Este sábado tiene algo de especial. En mi desplazamiento a Fuente De no siento la alegría de otras ocasiones cuando me aproximo a los Picos de Europa, ni cuando paso por Potes me asombro ante la visión de los verticales murallones del Macizo Oriental. Mis sentimientos hoy se acercan más a la melancolía, tienen un deje de tristeza, un poso de despedida.
Es el paso del verano al otoño, de la frondosidad a la caída de las hojas, de pisar las cumbres limpias a verlas desde abajo decoradas con las primeras nieves, de disfrutar de todos los sábados libres a tener que trabajarlos. Y es precisamente esto último lo que llevo muy mal. Son muchos años con la misma historia pero no consigo acostumbrarme y nunca me acostumbraré.
Necesito el contacto con la montaña, necesito respirar la humedad de nuestros hermosos bosques, sentir el tacto áspero de la caliza, la rugosidad de los troncos de los robles, la suavidad de los hayas y noto que todo eso se me escapa, no del todo, pero se me escapa.
Quizás por este estado de ánimo un tanto atípico, cuando llego a Fuente De (1.078 metros) huyo de la fila de montañeros que esperan el teleférico y me encaro con el tremendo circo rocoso en busca de la soledad. Hoy quiero estar solo, sentirme solo, en paz y compartir únicamente conmigo mi frustración, mis penas y mis tristezas.
Por el viejo camino minero que se adentra en el circo no veo caminar a nadie. Ideal. Remonto la primera rampa con la mirada fija en el suelo y casi no me doy cuenta de que en la primera intersección me desvío hacia la izquierda adentrándome en la Canal del Embudo. Supero los primeros tornos con un amasijo de pensamientos en la cabeza que no consigo dominar y que no me dejan disfrutar del magnífico entorno que me rodea. Tampoco me hace falta, conozco el paisaje de memoria y con no levantar la cabeza evito la visión de la luna en cuarto menguante sobre la Peña Remoña. Mi deplorable estado de ánimo me hace ver en las manchas de nuestro satélite una especie de sonrisa irónica, como burlándose de mi desgracia.
Al pasar por una Torrentera (1.500 metros), en la vertical del Paso de la Celá, me siento extrañamente cansado. Está claro que hoy no es mi día. Por detrás, a bastante distancia, vienen tres montañeros cargados con grandes mochilas y seguidos por un perro que se me acercan poco a poco. Eso me hace forzar la marcha pues no quiero ninguna compañía, ni momentánea siquiera. Supero a buen ritmo la segunda parte de los Tornos de Liordes dejando por detrás la hermosa Vega de Fuente De y una serie de cordales que se desdibujan en las neblinas de las primeras luces del día.
Al sobrepasar el Collado de Liordes (1.958 metros) mi soledad se encierra ahora en la bella Vega de Liordes, hermosa a pesar de la palidez producida por la sequía en su pradera y por el reflejo de las paredes calizas que la rodean. De frente, la imponente Torre de Salinas parece invitarme a compartir soledades y no me parece mal, a pesar de que las Peñas Cifuentes, el Pico La Padiorna y las torres del Friero y del Hoyo de Liordes me ofrecen también sus hermosas atalayas. En un segundo plano, sobre el Collado de La Padiorna, se eleva imponente y lejana la Peña Santa que también sabe bastante de mis debilidades, tristezas y alegrías.
Puedo cruzar la vega sin perder altura por un lado u otro pero me apetece especialmente bajar a ella y cruzar la mullida pradería. Mi sorpresa es que la sequedad solo es palpable en el tono amarillento del césped pues por debajo la humedad de las últimas lluvias hace que me hunda ligeramente y camine como flotando, sin importarme mucho que el agua rebose a veces la altura de mis botas. Incluso se han formado hermosas lagunillas en las que se refleja la soledad de las cumbres que me rodean.
Al final de la vega, allí donde la hierba cede su dominio a la caliza, se levanta el Casetón de Liordes (1.870 metros), donde una inscripción me dice que estoy en León. Me pregunto el porqué de esta diferenciación geográfica. Pocos metros antes estaba en Cantabria y si me desplazo hacia el norte estaré en Asturias. Y qué, no veo diferencia alguna, los Picos son los Picos, una hermosa unidad calcárea, aunque los políticos se empeñen en dividirla. Madejuno, Tiro Llago, Torre Blanca, Llambrión conforman una hermosísima línea de cumbres que ignoran su situación geográfica, solo saben que están ahí para ofrecer sus afiladas aristas para disfrute de los montañeros, sea cual sea su procedencia.
A la izquierda del Casetón un sendero jitado me lleva en poco tiempo al Alto de la Canal (2.030 metros) con la única compañía de mi sombra que parece querer arruinar mi escapada en solitario. Aquí lo fácil es dejarse caer por la Canal de Pedabejo y completar un circuito sin mucho compromiso llegando hasta la pista que viene del Puerto de Pandetrave a Fuente De.
Pero la Torre de Salinas me ha realizado una invitación difícil de eludir, así que enfilo hacia su arista oriental que pretendo tomar lo más cerca posible para recorrerla en su integridad. Por detrás, el Tiro Pedabejo parece mostrar un gesto de desagrado, quizá por el desaire de haber elegido a su vecina.
O quizás sea un gesto de advertencia ante mi error, pues tras la primera galopada por la cresta, de pronto, se corta y he de batirme en retirada perdiendo unos cuantos metros. ¡Horror!, por debajo suben tres montañeros hacia la cumbre. Ya no estoy solo. ¿Qué hago?
Decido compartir mi soledad a distancia. Ellos suben a su ritmo, más fuerte que el mío, y yo me encaramo de nuevo en la Arista (2.150 metros) una vez superado el corte. Sin ser excesivamente expuesta me recuerda bastante a la del Pico Los Cabrones, quizás porque el disfrute es similar. Me siento como pez en el agua engarzando mis manos en los recovecos que me ofrece la caliza para superar los pasos, alguno realmente vertiginoso.
El tramo más horizontal de la arista finaliza en una Brecha (2.275 metros) que he de destrepar para enlazar con otro tramo de arista más ancho y que asciende ya de manera decidida hacia la cumbre que parece no llegar nunca. Por aquí tampoco hay mucho tiempo para la relajación y caminar a cuatro patas se hace inevitable en muchos momentos.
Con cierta desesperación veo que por la vía normal suben más montañeros y que la soledad de la cumbre se va a ver definitivamente frustrada. Unos minutos después comparto el reducido espacio de la Torre de Salinas (2.446 metros) con cuatro montañeros y unas vistas excelentes que se amplían a los tres macizos y a la Cordillera Cantábrica, destacando allá abajo los caseríos de Santa Marina y Posada de Valdeón.
A mis compañeros de cumbre se le van añadiendo otros hasta completar una veintena de montañeros pertenecientes a una misma colectiva. No conocen mucho la zona y me preguntan por el nombre de algunas de las cumbres que nos rodean. Respondo: Espigüete, Coriscao, Peña Prieta, Curavacas, Friero, Hoyo de Liordes, Llambrión, Madejuno, Padiorna, Peña Vieja, Morra de Lechugales.
Lo curioso es que a diferencia de sus consultas que me hacen en castellano, los comentarios y conversaciones entre ellos se producen en otro idioma. Siento que aquí estoy de más, hay situaciones que me superan y esta es una de ellas. Me despido educadamente y paso a compartir mis frustraciones con la arista rocosa por la que he subido, las penas sí pero la soledad no, pues siguen llegando montañeros a cuenta gotas.
De pronto veo una escapatoria. Sí, quizás pueda reencontrarme con la soledad. Algo he oído o leído sobre las Traviesas de Salinas, sobre su accesibilidad. Me dejo caer por la vertiente suroeste siguiendo una ancha canal de terreno incómodo pero que no plantea mayores problemas. Más abajo la piedra y la roca deja su dominio a la hierba de las Traviesas de Salinas (2.275 metros), una ancha franja horizontal a manera de las fajas pirenaicas que he recorrido días atrás en el Valle de Ordesa.
Por fin solo de nuevo, o casi solo. Comparto el espacio ahora con una veintena de rebecos que se reúnen al aviso de ese característico sonido que emiten. Ellos no saben de idiomas diferenciadores y la única condición que ponen para disfrutar de su presencia es mantener una distancia prudencial. Del valle, de los bosques de Valdeón, llega también el berrido suavizado por la distancia de los venados. Qué gozada.
Por la traviesa localizo un senderillo de animales por el que se camina bastante bien, aunque la inclinación lateral resulta algo incómoda. Camino en dirección al Caben de Remoña que se ve allá abajo con media docena de vehículos. ¿No estaba prohibido el acceso? Un par de barranqueras son la antesala de una loma que da vista de nuevo al Tiro y a la Canal de Pedabejo con el fondo de los bosques y las vegas que acogen a los pueblos lebaniegos de Pido y Espinama. Un lugar ideal para sentar mis reales y dar buena cuenta de las viandas contenidas en la mochila. Momentazo que comparto únicamente con la tan buscada soledad, con la paz que transmiten algunos apartados rincones de los Picos de Europa.
Como alternativa a la más transitada Canal de Pedabejo me decido por dejarme caer luego por el Sedo de Remoña (2.000 metros) que me acerca más al Caben que a la Majada de Pedabejo pero no me importa demasiado. Desciendo luego hacia la cabaña y en vez de bajar a la pista de Pandetrave a Fuente De sigo sendas de ganado que sin perder altura me llevan a la Majada de Campudaves (1.520 metros), aunque para ello he de pelearme con algunos cerrados escobales.
Esta hermosa pradería situada en la base de la Peña Remoña invita a tumbarse largo rato contemplando la hermosura del entorno y mi estado de ánimo no está para rechazar este tipo de estímulos. Casi me quedo dormido abrumado por el silencio y la contemplación.Cuando me despabilo busco un portillo en la alambrada cercano a la cabaña de la majada y que me introduce en el hermoso hayedo del Monte Quebres, en el que me pierdo voluntariamente.
Conozco un camino que baja a los Invernales de las Berrugas pero lo ignoro y me dejo caer monte abajo como huyendo de los caminos tradicionales. Al igual que en la arista de la Torre de Salinas, entre los hayas me siento como pez en el agua. Es mi territorio preferido para esta época del año y marca perfectamente la transición entre la primavera y el verano por las peñas de los Picos de Europa y el otoño e invierno por los bosques de Ucieda, Bárcena Mayor, Saja y La Liébana.
Sin saber muy bien cómo aparezco en la pista muy cerca del camping de Fuente De (1.078 metros), donde el gentío que se agolpa en la estación inferior del teleférico me vuelve a la realidad y me despoja de la soledad. El sábado que viene, cuando suene el despertador, ya no cogeré la mochila y vestiré mis desgastadas galas montañeras. El sábado que viene, cuando suene el despertador, haré lo que hago toda la semana de lunes a viernes. Me vestiré de guapo y caminaré los casi cuatro kilómetros que me separan del puesto de trabajo. Esa es mi pena y también mi gran suerte, no todos pueden decir lo mismo.
Pido perdón por el rollo, pero tenía necesidad de dar salida a mis sentimientos.
Un saludo.
Jose.


