El tiempo se había aliado con nosotros, así que no existía pretexto alguno para la pereza.
Pocos metros antes del Puente la Barca, el grupo enfila el leve sendero que remonta la salvaje ladera tomada por los arbustos.
Carentes de alas, estamos condenados a penar en la fuerte pendiente para elevarnos con rapidez sobre el cauce de asfalto.
Envidiosos de los pájaros, compensamos la envidia disfrutando en el primer episodio vertiginoso del camino: la Concha Joyo Nozales
Frente a nosotros, el Canalón Joyo Nozales nos muestra sin tapujos su fiero perfil
Pero antes hay que llegar hasta él, buscándose la vida (es decir, un sitio seguro donde pisar) al gusto de cada cual.
Ora por el lecho herboso...ora por la pedrera… el canalón no muestra ningún signo de hospitalidad.
Y, sin embargo, hete ahí que nos embriaga de tal modo que lo seguimos hasta su final, alcanzando una “salida” en la dirección única del infierno.
Claro! … esto es lo que pasa por emular a las cabras cuando se carece de pezuñas y el rebaño sigue a un guía diplomado en el tráfico urbano. Bueno, antes de despeñar al guía…… y ahora que hemos comprobado que el camino iba por la canal paralela……¿por dónde salimos de aquí?
Dos opciones:
- la de los cuerdos, que descienden el tramo superior del canalón hasta entroncar con el camino correcto que remonta sin descanso hacia la Rasa Cualcanto.
- la de los extravagantes, que hacen una pasada al más depurado estilo caprino-funambulista, aprovechando una estrecha repisa con excelentes agarres, que asoma milagrosamente bajo el muro que separa las canales (miren ustedes el lugar donde pende la encina bajo el muro y háganse una idea de la extravagancia)
Una vez reunido el grupo en lo alto de la Rasa Cualcanto, llega la hora del paseo por el Llau la Cerradura hasta el bucólico y entrañable paraje de la solitaria cabaña de Los Olmos.
Esto!!!… esto ha faltado para que os mandara al carajo y cambiara vuestra estrafalaria compañía por una humana cerveza!!!
¿Y la bolera?
Ay, amigos!, para llegar a nuestro objetivo no hay camino más “recto” que el que atraviesa esa vertiginosa ladera
caminando con cuidadosa vigilancia por el sedo de El Pasetón
hasta alcanzar la Cueva Ciloña,
convertida por mor de gentes como José M. en bolera troglodita, en hábitat del mejor abono para rendir homenaje a un juego primitivo.
A partir de aquí, sólo resta seguir el sendero de la Escontrilla y salvar a duras penas la selva de espinos que nos separa de la carretera de Bejes, para sentarnos a la mesa de Marisa.....
como diez hombres hambrientos.
Hasta la próxima amigos!






























