras.
-Le he dado- gritaba Don Emiliano con una euforia propia de un niño.- Bueno ¿a qué esperáis? hay que “pistearlo” antes que se pierda el rastro.
Los dos compañeros se miraron un tanto confundidos. Sabían que la herida no había sido mortal y que como mucho sería una fisura superficial. Seguir el rastro era imposible pues el rebeco no se rendiría.
La cosa se había complicado. Lluís estuvo un momento pensando hasta que urdió un plan. Se dirigió a Don Emiliano diciéndole:
-Regresen a la Terenosa, yo buscaré ese animal que por lo que he visto, la herida no es demasiado grave y puede que caiga desangrado muy lejos de aquí. Cuando lo tenga localizado regresaré a por Usted para que lo remate.
De forma queda, mientras enfundaba el rifle y sin que se diera cuenta Don Emiliano, puso en sobre aviso a su amigo:
-No me esperes esta noche, trataré de solucionarlo y hasta la madrugada no acudiré a la Terenosa.
Le pidió la cuerda de escala que llevaba Nardo y un par de “cordinos” de crin de caballo. Apoyado en la vara de pastor comenzó la subida, ligero como las cabras que perseguía. Se dirigió hacia las laderas de Peña Castil.
Según tomaba altura les vio perderse a los dos en la revuelta de Cabezo de los Tortorios. En un par de horas se estarían acercando a los corrales de la Terenosa. A él le esperaba una noche de frio, de las de “aúpa”, pero no le asustaba la idea, otras habían sido peores.
Se sentó un buen rato pensando qué podría haber hecho aquel animal. No había huellas de sangre por lo que estaba claro que solo sufrió un rasponazo. La dirección que tomaron los rebecos parecía ser las caras norte de peña Castil y de allí seguras que se esconderían en el collado de la Arena.
Pasaron dos horas largas hasta llegar al collado. No consiguió ver nada a pesar de su sigilo. El ánimo le fue abandonando según pasaba el tiempo. Le quedaba como mucho dos horas de luz y tenía que descubrir dónde se habían metido.
El desánimo empezaba hacer mella cuando le vinieron a la memoria aquellos días que, con el abuelo, buscaban cabras extraviadas. Él le decía:
-Solo hay un sitio en el que puedes otear todas las canales y vallejos de los alrededores con poco esfuerzo. Súbete a la cumbre del Carnizoso y tendrás todo el lugar a la vista.
La única esperanza pasaba por ascender lo más posible. La Torre del Carnizoso era una atalaya perfecta pero tenía que subir hasta la cumbre. Desde cualquiera de sus vertientes podría ver dónde se encontraban los animales. Si no localizaba la cabra que hirió serviría cualquier otro rebeco.
Comenzó a escalar por sus paredes. Una serie de contrafuertes escalonados le cortaban el paso que su pericia le permitió superar sin mayor dificultad, no sin antes dar algún paso que otro con cierto peligro.
Finalmente tocó las postrimerías de la cumbre. El sol comenzaba a declinar y sin pérdida de tiempo, ordenadamente, oteó la zona de la torre del Oso, deslizó la mirada por verdeles y praderas, pero no vio nada.
En el Sur, donde se encontraba el Pico Urriello, se podía ver perfectamente las caras Sur y Este; no observó ningún movimiento ni en el vallejo de las Moñetas ni en Peña Castil. Comenzaba a decepcionarse cuando de repente, un grupo de cabras saltando de piedra en piedra bajaban desde las laderas del Carnizoso justo debajo de él, hacia la canal de la Celada.
Eufórico, bajo deprisa antes de que la luz se perdiera. Enfiló hacia el collado de la Celada con cierto sigilo. Para no espantarlas cruzó el collado y a unos doscientos metros más abajo buscó un escondite para que no le vieran. Se metió en un aprisco de los que empleaban para guarnecer el ganado. Dejó que pasaran las horas mientras preparaba su plan.
Comenzó a recordar las enseñanzas de su abuelo. Un día, acompañando a unos montañeros por aquel sitio, le relató cómo tenía que cazar para conseguir carne subiendo hasta aquí para cazar el rebeco.
En aquellos días, si la guardia civil oía un solo disparo te buscaba en las bajantes para confiscarte la caza y meterte en el calabozo por furtivo. En consecuencia la caza debía ser sigilosa. Y que mejor manera que cazarlos a lazo, silencioso y limpio…
Con todo lujo de detalles le fue explicando la técnica. Ahora era el momento de ponerla en práctica. Tomó algo de alimento mientras se hacia la noche. La temperatura descendió bruscamente de modo que se puso a trabajar para entrar en calor.
El lugar era conocido por él. Infinidad de veces había estado allí. Lentamente se aproximó hasta la pequeña pradera que formaba el nevero situado justo encima. Acostado en la cara Norte del “Picu”, el pequeño charco que el deshielo formaba, era el abrevadero natural de los animales. Chobas, ginetas, cabras, rebecos y demás animales bajaban a beber; situó el lazo de crin disimulándolo con piedras. En la punta empalmó la cuerda de escalar que también ocultó, a unos quince metros. Fue retirando las piedras hasta abrir un orificio en el que se metió. Con las piedras de alrededor se tapó hasta que quedo oculto.
Solo un pequeño orificio le dejaba ver el bebedero. Entre las piedras y el ejercicio sintió calor, pero según fueron pasando las horas el cuerpo se fue quedando frio.
El tiempo es algo elástico si tienes que esperar. En aquel hoyo se eternizaban las horas más de lo deseado. Esto, unido al frio que le mordía como un lobo, le hizo pasar por momentos de indecisión. Quería salir corriendo y golpearse el cuerpo con las manos para entrar en calor, pero la deuda… pesaba como una losa sobre sus hombros, frenando sus necesidades primarias.
El sueño le venía a visitar de vez en cuando. Ya no sabía distinguir entre la realidad y la ficción. Figuras extraños se le venían a la cabeza, los sonidos más leves le sobresaltaban. La mano que atenazaba la cuerda del lazo, más expuesta al frio, terminó por retirarla y protegerla bajo la axila. El sueño de nuevo le derrotaba, los ojos por instantes se le cerraban y no podía calcular el tiempo que estaba traspuesto.
Muy sutilmente la claridad fue aumentando. No podía precisar la hora, pero el crepúsculo había comenzado…
¡Sintió un leve sonido detrás de él! ¡Se sobresaltó! Los sentidos se pusieron alerta y el sueño desapareció bruscamente. Trató de no mover ni un musculo. Delante de él la silueta de una hembra se acercaba al bebedero ¡recelosa! Ciertos olores no le eran familiares pero siguió hasta el agua. Detrás de ella otras hembras se le unieron.
Recordaba las enseñanzas del abuelo: “Espera hasta que el macho se confíe, suele ser más receloso que las hembras”. Así que, conteniendo la respiración, dejó que las hembras salieran del abrevadero y se pusieran a ramonear. A poca distancia de ellas se fue acercando el macho. Abría los orificios nasales y aspiraba los olores que traía el aire antes de bajar la cabeza y beber. Su envergadura era superior a la de las hembras. Su porte altivo, el de un perfecto gladiador, le había convertido en el señor del harén, después de cien combates con otros machos.
Tenía las dos patas delanteras dentro del lazo y bebía levantando la cabeza de vez en cuando sin terminar de confiarse. De repente, el olor del miedo que el joven desprendía hizo reaccionar al animal, que trató de salir corriendo, cuando un violento tirón cerró la trampa sobre sus patas, deteniendo la huida.
La cuerda estaba atada al bastón y éste cruzado entre piedras de gran tamaño. El animal trataba de correr pero cayó con las rodillas en el suelo. Se incorporó pero de nuevo cayó a tierra. Su lucha no cesó hasta que Lluís, agarrándole por los cuernos lo inmovilizó, atándole las cuatro patas entre sí.
Cargó el animal a sus espaldas, con la cabeza bocabajo. Trasportándolo a una pequeña pradera entre rocas, descargó al animal y le colocó un pinganillo en las patas delanteras, de forma que se pudiera mover, como los caballos en el prado, pero impidiéndole la huida. Le dio un recorrido de dos metros y amarró la cuerda de crin a una piedra de gran volumen.
Sacó la navaja y de un certero tajo le provocó una herida en el lomo. Más o menos donde debería haber impactado la bala, brotó algo de sangre, pero era tan superficial que a los pocos minutos se secó. Hizo desaparecer todas las señales de su trampa y dejó libre al animal a excepción del tanganillo.
Las sombras de la noche habían ido desapareciendo y la claridad se enseñoreaba por doquier. Las nubes seguían pertinaces ocultando los valles y la pequeña trocha que desembocaba en el refugio Delgado Úbeda todavía estaba oscura por la sombra del Naranjo. Bajó casi corriendo por la canal pedregosa de la Celada. Tomó el camino a la derecha que descendía de Vega Urriello, siguiendo siempre por la margen derecha y cruzó las canales del Vallejo hasta que, finalmente, desembocó en las praderas de la Terenosa.
Su amigo Nardo le esperaba fuera, ¡preocupado! Serían las nueve de la mañana… Desayunó con todos mientras le explicaba a Don Emiliano la historia del rebeco herido que pastaba en la canal de la Celada, cerca del collado.
Las explicaciones de Lluís le alegraron la mañana y, muy activo, metió prisas a todos para acelerar la salida.
Partieron para Vega Urriello con más brío que en los días anteriores. Don Emiliano estaba hasta simpático. La subida fatigaba al cazador pero el ansia de recuperar el trofeo le espoleaba. Los descansos fueron más cortos y la progresión más rápida.
Lluís no hacía más que dar vueltas al engaño que había montado y le aterrorizaba que aquel hombre lo descubriese. Se repetía mentalmente la forma de actuar. Su compañero tampoco sabía nada, más tarde se lo diría todo.
Un mal presagio se le pasó por la cabeza… Lluís pensó que si Nardo hacia cualquier comentario podría echarlo todo a perder. Una de las veces que se rezagó Don Emiliano, le dijo a hurtadillas:
- Veas lo que veas no te sorprendas y sígueme la corriente.
Comenzaron a subir por la canal de la Celada. Pequeños prados se abrían en medio de enormes extensiones de piedras sueltas “pedreras”. Las paredes verticales jalonaban la canal: a derecha las del Naranjo y por la izquierda, los riscales de la Morra del Carnizoso.
En algunas rocas arrastradas por las nieves se habían formado techos naturales. En las más espaciosas, los pastores habían cubierto con piedras las entradas formando apriscos para protegerse con el ganado. Descansaron en uno de ellos y aprovecharon para dar un bocado.
Lluís le explicaba a Don Emiliano que detrás del gran desnivel que les cerraba el paso, justo donde el camino se acostaba sobre las paredes de la Morra, tendrían que subir silenciosos. El rebeco, a una distancia de ochocientos metros, les podía ver. Y el calculaba que no muy lejos debería estar con la hembras.
La época de celo era en el mes de Noviembre y solo durante esa época del año el macho estaba junto a las hembras.
Se dirigieron hacia el sendero que trepaba por la izquierda buscando salvar el desnivel. Lluís les recomendó que esperasen a que él ojease el camino. Silencioso, superó los últimos metros del escalón. Rectando por el suelo fue ganado terreno hasta divisar el pequeño “jou” que había detrás… Él sabía que el macho no estaba allí, que justo hasta el siguiente plano no lo encontraría, pero tenía que disimular.
Emprendieron de nuevo la subida. La nieve se acumulaba a la derecha, sobre las paredes Nortes. La pradera estaba salpicada de grandes bloques, parecía un laberinto. El sigilo fue en aumento. Un pequeño rebaño de hembras tomaba el Sol casi arriba de la canal, a más de dos mil metros. Las hembras desaparecieron de la vista y ellos se ocultaron en una roca de grandes proporciones, para no ser vistos.
Lluís cogió los prismáticos, tirándose al suelo, buscó al macho. Después de unos instantes lo encontró dibujándose sobre la pequeña pradera. Respiró con alivio al ver al animal que daba pequeños saltos de vez en cuando, y agachaba la cabeza tratando de morder la cuerda del tanganillo, pero desde aquella distancia parecía que mordía el musgo de la pradera. Le dio en silencio los prismáticos a Don Emiliano. Después de un buen rato mirando hizo un gesto al joven, encogiendo los hombros, en señal de qué hacer.
Lluís le fue explicando que el tiro era muy difícil, por la distancia, casi ochocientos metros, y que como aquel sitio tenía tantos bloques de piedra, podrían ocultarse y acercarse más al animal.
-Lo único es… que debemos esperar a que cambie el viento-. Comento Lluís en voz baja. -Ahora sopla de la parte baja de la canal hacia arriba, pero cuando el sol caliente las rocas de Vega Urriello el aire frio de los neveros tratará de descender y desalojar al caliente, cambiando la dirección.
Le miró impaciente el cazador, pero como el muchacho le había demostrado durante los últimos acontecimientos que sabía lo que se traía entre manos, se limitó a preguntar cuánto tendrían que esperar. Lluís observó la posición del Sol y le indicó que más o menos una hora y media.
Se sentaron recostados en la piedra, para no ser vistos, mientras Don Emiliano le daba algunos tientos a la petaca. Les ofreció a los jóvenes, por primera vez en el viaje, pero estos lo rechazaron. Lluís se excusó diciendo que solo bebía ”sidriña” y que las bebidas fuertes en aquellas alturas se le subían a la cabeza.
-¡Tonterías!- respondió el hombre dando otro trago.
Cambió el aire al cabo de una hora y, sigilosamente, a hurtadillas, procurando no tropezar, fueron acercándose poco a poco. Lluís se quitó la chaqueta y la colocó sobre un pequeño montículo. Sacó el rifle lentamente. Don Emiliano muy quedo le pidió la distancia.
-Trecientos metros, Señor-.Dijo Lluís.
Don Emiliano colocó el alza y acariciando el gatillo disparó. El animal calló redondo al suelo, fulminado por el proyectil que penetró por el omoplato de la derecha. Lluís, como si le moviera un resorte, se levantó, diciendo:
- ¡Buen tiro!
Recorrió los trescientos metros, a la carrera, mientras sacaba disimuladamente la navaja. Astutamente se puso delante de la posición de Don Emiliano para que no viera nada y, agachándose, cortó con un certero tajo la cuerda. La escondió detrás de una piedra, en una grieta que había ya previsto.
Pasados unos minutos llegó Don Emiliano. Sudaba por el esfuerzo de caminar con urgencia por llegar hasta el rebeco. Sofocado, se sentó al lado de él, tratando de tomar aire, mientras Lluís le decía:
-He corrido para rematar el animal pero no ha sido necesario. Ha caído fulminado-. Exclamó Lluís.
-¡Mira! Es la marca del disparo de ayer-. Dijo Don Emiliano, señalando la herida que Lluís le había proferido por la noche.
Nardo dejó el rifle sobre el musgo, sacó unas cuerdas y ató las patas del animal formando una especia de morral con él. Calculó el peso, echándoselo a la espalda, y comentó:
-Es un buen ejemplar. Tendrá cerca de los treinta kilos. Quizás sea uno de los más grandes de esta zona.
Regresaban y Don Emiliano no paraba de fantasear. Repetía una y otra vez como se arrastró por el suelo hasta colocarse en posición y realizar el disparo. Los dos jóvenes ponían cara de circunstancias y aguantaban estoicamente.
Se alternaban uno y otro para llevar la cabra, descendiendo a buen ritmo. Lluís repasó mentalmente los acontecimientos y se estremecía solo de pensar en que algo hubiera salido mal.
Se la jugó a una sola carta y había ganado, pero se juró así mismo que no volvería acompañar nunca más a un cazador.
Llegaron a la Terenosa y el joven Anicetu se hizo cargo de cargar la mula y preparar los bultos para el regreso. Todavía quedaban dos horas de luz y les daría tiempo de pasar la noche en Sotres.
Al final Don Emiliano le dobló a Lluís la propina, pero éste, en su fuero interno, no podía admitir aquella deferencia y con un gesto propio de las gentes de la montaña, cuando finalmente se quedaron solos, juntó todo el dinero y lo repartió a partes iguales.
Habían pasado muchos años y Lluís cumplió su promesa de no volver a cazar. Se hizo amigo de escaladores y senderistas; aprendió a ver la montaña con otros ojos. Se deleitó en sus valles, se emocionó con sus nieblas, en sus laderas heladas se purificó. Acompañó a otros tales como Bustamante, el fotógrafo de Potes, que inmortalizó con su objetivo rincones idílicos de los Picos de Europa.
Bulnes se convirtió en el pueblo prototipo de supervivencia y vecindad gracias al poso de aquellos esforzados Pastores, que hicieron de la montaña su hogar y que, con el paso del tiempo, mantuvieron sin deterioro el lugar para deleite de todos.

Fin
Por Luis G Blasco

ricardo1000
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Re: Bulnes

Mensaje por ricardo1000 » Vie Abr 12, 2013 8:09 pm

Buenas noches
Precioso relato.(Real o figurado)
Gracias por compartirlo

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Esla
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Re: Bulnes

Mensaje por Esla » Vie Abr 12, 2013 8:22 pm

Que bonito relato de supervivencia, compañerismo, amistad; y amor por la libertad y la tierra de uno. Gracias :) y un cordial saludo.
"Ni en el llegar ni el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente". Pedro Salinas

Pedro Yubero
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Re: Bulnes

Mensaje por Pedro Yubero » Vie Abr 12, 2013 9:10 pm

Buff Luis, me has hecho leerlo del tirón. Hasta se me ha quedado la cena fría! kk2:)

Precioso, emocionante... ...y seguro que fiel reflejo de las circunstancias de aquella época y lugar.

Muchas gracias, de verdad!
A vosotros lugares encantados, yo os pido.. ..ser fiel conmigo mismo,permanecer erguido aunque esté muerto,decir la verdad aunque me duela,nunca dejar de proclamar lo cierto.Fundirme con las rocas,la niebla,la nieve,los árboles y también el viento. A.D.R.

Sirvillo
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Re: Bulnes

Mensaje por Sirvillo » Vie Abr 12, 2013 10:32 pm

Estoy con Pedro, merece la pena cenar mal y a destiempo...

¡¡Una auténtica maravilla que me ha embelesado de principio a fin!! Muchas gracias. kk2:)

Luis G Blasco
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Re: Bulnes

Mensaje por Luis G Blasco » Sab Abr 13, 2013 7:42 am

Gracias por vuestras respuestas de ánimo. Es una ficción que bien pudo ser realidad, Gracias de nuevo.

Sirvillo
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Re: Bulnes

Mensaje por Sirvillo » Sab Abr 13, 2013 8:53 am

Si lo haces un poco más largo, se lo mandas a Desnivel,al concurso literario... kk2:) ¡¡porque intenso es un rato!!

Desde aquí, todo mi ánimo, que no todas las artes han de ser "gráficas", ¡ya está bien de tanta pintura y alguna foto ¡¡hombre!! kk3:)

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