Los efectos de la tremenda helada se dejan notar en el asubiadero del autobús donde espero la llegada de Víctor "Puertochico" para pagar una vieja deuda montañera con un forero de Bulnes. En mi pueblo las pelonas se dejan caer de manera muy visible pues un manto blanco se adivina en los prados cuando aún no ha amanecido y los termómetros suben por muy poco de los cero grados. Mi compañero de fatigas para hoy se presenta puntual a la cita y juntos nos vamos al siguiente punto de encuentro en Cabezón de la Sal.
Lejos quedaron aquellos tiempos de incertidumbre y tensión en las esperas. Hoy el teléfono móvil soluciona esos problemas y una oportuna llamada nos indica que Alberto y Morán ya están a la espera tras el largo viaje desde Gijón, que ahora lo es menos gracias a la autovía. Juntos remontamos los valles regados por el Río Saja mientras el sol comienza a dar colorido a todas las bellezas que nos rodean. Los verdes prados del Valle de Cabuérniga están teñidos hoy del blanco manto de la escarcha, mientras que sus monumentales casonas montañesas se desperezan al tiempo que sus moradores dan vida al valle.
En los bosques del Parque Natural Saja-Besaya
Las casas del adormecido pueblo de Saja son los últimos vestigios humanos antes de adentrarnos en terrenos del Parque Natural Saja-Besaya, donde la naturaleza se hace dueña del paisaje de manera generosa y acogedora. Ella me ayuda a superar los sentimientos de incertidumbre y cierto desasosiego que me invaden al compartir actividad montañera con gente a la que apenas conozco y no sé cómo les encajará mi personalidad un tanto introvertida y en general poco comunicativa, sobre todo con personas con las que no tengo la suficiente confianza.
Cero grados marca el termómetro (ni frío ni calor que diría Víctor) en el momento en que nos calzamos las botas en el apartadero de la Jaya Cruzá (650 metros), cuando son poco más de las nueve de la mañana. Un sendero en ligera subida nos lleva al encuentro del magnífico bosque que decora la angosta Canal de Cureñas por la que se desparrama el salvaje Río Saja a su encuentro con la civilización.
Camino de Cureñas.
El cauce queda aún muy abajo pero la húmeda senda flanqueada por hermosísimos hayas se convierte a veces en un improvisado regato que recoge las aguas que descienden por la ladera sur hacia el fondo del barranco. Cruzamos así el Torrente de la Povaleja antes de que llegue a nuestros oídos el rumor del agua del cada vez más cercano Río Saja.
El encuentro se produce en la espléndida hoya fluvial de Tramburríos (750 metros), donde el estruendo del agua apaga los elogios que se merece tan extraordinario lugar. Pienso que aquí es donde el Río Saja adquiere su propia personalidad, en la unión del Río Bijoz que desciende impetuoso por la impracticable Canal del Infierno y el Río Diablo que baja a trompicones por Cureñas. Los hermosos pozos que aquí se forman invitan en verano a darse un chapuzón pero hoy hemos de cubrirnos bien las orejas si no queremos se queden como los carámbanos que cuelgan en la vegetación.
Tramburríos.
La Senda de Cureñas sigue ahora el curso del Río Diablo por su margen derecha, realizando cómodas y amplias revueltas por el magnífico hayedo para ganar altura con cierta suavidad. En la margen opuesta dejamos un espléndido bosque de roble albar, aunque la desnudez de los árboles desluce un tanto el espectáculo visual. Es en primavera y en otoño cuando este lugar adquiere su mayor belleza con esas tonalidades de verdes y ocres que me obligan a volver por aquí para formar parte activa del espectáculo visual y emocionarme con la contemplación.
A una vuelta del camino aparecen en lo alto del barranco unas curiosas formaciones rocosas a modo de almenas de un castillo. Son los Molinucos del Diablo (1.100 metros), hacia donde nos vamos acercando poco a poco hasta su base, si bien en el lado opuesto de la canal. Se trata de unos torreones de conglomerados amontonados que dan cierta sensación de inestabilidad y que parece puedan venirse abajo en cualquier momento.
Los molinucos del diablo.
Hemos de caminar con muchísimo cuidado pues el sendero se convierte a veces en una pista de patinaje por el hielo acumulado, sobre todo en los tramos rocosos. A esta altura la nieve comienza también a dejarse ver y pisar, mientras los hayas van dejando su lugar a los espacios abiertos, aunque la vegetación sigue presente en forma de abedules, acebos y bajo matorral.
El camino, húmedo y helado, nos lleva ahora a cruzar el Río Diablo por un Puente (1.200 metros) de madera instalado no hace tantos años. Recuerdo cuántas veces crucé el río saltando de piedra en piedra, cuando no tuve que descalzarme para atravesar sus gélidas aguas.
Entramos así en los apacibles y preciosos Puertos de Sejos, en verano verdes y pacidos por multitud de cabezas de ganado vacuno y caballar, pero hoy solitarios y silenciosos, vestidos totalmente de blanco para ser disfrutados por estos cuatro montañeros ávidos de emociones.
Entrando en Sejos.
El sol se levanta ligeramente por encima de la Sierra del Cordel que nos muestra la imponente cara norte del Iján y el Cueto de la Jorcada, quedando en la otra vertiente la Estación Invernal de Alto Campoo en Brañavieja. Apenas nos separan 500 metros de desnivel de lo alto de la sierra pero son los suficientes para dividir dos mundos totalmente diferentes.
Rodeados de cantos.
La nieve se encuentra en un estado ideal para desplazarse por ella pues no son necesarios ni los crampones ni las raquetas. A medida que vamos ganando altura los Puertos se nos van mostrando en toda su intensidad y belleza, dejando a la derecha una cascada de hielo que a buen seguro haría las delicias de los especialistas en la materia.
Foreros en los Puertos de Sejos.
Más arriba los Puertos están sembrados de enormes cantos cuya procedencia podría explicar algún geólogo Sus diversas formas y composiciones hacen volar mi imaginación hasta que nos encontramos con uno que porta una placa en recuerdo de un joven fallecido. Lo normal es encontrarse con placas de montañeros muertos realizando actividad, pero por lo que alguien me comentó en su momento, este joven de 31 años vino aquí a entregar su vida voluntariamente. Tampoco importa mucho la manera, solo que se cansó de vivir y quiso hacerlo en este tranquilo lugar.
La más enorme de todas las piedras que siembran los Puertos sirve de apoyo al Refugio de los Cantos de la Borrica (1.450 metros), una cabaña abierta que ofrece ciertas comodidades, como literas, chimenea, mesa, bancos y hasta un grifo con agua. Además sirve de lienzo para las pintadas de los desaprensivos de turno y para sustentar recuerdos a personas relacionadas de una manera u otra con los Puertos, como Pepe el de Fresneda y Emilio de Mier.
Morán con La Concilla de fondo.
Nos tomamos aquí un merecido descanso mientras contemplamos la belleza del entorno formado por las nevadas cumbres del Cueto de los Culeros, Pico Liguardi, la Sierra del Cordel, Cueto Jelgueras y La Concilla. Como fondo de todo ello la salida de la Canal de Cureñas con las Montañas Pasiegas en la lejanía.
Hacia la Sierra del Cordel.
Tras el pequeño receso solo nos queda remontar los pocos metros que nos separan del Collado de Sejos (1.498 metros) y que nos depara la más espectacular panorámica que uno pueda imaginarse. Alberto, como buen amante de la escalada, enseguida reconoce el magnífico espolón de El Jisu en el Macizo Oriental de los Picos de Europa, que se nos ofrece junto a buena parte del Macizo Central.
Nuestros queridos Picos de Europa desde el Collado de Sejos.
Como espléndido complemento de todo ello se aprecia toda la sierra presidida por el Coriscao, las Cumbres de Riofrío con Peña Prieta y una buena parte del Valle de Polaciones con los caseríos de Tresabuela y Cotillos, el núcleo habitado situado a mayor altitud en Cantabria.
Desde el Collado de Sejos.
Si nos dejáramos caer por esta vertiente llegaríamos al pueblo purriego de Uznayo pero no es ese nuestro destino. Nos encaminamos hacia el norte rodeando la base del Cueto Jelgueras en busca de un cerrado cuadrangular con alambres que alberga en su interior a unos menhires con grabados que Alberto y Morán quieren conocer. Tendrán que buscar otro momento pues se encuentran cubiertos totalmente por una gruesa capa de nieve.
Hacia la zona de los menhires.
Nieve que se encuentra a la altura de la alambrada que recorre el Collado de la Piedra Jincá (1.548 metros), situado en la divisoria de aguas Saja-Nansa y entre las cumbres de los cuetos Jelgueras y La Concilla. El curioso nombre del collado viene dado por una piedra hincada que se cree pueda ser uno de los menhires trasladado a este lugar que se abre a la vertiente norte donde destaca el Cueto Escajos, la Sierra de Peñasagra y la Costa Cantábrica. Por aquí hay también un camino que baja hacia el Valle de Polaciones, aunque en esta ocasión al pueblo de Puente Pumar.
Desde el Collado de Piedra Jincá.
Lo avanzado de la hora no hace aconsejable la ascensión prevista al Cueto de La Concilla, sin duda uno de los más extraordinarios miradores que uno pueda imaginarse, así que para evitar el aire que viene del nordeste nos dejamos caer por el Vallejo del Abidul en busca de un lugar más apropiado para dar cuenta de los bocadillos.
Lo encontramos cerca del Sel del Abidul (1.320 metros), una zona con rocas entre la vegetación y la nieve, dando vistas al Pico Cordel que tiene la peculiaridad de ser el último dos mil de la Cordillera Cantábrica hacia oriente. Ya no se volverán a superar los dos mil metros de altitud hasta las lejanas cumbres del Pirineo Navarro.
Solo nos queda después un largo pero ameno descenso por la Canal de Cureñas mientras la tarde cae con rapidez. El hielo ocasiona una caída de Morán sin consecuencias y la resbaladiza hojarasca me hace rodar un poco por el bosque. Por lo demás solo me queda agradecer la compañía y la acogida que me han dispensado estos tres foreros a quienes apenas conocía. Con Puertochico solo había coincidido en dos marchas del foro, a Morán no lo conocía y con Alberto había estado un par de veces en Bulnes.
Gracias por todo.
Un saludo.
Jose.


