Para todos los amigos que lo han hecho posible.
Y en especial para José Luis, que ha hecho lo posible y lo que hasta hace poco me parecía imposible.
Refugio de Vega de Urriellu. 25 de septiembre del 2004. 7 h. A.M
1
La noche se debilita y empieza a dar paso a las tenues luces del amanecer. Un río de estrellas captura mis sentidos y los lleva hasta la cumbre de un peñasco imponente. Bajo la estela de luces infinitas, su silueta aparece imbuida de una solemnidad cósmica. Con pudor, recorro todo su cuerpo hasta la cumbre; le miro y siento que él también me mira y me espera. Siento una complicidad íntima en nuestras miradas. En el ambiente se respira una paz profunda, como si todo hubiese sido preparado para acogerme en su cima.
Una vez más, y van tantas desde hace días, mi mente recibe la visita de Rosa y de mis hijos. En sus expresiones ajenas a mi aventura, veo la confianza que depositan en mí y eso me provoca sentimientos de pesadumbre. Mi pensamiento regresa al beso de despedida a mi hija. Recuerdo su voz tierna y adormilada: “pásalo bien”. Una gélida congoja sobresalta mi corazón de pensar cómo lo pasaría ella si ese fuera un último beso.
2
Tras los pasos de mis compañeros me adentro en la canal de La Celada. A nuestra espalda, las primeras luces del sol tiñen de naranja las crestas de Los Albos. La belleza y el frescor del alba alivian el peso que cae sobre las piernas aún entumecidas. Cuatro figuras nos preceden y marcan el camino. La empinada pedrera se hace sentir en los alientos jadeantes, pero no hace mella alguna en la alegría y la ilusión que desprenden mis compañeros. Estamos unidos por un deseo común profundamente enraizado y nos empuja la percepción de un sueño a punto de cumplirse. El camino del sueño está trazado en un lado todavía invisible de las paredes verticales que se yerguen sobre nosotros.
Mientras remonto la canal de La Celada me siento como un enano impotente bajo la inmensa roca. Trato a toda costa de no sentirme acongojado por mi pequeñez y mi inexperiencia. Así que intento convertirme en un objeto fútil al que empuja una corriente. Pretendo seguir andando sin saber a dónde voy. No quiero pensar qué hago aquí, remontando fatigosamente estos pedreros con la pesada cuerda de mi amigo Valentín a la espalda. No quiero que la incertidumbre que se agita en mi interior me delate como a un extraño.
3
Un nutrido grupo de gente se halla concentrado en torno a la Vía Sur directa del Picu. La obligación de pedir turno termina de golpe con todo aire de solemnidad y confiere a la larga espera de un ordinario aire de rutina. Apenas reparo en los escaladores que van iniciando la vía. Pero en algunos movimientos lentos e inseguros creo ver a mis semejantes. En un ambiente de alegre camaradería, vamos desplegando y preparando todo el equipo. José Luis contagia generosamente sus dosis de seguridad y de confianza, a la par que halaga mis vanidades anticipándome el abrazo de La Gloria (“esa señora gorda que…..”). Nandi reparte sus cuidados y serena maternalmente mis emociones. Y a la vera del desenfado expansivo de Montse y de Vicario, resulta imposible el más mínimo decaimiento del ánimo.
La distensión se interrumpe bruscamente por el grito de “¡¡¡piedraaaaaa!!!”. Mientras nos pegamos como lapas a las rocas sentimos un estallido en pedazos varios metros al este y por debajo de nuestra posición. A juzgar por el tremendo golpe, es evidente que ha caído una piedra de notables dimensiones. Unos minutos más tarde, un rumor sobresaltado sigue a la leve e inocua caída de un escalador en el primer largo. En el discurrir intrascendente de la espera, las dos secuencias han introducido las señales del riesgo. De repente vuelvo a ser protagonista de una película de incierto y peligroso final. Las secuencias me aíslan mentalmente de mis compañeros y ahora me veo atenazado en al pared, mostrando a los espectadores mi miedo y mi impericia. Con piernas temblorosas pido que me bajen de un lugar que no me corresponde. Y entonces afronto la vergüenza de tener que justificarme por una confianza traicionada.
4
José Luis afronta el primer largo de la vía. Es el amigo que ha querido atar su vida a mis manos. Con la firmeza de mi posición y la vigilancia atenta de sus movimientos pretendo decirle que ha hecho una buena elección. Su larga figura se desliza con naturalidad buscando el nicho de la primera reunión. Mientras le voy dando cuerda, trato de estar metido por completo en mis deberes. Intento predecir mis movimientos; sentir que mi cuerpo es flexible, que mis manos poseen una sensibilidad especial para adivinar los huecos más recónditos de la roca. Que la larga experiencia en la montaña ha hecho de mí un escalador.
La cuerda en mi cintura se tensa para llevarme a la pared. ¿Y si la llamada del Picu fuera como la trampa de las sirenas? ¿No debería haberme atado, sí, pero a las rocas del pie de la pared para impedir la seducción de los precipicios?.... Inicio la escalada, pero mi compañero me dice que espere a que se haga hueco en el nicho, así que quedo detenido justo ante el paso que ha de ser mi prueba “del algodón”. “Sí, ya está delante de tí, ese paso técnicamente más difícil que retrasaba por las noches el momento de quedarte dormido”…. Siento ojos que están pendientes de mí, del momento ridículo en que la pulida placa que tengo delante rechace mi cuerpo de plomo.
5.
El comienzo de la escalada es el comienzo de mis dudas. Mis dedos palpan ansiosamente la roca pulida y aprieto sobre ella mis pies de gato. Toda la confianza de mis amigos está ahora depositada en mis cuatro extremidades. Quizá sale de ahí la fuerza que me encarama sobre la placa. José Luis trata de guiarme, pero yo ya he estudiado antes ese movimiento en mis predecesores. Alcanzo por la izquierda el canalizo bajo el nicho. Sé que hay un apoyo al otro lado al alcance de mi pierna derecha…... “Te veo bien” “Te veo bien”. La voz de José Luis alimenta mi confianza mientras estreno mi cinta daisy atándola a la cadena. La lentitud del grupo que nos precede obliga ahora a esperar. Mientras tanto, descubro que cuatro amigos atados a la misma cadena a quince metros del suelo pueden convertir un “nicho” en un alegre lugar de bromas y de tertulia. Me siento ajeno a sus comentarios sobre el peligro de tener tanta gente por encima. Yo empiezo a sentir que soy una parte de la pared que no puede desprenderse. Por si la conjura de los elementos en mi favor fuera poco, la pareja que forman Sergio y Susana han adelantado turno y llegan a la reunión. En el borde del nicho Sergio se ata a mi propia cinta. Quién lo iba a decir, mi profesor de escalada en Quirós atado a mí. Tengo ángel de la guarda.
Mientras Vicario progresa en el segundo largo, José Luis, Montse y yo estudiamos la salida del nicho. José Luis señala un levísimo forúnculo rocoso y muy pulido a la altura de los pies. Pero no, una leve arruga a la altura de la cadena ofrece poco apoyo, pero bastante mejor. Tiene que ser la repisa a la que se refería Xuacu. No quiero preguntarme cuantos centímetros le faltan para sentirme seguro sobre ella….. Escudriño cada centímetro cuadrado de la placa rocosa que tengo delante, pero no veo claro donde me aferraré. No quiero pensar en lo que hay debajo, en lo que se siente cuando sólo el aire se ofrece como apoyo imposible para tus pies.
6
Primero Montse y luego José Luis han superado el paso sin problemas. Llega mi turno. No alcanzo bien la repisa. Dudo. Los compañeros de reunión me indican que “el pie izquierdo más arriba; más arriba”. He de sujetar los nervios. Quizá este paso sea demasiado difícil para mí. No, no, ¿por qué ha de serlo?. Mis piernas son largas. He de abrirlas sin miedo. Gano unos centímetros de altura elevándome sobre el pie izquierdo. Ya está. Ahora alcanzo la repisa con mi pie derecho. Quizá resbale ..…. No, no resbalo, así que deslizo el pie derecho para hacer hueco al izquierdo. Ya está, mi pie derecho liberado alcanza ahora el canalizo vertical del segundo largo. No veo a mi compañero, pero la soledad del segundo no existe para mí. Por detrás, siento a Sergio. Por delante, veo un canalizo surcado de grietas e incisiones. No hay nada que temer. La cuerda se tensa en mi cintura. La vía está libre para mí.
7
Apenas he progresado unos metros cuando quedo estancado sobre una zona en la que no encuentro donde fijar mis pies. Los muevo compulsivamente buscando un apoyo firme que no existe para mí. Tampoco encuentro presas para mis manos. Cuando las presas me faltan me siento perdido. Valentín me había dicho que también “lo pasarás mal” y pensarás “qué pinto yo aquí”. Quizá estoy ahora en ese momento. Pero no tengo tiempo de pensar en ello. Así que intento encaramarme, pero me falta fuerza en los brazos. Me deslizo unos pocos centímetros hacia abajo, pero la cuerda me sujeta. Sergio me recrimina que “no coloco los pies en ninguna parte”. “Mete gatos”. “Mete gatos”. Sí, ya…, pero “necesito una presa”, una presa para mis manos. Resoplo, intento descansar unos segundos. Grito: “tensaaaa!!!”, tensaaaa!!!. Un brote de rabia, necesito un brote de rabia!!. Mis dedos encuentran una pequeña oquedad. Ahoraaa!!! …. Resoplo más fuerte. Supero el paso y el canalizo sobre mi cabeza enseña sus grietas tranquilizadoras.
Noto el cansancio del paso anterior, pero las presas son ahora buenas y rebajan mi tensión. Progreso resoplando. Cada grito de tensa!!! anticipa un paso más hacia arriba. Necesito ir gritando, descargando mi adrenalina. Ya veo a José Luis. Descanso unos segundos y sigo progresando sin mayores dificultades hasta resoplar del alivio de la segunda reunión.
La reunión es grande, pero algo incómoda por su inclinación. Llegan los primeros de otra cordada. Por debajo, un miembro de los suyos pasa por problemas. Nervios, mareos, posible lipotimia… así que tendrán que bajar para descolgarlo. Luego sabremos de su retirada. Su mala suerte contrasta con la nuestra. Sí amigo, para nosotros esto marcha, tenías razón al decirme que estaba a mi alcance trepar hacia La Gloria.
8.
Dumbi y Xuacu también tenían mucha razón. El tercer largo es una especie de brecha con excelente presas y protecciones que proporciona un verdadero disfrute. Por momentos empiezo a sentirme un escalador. Progreso con rapidez hasta la tercera reunión. Es amplia y cómoda. José Luis me invita a sentarme mientras esperamos a que Vicario nos de vía libre por su walkie talkie. Mientras tanto no siento la prolongación de la espera, ya estoy gozosamente sumergido en la aventura.
9.
Llega la luz verde de Vicario y Montse acomete su ascensión del cuarto largo. La euforia del grupo empieza a notarse: Sísifo!, “este largo es estupendo” grita LaMont. En su entusiasmo noto mis mismos sentimientos. No hay abismos a nuestros pies. No hay peligros a nuestro alrededor. Estamos integrados plenamente en la pared sur del Picu.
En el cuarto largo puedo seguir con la vista la progresión de mi compañero. Le veo buscar el friend idóneo con que asegurar su progresión. Varios metros por encima de nosotros pide consejo sobre la dirección más adecuada. …. Cuando llega nuevamente mi momento ya tengo claro por donde salir. Primero por la grieta izquierda; luego una traviesa hacia la derecha. Así supero con fluidez la primera parte del largo, hasta llegar a una oronda roca sobre la que mi compañero ha armado un puente de protección. Ofrece un apoyo muy seguro, pero sobre ella me asomo a una zona de roca más lisa que me hace dudar.
Veo a José Luis en la reunión. Lo tengo cerca. Mis músculos están tensos, pero también intensos. Debería pensar que estoy en la zona más aérea de la escalada, pero yo sólo tengo delante otra parte más de la pared. Mis ojos la escudriñan con rapidez. Lanzo mi duda a los compañeros: “no sé que hacer”. Pero no oigo su respuesta. Simplemente me encaramo sobre mis pies de gato y milagrosamente siento que subo. Estoy en los canalizos. Sí, ya sé es aquí donde hay que empotrar los pies hasta sentir dolor. Es esa zona expuesta donde es posible acojonarse, pero para mí son tubos de órgano en los que mis manos se aferran hasta arrancar sonidos de euforia que conjuran el miedo. Un esfuerzo. Otro más y se abre ante mí una zona más tumbada. A mi izquierda está José Luis. Y la música de euforia empieza a ser ya una sinfonía. Sé que lo tengo. Me siento tan firmemente asido a la pared que me detengo a sonreir, a pedirle a José Luis que me convierta en una imagen para el recuerdo.
10
Había pensado muchas veces en el momento de llegar al anfiteatro. Y ya está aquí. Es mío, nuestro….. El Picu nos ha dejado acceder a su interior. No había ninguna trampa en la llamada matutina que me hacía bajo el río de estrellas. Tras dejar las cuerdas en la base del anfiteatro, para José Luis y para mí ya sólo queda trepar prudentemente por sus gradas hasta asomar a su arista. Montse y Vicario nos saludan alegres desde la cumbre. Sí, amigo Xuacu, es tal y como tú dijiste. La honda sonrisa convierte la arista en un amable paseo. El viento se siente como el aire con que saludan las banderas. Así se llega hasta el momento del abrazo, del intenso abrazo de los amigos que han cumplido a la vez su sueño. El momento en que se graba un recuerdo imborrable. Ese momento de felicidad en que se agradece la vida y se le encuentra justificación.
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Refugio de Vega de Urriellu. 19 horas.
- Papi!.
- Elia!… , Sí, Elia… ¿Me oyes?
- Te oigo mal..
- Te cuento: ¿Sabes qué he hecho hoy?... Agárrate a un silla…..¿Estás agarrada?
- Estoy…
- He escalado el Picu, al Pico Urriello….
- ¿Al Picu?
- El “Naranjo de Bulnes”, Elia, he escalado “el Naranjo de Bulnes”
- Pero, ¿qué dices?, ¿en la cima?; ¿has estado en la cima?
- Sí, en la cima de “El Naranjo”; de “El Picu”
- ¿Qué dices? Papi!!!! Papi!!!!
Sí, eso he hecho hoy, subir al Picu y regresar a casa para celebrarlo con vuestros besos.



