otro relato del autor de esos q pone los pelos de punta...
La tragedia de Berrio y Ortiz en la pared oeste
del Naranjo de Bulnes
«29 de enero de 1969. Hemos llegado hoy con buena nieve y nublado para pernoctar
en el refugio. Hemos dejado atrás Poncebos y Bulnes, donde pasamos
la noche.
»30 de enero de 1969. Nos dirigimos a la Oeste del Naranjo. Que Dios nos
ayude. Hemos salido a las 8,30 de la mañana. Somos Ramón Ortiz y Pachi
Berrio, de San Sebastián».
«¡Que Dios nos ayude!»… ¡Qué sincera e impresionante es esta frase antes
de partir hacia la verdadera aventura! ¡El temor confundido con la ilusión!
El día 3 de febrero hacía cinco días que Berrio y Ortiz habían iniciado la
escalada del Naranjo. Sus amigos y compañeros de montaña, conociendo sus
planes, comenzaron a impacientarse, y ante la falta de noticias dieron la alerta.
La Guardia Civil y los paisanos de la zona no llegaron a alcanzar la Vega de
Urriello, y cuando dos días después los grupos de rescate llegaron al refugio,
pudieron ver, entre las ráfagas de niebla y ventisca, a los escaladores colgados a
más de 400 metros de altura, en la arista NO. No consiguieron establecer con
ellos ningún tipo de comunicación, ni saber si estaban vivos o muertos. En
Arenas de Cabrales se fueron reuniendo alpinistas de distintas regiones españolas
para tratar de colaborar en aquella angustiosa situación.Recuerdo cómo, en conversación
telefónica con Félix Méndez, insistí sobre la necesidad de que se interviniera urgentemente. El único torno de rescate existente en España, un Pomagaski con cables de cien
metros, propiedad de los Grupos de Socorro de la FEM, estaba en Barcelona.
Méndez decidió que me incorporara al rescate en mi condición de directivo de los Grupos de Socorro y que me trajera el torno, que sin duda sería muy conveniente, si es que cier-
tamente había que decidir una operación de salvamento. Carlos Soria me fue
a buscar al aeropuerto, cené en su casa y partimos de noche hacia Cabrales,
conduciendo ambos medio dormidos su furgoneta. Llegamos en el amanecer
del 7 de febrero y enseguida vimos que el pueblo estaba viviendo un acontecimiento
especial: allí había desde un coronel de la Guardia Civil —en esos años
su autoridad era indudable y el mando que ejercía motivaba un respeto reverencial
aunque indudablemente exagerado— a pilotos de helicópteros del Ejército
del Aire, fotógrafos, periodistas de toda España, además de multitud de
alpinistas, algunos de la máxima actualidad, como A. Landa, P. Udaondo, J.
M. Regil, F. Lusarreta, Kirch, E. Torres, L. B. Durand, Tellería o J. Álvarez. Éste
último se había destacado junto a Carmen, su mujer, en ascensiones al Naranjo,
y era en aquellos años un personaje de la escalada asturiana. También habían
viajado hasta Cabrales J. G. Orts, Vidal Peiró y J. Casals, quienes en corrillos
esperaban noticias sobre los escaladores del Naranjo. Estaban allí además J. M.
Galilea y E. Herreros, dos personajes protagonistas de la historia de la montaña
española a lo largo de casi medio siglo. Alfonso Martínez y su hermano
Juan Tomás miraban apabullados tantos coches y tanto personaje de la ciudad,
aunque lo que más les impresionaba era un helicóptero de gran tamaño —un
Bell-Augusta del Servicio Aéreo de Rescate—, que Méndez había solicitado
oficialmente. Todo eran conjeturas y nadie sabía con seguridad qué había ocurrido.
Unos decían que Berrio y Ortiz estaban fuera de la vía y ello haría el salvamento
todavía más difícil, pensando naturalmente que ambos escaladores
estarían vivos. El coronel de la Guardia Civil Nieto Tejedor dispuso que el helicóptero
estuviera bajo sus órdenes. Félix Méndez quiso hacer valer su condición,
pero no fue escuchado como su rango federativo requería. La reunión
terminó en un paseo por la carretera del coronel y de este cronista. El coronel
supo que yo era un inspector comisionado por la DGS como rescatador
alpino, y supo también que tendría que realizar el pertinente informe..., así que
fue conmigo muy amable. Además lo que él deseaba era solucionar, lo antes
y mejor posible, aquel asunto tan delicado. «Mi coronel, el helicóptero deberá
subir hasta donde pueda a los alpinistas que el presidente de la FEM haya
designado. Eso es todo…; eso y el aprovisionamiento», le dije al mando de la
Guardia Civil. Montamos en el helicóptero varios de nosotros y los pilotos, con
muchas precauciones, fueron ganando altura. Veíamos a lo lejos entre las
nubes la silueta quebrada del Naranjo, rojiza en aquel «tajo» que separaba la
oeste de la norte, donde estaban nuestros compañeros... El helicóptero no llegó
a poder sobrevolar la montaña, ni siquiera a media altura. Con muchas precauciones
estabilizó vuelo en lo alto de la Canal de la Celada y tuvimos que
saltar a la nieve. Méndez se quedó en el refugio con un grupo cuya función era
ocuparse de los suministros y de las transmisiones con los que formábamos el
equipo de altura.
Nosotros fuimos escalando el Naranjo —que estaba en buenas condiciones—,
por la vertiente sur y dejando cuerdas fijas para ganar tiempo en sucesivas
subidas, pero la tarde nos sorprendió sin haber alcanzado la cima. Yo creo
que habíamos ya llegado a la conclusión de que Berrio y Ortiz estaban muertos.
Al día siguiente llegamos a la cima. Pero ¿y el torno que había traído de
Barcelona?... Nadie lo había subido y alguien tenía que descolgarse en el aterrador
abismo al encuentro de la arista NO en donde habían sido vistos Berrio
y Ortiz. Recuerdo que solamente disponíamos de dos cuerdas de cuarenta
metros, que anudamos junto a mi viejo cordino de sesenta, y yo me até en su
extremo. Bajaría mientras desde arriba me irían dejando caer despacio. No sé
cómo pude ser tan valiente, pero esa conducta fue y es aún parte normal de
mis reacciones. Alguien tenía que ser el primero... El precipicio era impresionante,
pero me preocupaba más ver cómo el cordino rozaba en una roca cercana
a la arista. Llevaba colgado de mi espalda un pequeño macuto con unas
bolsas de plástico para envolver los cuerpos de los compañeros si fuera necesario,
y un pequeño transmisor para decir algo a los de la cima. Cuando terminé
el largo descenso, vi unas cuerdas atascadas y un poco más abajo dos
cuerpos destrozados colgando de ellas. Pedro Udaondo bajó a mi encuentro
para asegurarme, y me descolgué junto a los cuerpos muertos, que se balanceaban
peligrosamente cuando los tocaba. Yo buscaba su identidad, pues no
sabía quién era uno u otro. Uno de ellos estaba cabeza abajo y ambos tenían
los «plumíferos» puestos, signo evidente del frío que habrían pasado. Udaondo
y yo estábamos impresionados por el momento que vivíamos. En la difícil
posición en la que se encontraban los cuerpos, colgados, cabeza abajo y moviéndose,
a mí me resultaba imposible protegerlos con las bolsas de plástico. El cordino,
que junto a las cuerdas nos había servido para el escalofriante descenso,
lo até a las cuerdas que sujetaban los cuerpos de Berrio y Ortiz. Entonces
Udaondo y yo ordenamos a los de la cima que trataran de subirlos, pero los
tirones sólo balanceaban más los cuerpos; una escena que llegó a impresionarnos.
El transmisor tenía interferencias y se oía muy mal, aun así dije que
sólo podríamos recuperar los cuerpos cortando las cuerdas y dejándolos caer
hasta la nieve. La solución era desde luego extrema... ¿pero qué otra alternativa
teníamos? Yo sé que fui muy criticado por tomar esta decisión y por
ser el autor material de los hechos,pero cuando hay que actuar no puedes
pensar en «el qué dirán». A mí no se me ocurrió otra decisión válida.
Desde la cima, Tellería me comunicó que los cadáveres caerían al
comienzo de la Canal de la Celada, y allí, en una rampa de nieve muy
inclinada esperarían con las «bolsas de muerto» para guardarlos.
En mi libro SOS en el Naranjo de Bulnes, de Editorial Juventud, que en
los años finales de los 60 y principios de los 70 fue un libro famoso en Euskadi,
conté el suceso en primera persona. Ahora, tantos años después, sólo
mencionaré cómo tuve nuevamente que descolgarme hacia el mismo vacío (alrededor de 400 metros hasta la Canal), asegurado por Udaondo, para cortar una a una tres cuerdas, y esperar a que se precipitasen los cuerpos. Transcurrieron largos instantes hasta que escuchamos
dos golpes sobre la nieve, en la base de la montaña.
Aquel rescate de los cuerpos de Berrio y Ortiz tuvo una inusual consideración
informativa, tanto antes, como durante y después de los acontecimientos.
Decenas de reportajes aparecieron en las revistas españolas y hasta en el
NO-DO. Cuando a los dos días regresé a Madrid para redactar el informe de
la operación, me sorprendí al ver mi cara como portada del diario ABC. Fue
un acontecimiento que llegó a interesar mucho a la gente.


