Hace cinco días que apenas puedo dormir y esto, unido al frío intenso que todo lo muerde y la soledad están empezando a hacer mella en mi.
Pero nada de esto comparado con el ruido feroz, el estruendo amonótono de esa fuerza intocable y pavorosa que me crispa, me intimida, me trastorna, el viento.
La radio a todo volumen no es más que un lejano matiz, y mis gritos apenas una mueca, nada es capaz de vencer al viento, que golpea incansablemente mi ilógico refugio, atado a las rocas que componen estas montañas.
Los cables que sujetan mi hogar a la Tierra, otro día me parecieron excesivos, ahora me resultan unos leves hilos de araña que la tormenta amenaza con romper.
La cubierta metálica de mi refugio está deformada en su lado norte. Me habían dicho que era por los golpes de viento y me pareció difícil de creer. Ahora lo que no creo es que esto siga en su sitio una hora mas.
Mientras intento dormir, todo retiembla, mi cama, la mesa, todo golpetea arítmicamente.
Estoy sólo, a diecisiete kilómetros del lugar habitado más cercano pero sobretodo, lo que me separa, son los mil quinientos metros de desnivel, los diez grados bajo cero, los ciento veinte kilómetros por hora del aire y los dos metros de nieve del exterior.
Pienso que ahora, con el teleférico en obras, Cabaña Verónica es el lugar habitado permanentemente más alejado de la civilización de este país.
Hace tres días que sólo como pasta con cebolla y desayuno una mezcla de nieve derretida, nescafé y maizena.
Estoy atrapado en medio de una ventisca que parece ser eterna.
La última vez que bajé a por víveres salí de noche, a las seis de la mañana, amaneció al lanzarme por la Jenduda, paré donde nace el agua de la cascada de Fuente Dé. En caliente, y sin ropa, aproveché para refrescarme entre esquirlas de hielo. Continué hasta Espinama donde llené la mochila. Sin parar emprendí el regreso llegando a Cabaña con las últimas penumbras antes de la oscuridad.
Ahora, con dos metros de nieve fresca, ¿cómo voy a bajar?
El tiempo pasa y me sumo en un sueño profundo. A las dos de la mañana me levanto como un resorte. No hay ruido, no hay viento, no nieva. Salgo afuera y la luna ilumina un paisaje que parece de otro planeta. El horizonte es una plateada silueta de cumbres. Una luz interrumpe la penumbra en la lejanía, como una explosión congelada. Es Burgos, tan cerca, tan lejos.
Decido inmediatamente intentar bajar al amanecer y me vuelvo al saco.
Son las ocho de la mañana y estoy hundido hasta el cuello en una masa inconsistente.
Cristales de luz cegadora se arremolinan a mi alrededor, impulsados por un viento suave, como curiosos ante un ser que no pertenece a este lugar.
Me siento ridículo mientras miro hacia atrás y contemplo una dubitativa trinchera que como una fractura une el refulgente refugio y mi persona. Estoy en la base de Horcados Rojos y he tardado dos horas en alcanzar este punto.
Me doy la vuelta como puedo y emprendo el regreso. Es evidente que hoy no voy a comer decentemente y empiezo a preocuparme.
Estoy de nuevo en la lata que conforma mi hogar, sólo que mojado, frío, cansado y más hambriento. Me siento al sol, que por lo menos calienta.
Mi aburrido cerebro repasa torpemente las circunstancias que me han llevado a estar aquí y ahora.



