Consistió en un circuito desde Colio (550 m), con culminación en el Pico Samelar (2227 m). Subimos por la Canal de San Carlos y bajamos por la brecha de La Héndida hacia el Collado de la Llaguna (1948 m) y Pico de las Agudinas. Luego seguimos el cordal que enlaza con el Pico Acero, pasando por encima del Canchorral de Hormas. A continuación bajamos por terreno salvaje hasta enlazar con el cauce pedregoso que forman los derrubios del Canchorral y se convierte más adelante en el río de La Sorda que pasa por Colio.
El desnivel natural de la ruta está en torno a los 1800 metros. Con alguna subida de premio por la confusión de la niebla, nosotros hicimos 1970 metros.
La niebla fue protagonista durante toda la jornada. Jugó con nosotros, pero como una buena amiga. Cuando llegamos arriba ella se quedó debajo, jugando a transformarse en una multitud de figuras. Cuando perdimos altura ella se quedó arriba, jugando a deslizarse sobre los picachos como una volátil cascada.
Entre tanto tambièn jugó un rato a confundirnos en el descenso, pero justo lo suficiente para que Fernando R. hiciera uso de su intuición para dar con un hermosa y gratificante canal de bajada.
De todo lo cual, la imágenes de Chus dan buena fe:
La niebla nos acompaña en la subida de la Canal de San Carlos
A 1750 metros de altura, la niebla se abre para que gocemos del espectáculo
Después de pasar un duro nevero, queda el repecho final
El collado de San Carlos es un amable terreno donde relajar los cuerpos y darle placer a la vista.
La Cordillera asoma entre jirones de niebla y policromìas de azules
(Alto de Las Verdianas bajando del Samelar) La niebla se detiene en el límite justo para percibir el contraste entre el suelo firme y el vacío.
Nos acercamos al paso de La Héndida
La brecha de la Héndida nos muestra nuevamente la gratitud de la naturaleza abriendo pasos en los abismos.
El paso continua en forma de sedo
De repente hay algo extraño en un mundo hecho para las ovejas y las cabras
La erosión se comporta con la pradera como un voraz jardinero
(Canchorral de Hormas) Los diablillos de Colio aguardan el día en que volverán a llenar de inquietud la Liébana con su estruendo.
Después de un rato de confusión, la niebla se fija en las alturas para dejarnos gozar de la bajada.
La niebla sigue jugando sobre los Picos, como si fuese una cascada que se desliza acariciadora por su pétrea epidermis.
El paso más delicado de la ruta consiste en sortear esa turbadora mirada
La mirada hacia atrás busca el lugar por donde hemos bajado, mientras la mente se pregunta cuando nos volveremos a ver.
Hasta la próxima, lectores y amigos.




