Como montañeros menos comunes, otros días nos atraen los viejos “caminos” de pastores, transitando de una majada a otra a través de lapiaces traicioneros y bosques misteriosos, desafiando los desventíos a través de sedos inauditos.
Como montañeros estrambóticos, hay días como el del sábado en que nos atrae el rostro más ignoto de los Picos, y sentimos la llamada de la selva, el deseo irrefenable de adentrarnos en la angostura y en la espesura, arrastrados quizá por algún instinto atávico y primigenio; salido, quién sabe, si del locus silvaticus que se esconde a buen recaudo en un rincón del genotipo.
Claro, que para eso había que prepararse bien. Por eso, la noche anterior, nuestro maestro de ceremonias y Gran Maestre de la Orden del Tridente nos dispuso en torno a la mesa para dar cuenta sin rechistar de una chuleta suculenta... Y una horas más tarde, nuestro guaje bien informado sobre las técnicas más avanzadas de estiramiento muscular, nos llevó al centro deportivo nocturno de la capital de los Picos para una sesión científicamente controlada de billar y futbolín.
Así fue, como bien preparados mental, digestiva y muscularmente, seis amigos de nombres tales como César, Carlos, Carlinos, Victor, Xuacu y Antonio, decidimos acometer la aventura de meternos en el llamado Cañón del Casaño
convenientemente animados, eso sí, por las noticias llegadas de un tal Helio
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Después de recibir en desayuno la energía positiva de la luna
Y allá que nos fuimos, caminando a la vera acogedora del río, hasta apartarnos por un rato de su lado para tomar el camino que talla la roca como una cicatriz con restos de barreno.
Desde el que gozamos de las vistas sobre el valle deshojado y divisamos nuestro inmediato destino.
Y al poco, allá que nos metemos en las entrañas del cañón, amablemente conducidos por una senda hasta el rincón exuberante donde saltan y remansan las aguas cristalinas.
Durante un buen rato, en ese lugar nos quedamos cautivados, departiendo en singular tertulia sobre las razones del bienestar que al hombre le deparan los lugares frondosos, caudalosos y salvajes. Así es como salieron a colación desde los efectos corporales de las combinaciones fisicoquímicas, a los instintos eróticos del animal que llevamos en nuestro interior. De lo que se desprende que, mientras que el primero diría: "se me ha subido la endomorfina"; el segundo diría: "se me han subido las ganas de fornicar".
Ya fuere por un motivo o por otro, a partir de ese lugar nos metemos de un porrazo en lo que veníamos a buscar: el placer de buscarnos la vida a través de la espesura y la angostura, ora trepando taludes y echando mano a las más gruesas hierbas, ora salvando laderas en el límite de la verticalidad, ora vadeando el río de un lado a otro, ora saltando de roca en roca por el cauce atormentado, siempre buscando paso entre una maraña de arbustos y de árboles caídos
Eso sí, felizmente acompañados en todo momento por la música del agua y el fragor de las cascadas, en un entorno salvajemente moldeado por el río en sus días de ira.
Fue así como llegamos al lugar llamado el Oyu la Madre, que como su nombre indica y su topografía sugiere, es como la gran cavidad por donde se produce el parto continuo de las aguas; y que, como también sabemos, a veces pasa del parto tranquilo que contemplamos en días de seca como el de hoy, al parto compulsivo cuando el desnieve amenaza con reventar el útero materno.
Quizá fuera ese nombre tan atávico del lugar lo que produjo en uno de nosotros el impulso de trepar por un lomo inverosímil para acercarse (menos mal que no tirarse) al Oyu.
Mientras otros descubrían en las rocas las huellas fosilizadas del sentido petrificado de la vida
En cualquier caso, lo que se despertó en todos fue la necesidad de recuperar los líquidos sacrificados a la humedad de la selva y de llenar la andorga con los restos de la cesta de Navidad, siguiendo con fidelidad los rituales GeGéMicos con que soportamos la dura vida montañera.
Y así fue como, bajo los efectos oníricos del tinto, después de abrirnos paso por el cañón, se nos puso cuerpo de aperturistas
Después de lo cual, no crean Vds, amigos, que nos quedamos tumbados como bestias salvajes que esperan a que les retorne el hambre para cazar la próxima presa que se pierda por la selva, no.
Como montañeros sacrificados, nos fuimos a hacer la digestión al lugar más alto que habia por encima de nosotros, arrastrando (literalmente para algunos) nuestro cuerpo repleto a lo largo de un valle llamado El Texu.
Para acostarnos en una Peña llamada Ruana
e imaginarnos que en lugar de una Peña arisca
fuera una tierna Xana.
SALUD...os

