Si las montañas fueran un retrato del mar y las cordilleras olas detenidas en el tiempo, hoy habríamos navegado sobre las crestas del Cantábrico.
Entre los luminosos Picos de Europa al norte y un océano de montañas nevadas al sur, hay una cuerda que asoma hacia Liébana, moteada de collados y picachos. Sobrecoge mirar un paisaje quemado de tanta blancura, tendido sobre el tono ocre de los bosques invernando. Minúsculos fondos de valles verdes que lejos, muy lejos, están salpicados de diminutos tejaditos rojos.
Navíos surcan estos mares hacia Poniente. Contra el viento del suroeste los galeones bucaneros con sus tripulaciones de renegados acechan prestos para el asalto...
...al abordaje del Coriscao.
Pero el monte no es mar...
... y la realidad supera cualquier epopeya de ficción.
Tenía intención de subir al Coriscao remontando el río Salvorón. El domingo, todavía con el zumbido del motor del coche en los oídos, lo había estado viendo desde el teleférico y me había parecido tan interesante como lo había imaginado (cuando disparé esta foto, algunos amigos quizás anduvieran por allá).
Largo!
Muy largo desde luego!
Ya me lo había advertido Alfonso!
Pero parecía que había nieve casi desde el principio, todo lo que tardara a la subida lo ahorraría con los esquís en la bajada.
Después de haberlo visto, remonté foqueando hasta la Horcadita de Covarrones y me abandoné a un delicioso descenso cruzando los restos de un par de avalanchas bajo la cara sureste de Peña Olvidada, soñando con futuras visitas...
Luego, desde el Collado de Juan Toríbio serpenteé sobre palas vírgenes hasta llegar bajo los Puertos de Áliva y luego hasta que se terminó la nieve pasadas las Invernales de Agüedri.
¡Por poco no consigo bajar esquiando de un tirón hasta Espinama! ¿Quizás una semana antes?
El lunes al mediodía se puso a llover. Algo inquieto por el efecto de la lluvia sobre la cota de nieve, me quise acercar hasta la quesería de Pido y lo único que pude ver fue el barrizal que había en la pista del Salvorón. Reconozco que me sentí bastante desanimado y ahora a mi regreso, leo tu mensaje Sísifo y me doy cuenta que no faltaba motivo (¡¡Gracias amigos!! Creedme si os digo que me hubiera vuelto loco de alegría descubrir esas huellas).
Chus* me había pedido que le informara del estado de la nieve ya que tenía intención de acercarse el martes. Hablé con él a última hora de la tarde y visto el panorama me propuso alquilar unas raquetas. Nos encontraríamos en Cosgaya y entonces ¡Ya decidiríamos!
En el aparcamiento había un hombre ordenando bastones, raquetas y guantes en el interior del maletero de un coche: ¡No podía ser otro!
Esto de hacer amistades “virtuales” se hace más interesante cuando toma “cuerpo y forma” y parece que te conoces con la gente desde mucho antes de haberlos visto. Curioso ¿No?
Chus* propuso ir a San Glorio y hacer el Coriscao desde allí. Subimos el puerto charlando... conociéndonos más.
¡Qué gusto dejarse llevar!
¡Qué atento y cuidadoso es Chus*!
Me condujo por una pista casi cubierta de nieve hasta un soberbio collado desde donde pude ver Liébana, el Oriental y el Central.
¡Qué espectáculo!
Mi compañero me mostró la cuerda que debíamos seguir para llegar al Coriscao. Como el viento no invitaba a permanecer quietos empezamos a recorrer la cresta buscando más allá de las primeras pendientes el paso por la vertiente sur de la Peña de los Calares (?). Después de hundirnos hasta las rodillas en los primeros pasos por la nieve, nos calzamos las raquetas y a partir de ahí todo mucho más cómodo salvo por el viento que arreciaba, sobre todo en los collados.
Cada poco Chus* me señalaba alguna montaña hacia el sur:
¡Había tantas!
¡Demasiadas para poder recordar sus nombres!
¡Ignorante de mi!
¡Solo conozco Preña Prieta!
Llegados a la última pendiente pensé que ahora venía la parte dura.
Quizás demasiada inclinación para ir cómodos con las raquetas y por eso continuamos sin ellas, buscando el terreno más firme hasta alcanzar una zona en donde el viento se había llevado la nieve. Continuamos hasta que las calvas se terminaron y arremetimos contra la nieve otra vez, hundiendo cada dos pasos nuestras piernas, resoplando a ratos, relevándonos en lo de abrir huella, zigzagueando contra la pendiente y empujando contra el viento que a estas alturas ya empezaba a ser exagerado...
...y de pronto, antes de lo que me esperaba, la pendiente cedió.
Unos pasos más zarandeados por el aire...
una pausa para llegar juntos a la cumbre...
Nos hubiese gustado sentarnos al abrigo del viento en la cara norte pero no había tregua. Las manos sin guantes se quedaban heladas y todo nos pedía a voces que nos largáramos de allí. Bajamos y lo habríamos hecho sin más si no hubiera sido porque el pobre Chus* hubo de volver sobre sus pasos mientras su insolidario compañero le esperaba tumbado tras un peñasco, para recuperar sus raquetas que habían decidido apearse de la mochila sin permiso.
Algunas cosas importantes que no quiero dejar pasar:
-Mi agradecimiento a Chus* por su compañía, su amistad y por enseñarme nuevos rincones.
-Mi recuerdo a Martín porque ciertamente el valle de Luriana es tan sugerente como me había dicho.
-Mi reconocimiento a Alfonso cuyas fotos me estimularon tanto como me acobardó su comentario sobre que desde Pido “es una ruta exigente”
-Y declarar una cierta nostalgia por no haber ido a seguir esas huellas de Epelargi y Sísifo (¡¡¡Todo se andará!!!)





