I. ¡Ave, Curavacas! El Valle de Pineda.
Uno de los atractivos de la cara norte de Curavacas es su recóndita situación. No tiene aproximación corta y esto, en lugar de desanimarme, me atraía más. Estamos acostumbrados, en estos tiempos modernos, a tener las cumbres a tiro de piedra, gracias a las carreteras, la apertura de pistas forestales o la instalación de remontes mecánicos. Por ello, nos parece una tontería perder el tiempo en las aproximaciones. Padecemos el mal de la prisa y todo tiene que ser lo más rápido posible. Y hay ocasiones en las que, efectivamente, no queda más remedio. Pero esta vez no tenía prisa y estaba decidido a gozar del placer de un recorrido con tranquilidad y sin imponerme tiempos ni horarios.
Así que llegué a Vidrieros y aparque el coche a la salida del pueblo hacía el este. Me cambié y cargué la mochila con la comida y lo necesario para pasar la noche (cuando me la hecho a los hombros pienso que debería haber leído mejor a Lurranalua). Emprendo la marcha con un día soleado y caluroso, impropio de estas fechas. El Carrión baja impresionante, con una carga de agua producto de las benditas lluvias de los últimos días. Ya Alejandro me había avisado de la crecida del rió y de las dificultades que me voy a encontrar a lo largo del recorrido por esta cuestión.
El principio del recorrido transcurre por una amplia pista en buenas condiciones incluso para turismos. Pero antes del llegar al primer puente (Pontón Seco, que otros llaman Puente Pucherín, recordando el nombre de un antiguo puente que se llevo una riada) hay tramos en bastante mal estado y más ahora con la abundancia de agua. Se cruza el puente y se continúa ahora por el margen izquierdo del río. Al poco se supera el único repecho del camino, pues Pineda es un valle prácticamente llano hasta pasar Vega de Cantos. Extensas praderías se van extendiendo a lo largo del recorrido. Un ambiente bucólico me envuelve mientras voy caminando y observo como las vacas y después los caballos pastan a sus anchas.
La pista llega a la altura de un primer chozo en una loma. Un ramal de la pista sube hasta su altura pero esta sigue por abajo y lo bordea por la izquierda. Un grupo de muchachos baja después de haber pasado en él la noche. Son cuatro y nos saludamos. Van en dirección a Vidrieros. Antes me he cruzado con dos ciclistas. Junto con una pareja que va delante de mí desde el principio es toda la presencia humana que encuentro hasta ahora.
El agua rebosa por todos lados y la pista se ve continuamente invadida por pequeños arroyos que la cruzan. Los pastos están encharcados. Más parece la época del deshielo que el otoño. Al llegar al término de Santa Marina la pista se introduce en el río. Pero no hace falta vadearlo si vamos a la derecha y después buscamos un puente en mitad del prado, y yendo más bien hacia la izquierda, que salva el arroyo de Arauz. Al fondo hay un refugio de pescadores donde la pareja para a comer. La salida hay que buscarla a la izquierda por una desdibujada senda que se pierde entre las escobas que pueblan la zona. Tras avanzar por una pedregosa senda entre los roquedos y el río, el valle se abre de nuevo. Ahora el fondo me deja ver la noreste de Curavacas y Peña Prieta que serán compañeros durante la casi totalidad del resto del recorrido.
Llego ahora a un chozo de pastores. Veo que hay aparcados dos todoterrenos y veo gente en el exterior del mismo. Me voy acercando intentando evitar el agua que inunda el prado. Cuando ya estoy cerca uno de los del chozo se dirige a mí: “Entra y toma un bocado, hombre”. Es un chico joven, alto y fornido, con larga melena rubia recogida por un buff. Hay otros dos hombres mucho más mayores. “Si, ya pensaba parar a comer” le digo. Hay una mesa en el exterior y varias sillas. En una fuente observo carne y tambien sobre la mesa varios tipos de queso y una hogaza de pan. “Es conejo, prueba, veras que rico”. Cojo un trozo por cortesía (bueno, que narices, y porque estaba deseando, que ya había hambre) y efectivamente está riquísimo. Les pregunto que de dónde vienen ellos. “No venimos de ningún lado, llevamos aquí desde mayo”. Son pastores lebaniegos. Estos pastos, aunque administrativamente pertenecen a Palencia, son propiedad de ganaderos de Liébana. Intento sacar mi comida pero Rubén, que así se llama mi anfitrión, se ofende: “quita, que vas a sacar nada, come de aquí, que sobra”. Le digo que no me gusta abusar. “¿Abusar? Eso sería si no te hubiese invitado, pero si te digo que comas es para que comas, coño”. Si es por aligerar la mochila, hombre, le insisto. Parece quedar más tranquilo y entra al chozo para sacar una botella de vino. “Toma, anda, bebe de El Coto que está fresquito”. El vino me sabe a gloria. Y hora si que abuso con gusto. Han llegado dos más en una moto. Hablamos de todo un poco, pero la cosa se acaba centrando en los políticos y lo mal que tienen al mundo rural. Esta gente se siente muy abandonada y con razón. Después de casi una hora les doy las gracias y sigo mi camino.
Poco más adelante hay un todoterreno atascado en la pista. Lo han abandonado ante la imposibilidad de sacarlo de allí. Esta zona es conocida como Vega de Correcaballos y hace honor a su nombre. Desde aquí habría una buena visión de la cara noreste de Curavacas si no fuese porque el sol da de plano y me imposibilita ver nada. La pareja va de vuelta y se paran a preguntarme que dónde va a parar el camino. Se lo explico y tras una breve charla seguimos cada uno nuestro camino. Estoy llegando a El Estrecho, el lugar donde casí se tocan el Curavacas y el Lezna pues sus colas casi cierran el valle. Tras cruzarlo me encuentro con el camino invadido por el río Reñuela. Me ha tocado varias veces antes vadear y saltar regatos y arroyos pero no he llegado a descalzarme. Ahora pienso que no me va a quedar más remedio. Sin embargo, al fondo hacía mi derecha, veo un puente. Es el bonito puente de Riofrío que me salva de quitarme las botas.
Llego a Vega de Cantos. Hay un primer chozo en malas condiciones y luego después otro que está bastante bien. Ya veo las Escaleras del Ves, por donde deberé subir hacía el Pozo Curavacas. El chozo tiene dos apartados, uno que parece destinado al ganado y otro para la estancia de los pastores, con su mesita, sus sillitas, su tarima para dormir… y hasta una botellita de vino. Me dan tentaciones de quedarme a dormir allí. Pero las venzo.
Desisto de subir por las Escaleras: demasiada agua. Sigo por la pista. Desde hace rato no hago más que oir un molesto ruido proveniente de una cuadrilla de quads que están ahora derca de mi destino, en medio de la pista que lleva a las inmediaciones del Pozo Curavacas. Cuando tomo el ramal de esta pista me cruzo con ellos que ya bajan. Un poco más adelante la pista se cruza con el Carrión. Pensaba que sería fácil vadearlo aquí pero me equivoque. Me quito las botas y me pongo unas sandalias que traía en previsión de que algo como esto pudiera suceder (gracias a las advertencias de Alejandro, como ya dije).
Después de superar un buen repecho y una gran roca que obstruye la pista, esta toca a su fin. El paraje es ahora encantador. Un arroyo rompiéndose en variadas cascadas y atravesado por un puente me lleva a una pequeña pradera rodeada de rocas. En un lado descubro un pequeño chozo con puerta de madera y a la izquierda una oquedad que sirve de refugio para animales. No es el chozo que busco. No pierdo más el tiempo en buscar y me pongo a montar la tienda ya que se acerca la noche. Al empezar a montar rompo la varilla que forma el pie de la tienda. Al examinarla veo que no está partida sino rajada. Así que la tienda se puede montar pero con un aspecto un tanto deforme.
Cuando acabo me fijo en unas rocas que hay la izquierda. Me acerco y veo que es un antiguo chozo construido aprovechando el hueco entre las rocas. En su parte alta aún quedan restos del techo que pudo ser de madera. Dentro, a la izquierda, hay un somier herrumboroso. Este si que me parece “El Chozo del Tio Vicente”.
Ya casi en penumbra me pongo a cenar. El sonido atronador del agua que me rodea es mi única compañía. Cuando oscurece del todo me meto en el saco. Serán algo más de las ocho. El cielo se va poblando de estrellas ¿Qué hacer en tantas horas? De momento contar aviones. Luego estrellas fugaces. Estalla algún meteorito. Y vuelven a moverse estrellas. Ahora tengo sueño. Resultado: 46 aviones, 12 estrellas fugaces, un meteorito y tres estrellas móviles, además de algún objeto volante no identificado.
Continuará.
II. ¡Ave Curavacas! La Senda del Notario.
