II. ¡Ave Curavacas! La Senda del Notario.
Todavía es de noche pero ya no aguanto más en el saco. Salgo y recojo todo a la luz del frontal. Cargo la mochila y voy subiendo hacía el pozo en penumbra. Poco antes de llegar a su orilla dejo la mochila a un lado y me dispongo a asearme un poco y a desayunar. Cuando ya la luz inunda el paisaje emprendo de nuevo el camino.
Hay que bordear el lago por la izquierda siguiendo una marcada senda. El paraje es realmente esplendido, hermosísimo. Vienen a mi cabeza las historias que se cuentan sobre este lago, historias míticas que corrían de boca en boca y que añaden a la belleza una sensación de misterio. Como aquella de la doncella engullida por la serpiente surgida del fondo del pozo, castigada por huir de su casa con un moro prófugo de las luchas de la Reconquista. O aquella otra que dice que el pozo se comunica con el mar y que cuando en él hay tormenta la serpiente vuelve a aparecer en busca de nuevas victimas. Vamos, tira no sea que aparezca la serpiente.
Ahora hay que empezar a subir. Los rastros de sendero se pierden pero tampoco tiene mucha pérdida. Asciendo pegado a las rocas que cierran el pozo por el este. De vez en cuando me vuelvo a contemplar el terreno andado. En la lejanía, tras los puertos de Riofrío, emerge, tras la ligera bruma, el macizo oriental de Picos. Por arriba, a modo de faro orientador, la preciosa Aguja del Pastel.
Desde el lago parecía que la cima estaba ahí mismo. Ahora llego a una zona en la que sigo por unas placas que me van elevando poco a poco hacía la Hoya Superior. Tengo ya a la vista el trazado de la vía que me depositará en la cumbre de Curavacas. Es como una especie de cicatriz que surca la pared norte de derecha a izquierda. Se la conoce por Senda del Notario por ser la que utilizaba Luis García Guinea, notario de Cervera en los cuarenta, para ascender a la cumbre.
Ya estoy en la Hoya Superior y me estoy encontrando con un problema con el que no contaba. Por aquí arriba sigue habiendo mucha humedad y abundan las escorrentías que recorren las placas. Esta especial roca de Curavacas es especialmente peligrosa con agua pues es muy resbaladiza. De echo tengo que dar rodeos para evitar resbalones y aún así no me libro de alguno que otro.
Llego a la base de un pedrero que tengo que superar para llegar la inicio de la vía. Al pie de una roca hay un placa con una cruz en recuerdo de dos montañeros que debieron fallecer aquí en enero del año 95. Tras el pedrero empieza la vía a modo de cornisa herbosa.. La hierba de esta zona es dura, pincha y además está humeda en algunos tramos.
Se llega a una roca que obstruye el paso y que hay que superar trepando. Aquí surge otra dificultad con la que sí contaba: el bulto que conforman mochila y saco. Intento superar el paso sin quitarme la mochila y me atranco. Así que me la quito, pero ¿Qué hacer con ella? Al final la alzo todo lo que puedo hasta lanzarla sobre la primera repisa. Ha habido suerte y se ha sujetado.
La repisa sigue hasta la Brecha Muerta. Aunque no hace falta, subo hasta ella y echo un vistazo por esta zona. Paso de la sombra al sol más luminoso. El Valle de Pineda discurre a mis pies. A un lado Los Urrieles y Andara. Doy la espalda a Peña Prieta, Celestino, Cuartas… Me asomo y miró hacía el abismo del Hoyo Muerto y la impresionante pared noreste.
Bajo de nuevo para continuar por la senda. Al principio sigue por una cornisa herbosa que requiere mucha atención. Luego se van alternando algunos pasos de roca, fáciles en general pero con el peligro de la humedad.
Me llama la atención el colorido de esta especie de argamasa que conforma la roca de esta montaña y que ofrece bonitos contrastes.
Estoy tan concentrado que no me he dado cuenta que me he pasado el Segundo Paso, por donde debería haber salido a La Llana y de ahí a la cumbre. Decido no dar la vuelta y seguir faldeando por la pared. Aún queda algún paso que me da guerra. Concretamente uno que aparece en la foto lleno de resbaladizo musgo que estuvo a punto de amargarme la mañana.
Llego casi hasta la Meseta Inclinada, salida de la Canal Sur, y por una pequeña canal tiro para arriba buscando la salida hacia la cima. Allá al fondo aparece El Bello (Espigüete) que parece mirar hacia La Bestia (Curavacas).
Otra vez los Picos al fondo y abajo, ya muy pequeño, el enigmático pozo que tanto me ha gustado cuando hace un rato estaba a su lado.
Y, por fin, la cima solitaria de esta increíble montaña. Repongo fuerzas extrañado de no contar con nadie a mi alrededor a pesar de la hora ¿La hora? Claro, que es una hora menos y mi reloj marca las doce. No es tan tarde.
Emprendo la bajada por el Callejo Grande. Ya veo que empieza a aparecer gente. Primero un chico joven en solitario. Luego una chica que encabeza un grupo de cuatro. Me pregunta si todo lo que queda es así. Así de asqueroso, le digo. Y es que no me gusta nada de nada este pedrero que puebla el Callejo. También intercambio comentarios con sus compañeros que me dicen que más abajo viene un grupo numerosísimo. Ya los había visto, pero no pensaba que fuesen a subir. Son más de cincuenta chicos y chicas de unos veintitantos o por ahí. La mayoría no creo que pisen mucho la montaña, por las pintas y el ahogo. Van muy desparramados.
Por fin termino el pedrero y llego al arroyo Cabriles que trae más agua que cuando estuvimos en marzo. Anda desbocado y me obliga a tener que andar saltando de piedra en piedra. En una caída tonta pierdo mi reloj-altímetro del Lidl al que tanto cariño tenía. En la caída he apoyado la mano en un hoyo que, que mala suerte, daba al torrente. Debe haber saltado el pasador de la correa y ahora mi reloj duerme en el fondo del Cabriles.
Y se acerca el momento más esperado. Como otra vez en La Hornera de Bernardo y después me dirijo a Cervera para pasar la sobremesa con Alejandro y Josefina. Pregunto a un paisano que no conoce la calle pero si a Alejandro y me indica donde vive ¿Don Alejandro Diez Riol, supongo? Pero esto merecería un post aparte. Decir tan sólo que el rato que pase con esta entrañable pareja fue para mí tan valioso como el resto del fin de semana. Y que me supo a poco, porque me hubiese gustado disponer de más tiempo. Pero ya he cumplido otro sueño.
Eso es todo, amigos.
