Después de 17 días de interminable mono de monte por fin salgo de nuevo a patear trochas. Mi destino: Valdelugueros y van tres veces las que voy. El Cueto Ancino al atardecer.
Subo por la pista que sale del pueblo de Villaverde de La Cuerna hacia el norte. Me dejo seducir por la belleza de las formaciones rocosas. Villaverde de La Cuerna, 1.430 metros de altitud. Entonces está más alto que Llánaves de la Reina (1.420 m.) Es por tanto el pueblo más alto de León pienso... Todos los días se aprenden cosas nuevas.
El Pico Cotalba, un 1.800 largo, me recuerda vagamente a un Espigüete en miniatura. La imaginación es libre y por dejarla volar no se hace daño a nadie. Paro a echar un pitillo para coger fuelle
Desde el Pando Valporquero se divisan las principales cumbres del sector sur de Valdelugueros. Creo que están las más representativas y menos el Cueto Ancino ya están holladas todas.
Después de pasar por el Pico Redondo (2.129 m.) llego al Pico La Cuerna de 2.140 m.. Curioso buzón, vacío, y buenas vistas del Pico Agujas al que decido continuar. Los terrenos de las pistas de San Isidro, herida sangrante en estas sierras. Me regocijo con las vistas del recorrido que tan bien describe Mendizale en su reportaje y que hice el año pasado: El PR LE 26 Lago Ausente y Requejines+ Peña La Ausente
Al Pico Toneo no llego pero lo apunto mentalmente para subirlo cuando vaya por San Isidro. Otro al que le tengo ganas es al Pico Torres...
Continúo mi ruta bajando a un colladín entre La Cuerna y el Agujas. Por una senda bien marcada me aupo a este último y me deleito con las panorámicas de casi toda la cordillera.
Por un lado los Picos, Mampodres, Espigüete, Las Pintas. Al otro Estorbín, Bolero, Aguazones, Brañacaballo. Viejos conocidos a los que saludo con la mirada...
Bajando del Agujas veo un "moai" que recuerda una cara humana con nariz aguileña. Al subir ni me había fijado mira tú que cosas pasan...
De lejos también se aprecia el careto del tío aquel. Bajo a la Collada Valporquero y me refresco los sudorosos pies en un arroyo. Me encuentro a un guarda y charlamos un rato. Comentamos la toponimia de los mapas que deja mucho que desear según me cuenta.
Acabo la excursión donde la inicié, cansado pero inmensamente satisfecho de haber recorrido otro trocito más de mi querida Cordillera Cantábrica y de atesorar en mis retinas tantos paisajes y horizontes que no me cansaré nunca de contemplar. Un idílico retrato vespertino del Val de Lugueros, la última huella del paraíso, me despide hasta mañana cuando recorra el valle de Arintero. Hasta entonces que lo disfrutéis como yo lo hice...
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