Son las 4:00 a.m., oscuridad total.
Me incorporo sobresaltado, el corazón me late a un ritmo frenético, como un caballo desbocado. Las sienes me palpitan al mismo ritmo, siento un calor fuera de lo normal. Miro a mi alrededor pero la oscuridad me impide percibir mi situación real.
Estaba soñando! Era un sueño maravilloso, lleno de emociones, lleno de sensaciones, en colores y de una apariencia tan real como si en efecto en lugar de ser fruto de mi imaginación, fuera una experiencia auténtica.
No era una pesadilla. Ni mucho menos!! Era un sueño excitante, real, que me estaba haciendo sentir algo fantástico dentro de mí. Algo bueno, algo alegre.
Estábamos en la arista Noroeste del Pico de los Cabrones, mi hermano Ceci, Ana y yo.
Mi cabeza y mi corazón estaban fundidos por una vez, estaban de acuerdo con lo que estaba haciendo el resto de mi ser; la templanza era total, y el discurrir por la arista era como danzar en una cuerda floja, como bailar sobre hielo puro.
Los abismos tiraban de nosotros hacia abajo, y nuestras voluntades tiraban de nosotros hacia arriba. No había posibilidad de darse la vuelta. La única salida, hacia arriba:
Solo la caliza, el viento, y nosotros. Nada mas importa. Nada mas existe. En esas horas nuestro único universo sólo consta de eso.
En el sueño a veces teníamos que cabalgar sobre el Planeta Tierra, como si fuera el lomo de un dragón que estuviera dormido, a fin de no despertarle y caernos de su espalda a los infiernos.
Había que hacerlo con suavidad, con mimo, disfrutando de cada paso sin importarnos lo que hubiera en ese instante entre nuestros dos pies. Con ritmo, como si estuvieras bailando.
Disfrutando del camino recorrido, y sobre todo de la compañía que nos dábamos en ese lugar tan inhumano:
Parecía que la piel humana de nuestras manos y la piel artificial de nuestros pies se adherían a la roca, estableciéndose un vínculo, una unión tan frágil pero a la vez tan firme que nos permitía reptar por cualquier superficie por imposible que esto pareciera:
Y en el sueño llegábamos a la cabeza del dragón, sin que éste se despertara:
Las lágrimas de emoción y de felicidad afloraban a nuestros humildes ojos, que estaban desbordados ante la imposibilidad de VER todo lo que ante ellos se mostraba:
Soñé que ante nosotros se mostraba, altivo y desafiente, el Rey de los Dragones, el Torrecerredo, y por un momento volvimos a recordar que éramos simples humanos en terreno de gigantes:
La misma sangre pero en dos seres diferentes. ¿O quizá no éramos dos seres diferentes? ¿Quizá LOS TRES fuimos por unas horas UNA UNICA PERSONA, UNA MISMA VOLUNTAD, unidos por una cuerda?
Y comenzaba el descenso de aquella aberración de la naturaleza, diseñada para rodar sobre ella y no para fundirse con ella, como nosotros hacíamos:
Y de repente me desperté.
Esta noche no sopla ni una brizna de viento en el Jou de los Cabrones, y el cielo está cuajado de estrellas. Pensé: voy a darme la vuelta y a echar un trago de agua, y voy a dormirme de nuevo a ver si con suerte el sueño continua; pero me voy a abrazar a Ana no sea que me vaya a caer.
Y mientras me dormía, en mi mente se reanudó el sueño. Allí surgía de la nada la Peña Santa en todo su esplendor. Percibía, sentía, oía un murmullo, un susurro, que, con una voz sorprendentemente parecida a la de mi hermano, me decia: EL SENTIMIENTO DE LA CUMBRE DEPENDE MAS DE LA MANERA EN QUE SE SUBE, QUE DE ELLA MISMA.
Un saludo.

