Como siempre dice Fernando, mientras se encoge de hombros: si hace mal tiempo, pues... peor para el tiempo!, así que nos calzamos los pinchos y enfilamos prudentemente para el Casetón de Andara.
La luz, difusa, pero cada vez más intensa, nos hacía albergar esperanzas de que la cosa se iba a arreglar. El sol y el Mancondiú se dejaron ver bastante antes de llegar al refugio, y un cielo azul nos presidió el resto de la jornada.
Después de rebasar el refugio, giramos hacia el Oeste, asomándonos a Andara, para escaparnos de inmediato por la collada (la Horcada tras la Cueva), dejando a la derecha el Cueto la Ramazosa. Al fondo, cubierta de nieve, asoma tímidamente la crestería hacia la que nos dirigimos hoy. A nuestros pies, a la izquierda, queda Andara.
Hace más de un siglo, así vieron Labrouche y Saint-Saud el circo de Andara. Pocas décadas después, desapareció el lago
Afortunadamente, invierno tras invierno, la nieve cubre las miserias del destrozo humano y oculta piadosamente el lecho vacío, junto con pistas y bocaminas, como si nada hubiera pasado. Por eso, no me busquéis por aquí en verano. Me quedo con el lago que vió el Conde... y con el circo nevado -como lo estaría en aquellos inviernos crudos de finales del XIX- que me permite cerrar los ojos e imaginármelo en su lecho hoy reventado.
Tras rebasar la Horcada tras la Cueva, una pequeña loma nos permite divisar el cordel del Pico Boru - Cueto Tejao, al que nos dirigimos. Desde el refugio, hemos tardado unos 45'
En la cima de la Ramazosa, dos residentes habituales del Parque comentan distraidamente el paso de los visitantes
Después de descender unas decenas de metros, cruzaremos por la derecha de la vaguada, y remontaremos finalmente hacia la izquierda, hasta auparnos sobre la pequeña cornisa. Allí empalmamos con la planicie por la que discurre la ruta habitual que viene directamente desde Escarandi. El Cueto, arriba a la izquierda, nos espera.
En unos 50' desde la Horcada, superamos el escenario anterior y rebasamos la pequeña cornisa.
Una mirada atrás, y vemos la ruta que hemos seguido desde la Horcada.
El Cueto la Ramazosa, en el centro, nos oculta el Refugio.
Al fondo, el Mancondiú, con su pared rocosa, y el Samelar, con su ladera cargada de nieve.
Estamos por encima de los 1900 m., y es un auténtico placer recorrer en silencio los campos nevados que nos acercan al Cueto Tejao, bañado por el sol.
La nieve está excelente, y la empinada pala final se asciende sin problemas.
En el valle, Sotres se despereza bajo el débil sol de invierno. Fernando no perdona, y me recuerda que hay que bajar para amarrar menús y demás detalles de la raquetada.
En el descenso, la nieve se mantiene perfecta, y enfilamos el piloto automático hacia Escarandi.
El sol alarga y alarga nuestras sombras en la ladera, hasta zambullirlas en el mar de nubes. Allí donde sombra y niebla se funden, el espectro se descompone en los siete colores, formando un pequeño arcoiris circular que nos persigue juguetón, a medida que perdemos altura.
Al sumergirnos de nuevo en la niebla, siento siempre la misma sensación, del que desciende para aterrizar irremediablemente en la realidad
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El comandante Fernando y su tripulación agradecen su confianza y desean que hayan tenido una feliz estancia a bordo.
Tomaremos tierra en el Jito de Escarandi en aproximadamente 25'. Allí la temperatura es de 3º.
Abróchense los cinturones, pongan los bastones en posición vertical y comprueben las ataduras de sus grampones.
Les recordamos que no está permitido fumar.
Por favor, tengan apagados sus aparatos electrónicos hasta que...

