Esta noche no he dormido demasiado bien pues de mi cabeza no podía, ni quería, expulsar las imágenes de pastores tresvisanos conduciendo sus rebaños entre las nieblas por estos desventíos en los que he tenido la fortuna y el privilegio de transitar ayer.
Mucho tiempo llevaba detrás de conocer estos ¿caminos? pero la ocasión no se presentaba pues aunque nunca he tenido miedo de caminar solo para descubrir viejos caminos, las referencias que tenía de este lugar no aconsejaban la soledad. Esta aventura había que compartirla y si podía ser con alguien de absoluta confianza mucho mejor.
El Tombu Robru
Mis compañeros habituales Antonio y Kemajo cumplen estas condiciones y si además nos acompaña el multiaventurero Silver, hijo del primero, (!!cuánto tengo que agradecerte¡¡), pues miel sobre hojuelas.
Salimos de Urdón acompañados de nuestras señoras que van a servirnos de apoyo moral y mientras remontamos la transitada Senda de la Peña sufro el primer revés pues Antonio me comenta que tras la paliza que nos dimos ayer por Piedra Bellida no está en condiciones de afrontar esta aventura.
En la Posa La Cerrosa el grupo se divide y mientras los demás continúan por la senda normal hacia Tresviso nosotros remontamos la pedrera hacia la derecha para situarnos por debajo del Tombu Robru.
Aquí se produce otra baja pues Kemajo no se ve tampoco con fuerzas para afrontar lo que se ve desde aquí que realmente impresiona. A punto estoy de tirar la toalla pero la decisión y la fortaleza mental de Silver me ayuda a no decaer y seguir intentando cumplir un sueño.
Pronto nos vamos a encontrar con las primeras dificultades en una estrecha repisa donde un matojo de punzantes pinchos nos saca de la vertical pared, pues justo por encima hay un buen agarre pero una de dos, o te olvidas de la presa o te refriegas la barriga con los pinchos.
Encontramos después un cable colocado por los pastores tresvisanos que facilita bastante el paso por esta estrechísima repisa que discurre por lugares muy aéreos donde no se permite un momento de relajación. La emoción comienza a embargarme y un ligero escalofrío me recorre la espina dorsal al mirar hacia abajo y ver el vacío.
Los desventíos se suceden antes de abandonar el vacío al llegar al Tombu Robru, un enorme abombamiento natural presidido por una hiedra grandiosa y un cerrado de piedras para los animales. Allá al frente se ve la Senda de las Peña por la zona de La Vargona, por donde nuestros compañeros siguen los pasos que estamos dando con mayor tensión de que llevamos nosotros.
Saliendo del Tombu Robru.
Ascendemos ahora en diagonal hacia la derecha por una lastra donde hay que seguir teniendo mucho cuidado pues está cubierta por un barrillo dejado por las patas de las cabras en donde un descuido te puede situar directamente en el Río Urdón tras una caída de más de trescientos metros.
Vuelve la emoción y la incertidumbre cuando una llambria nos corta el paso. A dos metros del suelo no tendría mayor problema pero !Ay Dios mío¡, cuando tiene por debajo los susodichos trescientos metros en caída libre la cosa cambia sustancialmente. Afortunadamente el problema nbo es solo mío y algún alma caritativa ha colocado una cuerda que ayuda a vencer el ligero temblor de piernas.
Pero si pensaba que tras este paso ya estaba todo hecho estaba equivocado. Aún he demos de restregar la barriga en una llambria con buenos agarres para salir a una horcada, las Armaduras del Robru, donde unas lastras amontonadas por los pastores facilitan la trepada hacia una arista.
Al ver estas pequeñas lastras me pregunto de qué manera han podido llegar hasta aquí y enseguida pienso en Sísifo y en su manía de transportar piedras por la montaña. Hay también por aquí unas viejas armaduras compuestas por dos hierros que sujetan una piedra para apoyo de los pies, lo que habla de las verticalidades por las que nos estamos moviendo.
Mi admiración por los viejos pastores tresvisanos va in crescendo cuando al final una portilla indica el final de la travesía y nos encontramos con el "pasto", como un poco despectivamente llama Silver a esta zona más amable mezcla de hierba y roca.
Lo más fácil sería subir ahora a derecho hasta entroncar con la senda de la Pasá de Picayo a encontrarnos con Cameladam y su grupo que según he leído en un mensaje esta semana hacen hoy esta ruta.
Pero no, eso ya lo conocemos y ya que estamos imbuidos por la emoción y el espíritu aventurero vamos en busca del Sendero de la Pared de Canto la Ardina que encontramos un buen rato después en el límite de la niebla que amenaza con envolvernos.
La confianza es mala consejera y después de todo lo pasado ya no me asusta nada. Silver afronta el paso de la evidente vira por donde él cree mejor. Yo, listo de mí, desoyo por primera vez los consejos de mi amigo y afronto el paso un poco más arriba. Disfruto como un enano transitando por una vira con pocos agarres y malos apoyos de los pies, hasta que llega un momento en que ni para adelante ni para atrás, me quedo colgado como un pingajo sin saber cómo salir del embrollo en que me he metido solito.
Por debajo de mí Silver enseguida busca solucciones y me prepara con sus fuertes brazos sosteniendo los bastones un lugar donde poder pisar y bajar al lugar en que se encuentra. Más adelante otro viejo cable que no ofrece muchas garantías nos ayuda a seguir el camino que a partir de aquí se humaniza hasta salir a las Cabañas de Canto La Ardina.
Bajamos unos metros más para enlazar con la Senda de la Peña en los Invernales de Prías, muy cerca ya de Tresviso, lugar donde somos recibidos por el resto del grupo con los honores que se merece la gesta y una cervecita con queso de Tresviso en casa de Feliciano.
En la bajada una foto de todo el grupo con el fondo del Tombu Robru Falta Kemajo que hace de fotógrafo y Silver y Begoña que bajaron volando por otras obligaciones.
Bajo exultante de gozo y de agradecimiento a Silver y al resto de mis compañeros por esta inolvidable aventura, pero el sentimiento más fuerte que me invade es el de admiración. En primer lugar a los pastores tresvisanos por esa vida tan dura que les hacía buscar estos increíbles vericuetos.
Pero todo eso se queda corto ante la visión de una persona que con una sola pierna y apoyado en dos muletas camina por delante de nosotros bajando a toda velocidad en compañía de un grupo de personas, creo que de Camargo. Al llegar, juntos, al Puente de los Vertederos, no puedo menos que acercarme a él, darle la mano y felicitarle por haber subido y bajado a y de Tresviso en esas condiciones, dándome una lección que tardaré en olvidar.
Ante eso, todo lo del Tombu Robru queda en un segundo plano.

