Llevábamos varias semanas buscando el momento de hacer una última escalada antes de cerrar la temporada, no había sido posible, unas veces por el tiempo, otras veces por él, otras por mí. Estos cuatro días no se nos podía escapar, escudriñamos todas las previsiones del tiempo buscando un hueco en el que meternos, no aparecía o cambiaba intempestivamente, en el último momento se abrió una ventana en la mañana del domingo, metimos todo en el coche y salimos el sábado a las cinco hacia Vega Redonda.
Al llegar a los lagos ya parecía que nos habíamos equivocado, nubes negras, alguna gota de agua, fuertes rachas de viento, frío. Pero el deseo aletargado durante varias semanas devino en codicia, forzó nuestra voluntad y seguimos adelante. Hubo que aplicarse para doblegar lo que parecía rechazo de la montaña que simulaba querer expulsarnos con sus rugidos de viento, aguijones de frío en la cara y una cortina de agua que parecía impenetrable en algunos momentos. Mas tarde vimos que no era así, no estaba furiosa con nosotros, ella misma mantenía un pulso con la borrasca que la atacaba por el sur y logró mantenerla a raya durante todo el día siguiente.
Llegamos al refugio con el cuerpo mojado y la mente débil por la inquietud que nos provocaba el miedo a no poder salir de él al día siguiente más que para emprender el camino de vuelta. Antes de acostarnos observamos que las gotas que traía el viento eran ya más nieve que agua; durante la noche aulló la tormenta, un vendaval era señor absoluto del paraje, mostrando su furia entre las peñas; a la mañana las cosas habían cambiado algo, mermó la fuerza del viento y el agua dejó de ser su aliada. La roca se mostraba cansada y sudorosa pero también firme y victoriosa, nos hizo un guiño una estrella, tomamos camino hacia arriba le dimos relevo, entre todos conseguimos mejorar el día.
Nuestros planes de escalada estaban abiertos: el más ambicioso Torre Santa de Castilla, uno intermedio la Torre de Santa María, el más modesto el Porru Bolu, en la recámara un paseo circular por el interior del macizo. Salimos a las ocho, aún no se habían levantado ni el alba ni los habitantes del refugio, sólo nosotros y nuestras ganas. A medida que nos acercábamos al Porru Bolu descubrimos con alegría que cuanto más nos pegábamos a la base del circo superior menos soplaba el viento, la zona quedaba relativamente protegida y la niebla se mostraba tímida, así que decidimos agradecerle el esfuerzo de la noche.
Nos acercamos por su izquierda, comenzamos en la chimenea que lleva a la colladina que lo une al de la Mayada. Es un primer largo que parece fácil, voy delante y a la mitad me atasco. Hay una roca saliente en medio, afilada, como un “….”, las paredes de la chimenea en ese punto tienen un ángulo muy abierto, son completamente lisas, no tienen puntos de apoyo, intento encaramarme en la roca saliente pero no consigo dar el paso definitivo, el frío excesivo de la piedra añade dificultad, las yemas de los dedos parecen congelarse, pierdo sensibilidad, no sé si agarro buena presa o sólo los apoyo, vuelvo atrás, preparo reunión, le digo a Miguel que suba, cambiamos el turno, él sube sin mayores problemas con técnica de oposición, la espalda en una pared, los pies en la otra, el obstáculo se jode, llega a la colladina con rapidez. Mientras tanto mis dedos han recuperado vida de nuevo, aplico la misma técnica que él y ¡sorpresa! lo supero con facilidad, la técnica se encarga de subir al cuerpo, la cuerda por arriba se ocupa de subir la mente. Es un paso de dificultad pero de poco riesgo.
Me invita a continuar delante en el segundo largo pero desisto, los dedos vuelven a enfriarse y en esos casos es importante la rapidez de movimientos, la experiencia te enseña a ver antes los pasos, la ausencia de ella te hace dudar y te obliga a mantenerte agarrado al mismo punto demasiado rato. El segundo largo comienza hacia la izquierda por una terraza herbosa y luego arriba por una grieta muy evidente, en su mitad está el paso más delicado, no demasiado difícil pero de riesgo, está protegido por una cuña de madera con un cordino, una auténtica obra de artesanía, de ahí casi en vertical hay un clavo y alguna fisura donde meter algún empotrador, un punto de duda, un saliente en la roca lo resolvimos por su izquierda aunque la primera impresión te pida la derecha, enseguida se llega a la segunda y última reunión.
De ahí a la cima nada, una roca separada deja una estrecha galería por la que subir, con la técnica de oposición aprendida más abajo es fácil, arriba no hay casi otra opción que sentarse cabalgando la cresta, hasta un cordino hace las veces de riendas, mejor subir y bajar de uno en uno, asegurado desde la reunión, no son más de cinco metros. Las once de la mañana, me duelen los dedos y me tiembla el cuerpo de frío, pero me siento feliz, lanzo la primera impresión al aire, una segunda más reposada queda escrita aquí, el frío es mal compañero de escalada, lo contrarresto pensando en el calor de las amistades y charlando con Miguel.
El descenso por el mismo sitio con dos tiradas de rapel, una por la pared otra por la chimenea.
Es temprano, el tiempo mejora, decidimos subir por el collado de la Fragua hasta la primera torre de los Argaos para contemplar el mar, llegamos pero la niebla nos traiciona, no se ve más que a ratos. Desde allí contemplamos la hermosa mancha verde de la vega de Justigallar y decidimos, después de comer en el refugio, hacer la bajada por ella; no la conocíamos ninguno de los dos y el tiempo nos hico un inesperado regalo de sol, es una verdadera maravilla: una pradera verde esmeralda, con un muro de piedra que la bordea y un riachuelo serpenteante en el fondo, se notaba hasta la felicidad en la mirada del ganado que pastaba en un lugar tan privilegiado. Mas abajo, el tramo de camino siguiendo el cauce del río no es menos hermoso.
Los paisajes bellos suscitan pensamientos hermosos.
La placidez de algunos parajes evoca las personas queridas.
Un perfecto broche para un día inolvidable.
Una pregunta abierta para las mentes enciclopédicas ¿quién sabe qué faro es el que se ve desde Vega Redonda? Tres destellos seguidos a intervalos de unos dos segundos, seguidos de una pausa larga.

