El otro día andaba yo recolocando piedras en una garganta de Picos cuando me encontré con un viejo amigo que al parecer me andaba buscando. “Sísifo”, me dijo, “te buscaba porque quería hablarte del banquete organizado por unos cuantos foreros bien conocidos por tí”. “Según ha llegado a mis oídos, fueron reunidos por Antonión para darse un atracón de sensaciones montañeras y hablar largo y tendido de la belleza de estos parajes en los que cumples tu condena”. Te lo cuento por si ello te ayudara a olvidar por un momento tus fatigas. Soy todo oídos, le dije, y esto es lo que me contó:
El banquete empezó con un entremés largo, ancho y variado. Como bebida de aperitivo se sirvió Agua de Puente Viella, tan esmeralda y cristalina, que provocó en Nandiotima el deseo de bañarse desnuda en su copa. No sin lamentarlo en sus adentros, los demás comensales hubieron de refrenar sus impulsos, pues aún había mucho que decir hasta la hora de la orgía.
A continuación se sirvió Ensalada de Pando Culiembro con agreste aroma de cabra. Pisaprádides se desató en elogios por lo bien que había sido aliñada para resaltar su verdor y librarla de todo sabor parásito, pues aún recordaba su último brote de urticaria al probar de este plato.
A punto de terminar la ensalada, Antonión anunció la exquisita sorpresa del Sedo Inabio, induciendo a los comensales a paladear lentamente el vértigo de su trazado.
Traspasado el sedo, los comensales se enfrentaron de bruces a los sabores fuertes de la Canal de la Raiz, de tan intenso aderezo que sufrieron un ataque de sudores.
Al parecer, este plato de Raiz se trató de una sutil estrategia culinaria de Antonión para obtener el máximo deleite en el momento de llegar a Ventaniella. Encaramados en tan recóndito mirador, les fue difícil encontrar palabras para hacer honor a la belleza indómita que se abría ante sus ojos. A la vista de tan sublimes parajes, Chusias resumió el sentir de los presentes exclamando que, en todo el año, ésta había sido la “mejor invitación”.
Con el espíritu poseído por la belleza salvaje, los comensales se lanzaron a degustar los placeres abruptos de la Canal de Ría, serpenteando entre brezos, pedruscos y pedregales con la alegría contagiosa de los cantos de Fernadónidas.
Tras el largo entremés, llegó el momento del plato fuerte del Banquete: la Canal del Agua. Desoyendo los consejos de Antonión, Juanjómedes se dejó arrastrar por su voracidad intentando trincar la Canal por su hueso más duro; arrastró a algunos comensales tras de sí y todos acabaron con un ligero atraganto. Nada importante, teniendo en cuenta el impacto reparador de la carne suculenta que se adivinaba sobre sí.
Como si quisiera sumarse a la bienvenida, el sol entró a destajo para elevar la temperatura del banquete. A la par, subía el deleite del paladar a medida que los comensales iban dando buena cuenta de cada bloque o cada cascada de piedra. Nandiotima, Jorgidis y Felixíaco se entusiasmaban con las virtudes tan distintas que encontraban en cada bocado. A diferencia de Juanjómedes, Javieríades y Christianípides hablaban poco, pero es que tenían la boca llena por un torrente (nunca mejor dicho) de sensaciones.
Plenamente entregados en el cénit del banquete, el desgaste hídrico comenzaba a hacer mella en los comensales cuando Alfonsóquiles y Antonión anunciaron la pronta llegada del líquido reparador. Para la mayoría, el Agua que de repente empezó a brotar por la Canal fue recibida en su boca como se recibe una dosis de ambrosía. En cambio, al rudo Xuacústenes parecióle la bebida demasiado ligera y falta de sabor, pero exclamó suspiros de gozo cuando se puso a derramarla por su piel.
Con energía recuperada, los comensales volvieron a sus menesteres para ir rebañando hasta el último gramo de la guarnición. Así, hasta caer rendidos de cuerpo y espíritu en la Collada del Agua, como quien se rinde a un orgasmo platónico ante la belleza alpina y majestuosa de un cortejo de apolos y afroditas.
Después de la ingesta de 2.300 calorías, algunos se sintieron plenamente colmados por el Banquete y se despidieron del resto de comensales para ir a hacer la digestión a su casa. Pero el resto aún quisieron un postre, aunque tuvieron que dejar una noche de por medio para hacerle hueco en sus vísceras.
Y como postre, qué mejor plato podían elegir que ese Pico de soberbia estampa llamado de Los Cabrones; o sea, de aquellos que, como tales, están dispuestos a pagar tributos poco honrosos por encaramarse a su cumbre.
Por esa razón, ni Nandiotima ni sus acompañantes vieron "cabronada" alguna en tener que encaramarse por chimeneas y grietas en el borde del vacío, abrasándose literalmente los dedos para obtener el deleite acongojante de sentir el viento en su arista.
Desde su atalaya privilegiada, a la vista de imponentes abismos y de Picos colosales emergiendo entre mares de nubes, los comensales habían llegado al sitio justo para confirmar la existencia de la belleza absoluta.
Pero para eso hubiera sido necesaria la presencia de Sócrates y la fuerza seductora de su discurso trascendente. A falta de ello, lo que ocurrió fue que los degustadores del Cabrones prestaron más atención a las manzanas tentadoras que repartió Nandiotima, retornando ipso facto a su condición intrascendente de mortales y pecadores.
Después de este humano despertar, el Banquete terminó para todos, excepto para Alfonsóquiles y Joséclito, que aún se sintieron con hambre para degustar otro postre en la cumbre del Torrecerredo.
No obstante, para ese momento ya todos habían asumido su condición de vulgares humanos, por lo que convinieron que, en estado de hambre, poco placer se obtiene de la belleza absoluta y mucho de un buen plato de huevos.
Dicho lo cual, los allí reunidos pusieron rumbo al Bar de Rafa para iniciar otra forma más corriente de banquete.
Tras escuchar su relato, mi amigo me preguntó qué me había parecido y yo le dije:“Amigo mío, tu historia ha conseguido, ciertamente, distraer mi saliva con los sabores virtuales de la belleza, pero también me dice que la vida sigue su curso intrascendente y que yo debo seguir con mi trabajo absurdo de arriero de piedras”.





