Sumidos en las angostas sombras de la canales y de los argayos, las divisábamos allá arriba siempre por encima de nuestras cabezas, cierto es que nos aproximábamos a ellas, pero no hacíamos nada por visitarlas... y ya sentíamos que nuestra ausencia duraba demasiado, o ¿acaso temíamos que se sintieran “ignoradas”?
Quizás es que echábamos de menos ese aire libre de la sofocante humedad por la que flotábamos en nuestras anteriores incursiones, quizás echábamos de menos la ausencia, el vacío... la mirada abierta y sin horizontes... esa lejanía al suelo... esa proximidad al cielo.
Nos habíamos sentido demasiado anclados a la tierra, era hora de echar a volar...
¿Y hacia donde? ¿qué cumbre?... teníamos que elegir. Unas veces la elección nos venía dada por el camino que se dibujaba hacia la cima, otras por su fama bien merecida, también por su agreste forma desafiando nuestros deseos... incluso por lo que nos sugería su nombre: como la Verdilluenga. También elegimos otras por el simple hecho de rescatarlas de la pesada sombra de sus vecinas... y precisamente hacia una de éstas dirigimos nuestros pasos este domingo, esperando que fuera amable con nosotros.
Siempre nos llamó la atención la esbelta presencia de las Torres de Cebolleda emergiendo al lado de la famosa Torre de Santa María, que probablemente ha oscurecido un poco su existencia.
En medio de un calor sofocante dejamos atrás el Refugio de Vegarredonda cruzándonos con muy pocas personas, nos extrañó esta soledad en una zona del Macizo Occidental frecuentemente transitada... un domingo y un día esplendido ¿será que la playa compite y ... gana?
Precisamente cuando nos cruzamos con una de esas personas, su apariencia nos resultó familiar
-¿Paco Ballesteros?... y a continuación nos presentamos ¡Que mejor lugar para conocerse! y comenzamos a conversar, nos cuenta que venía con otra pareja de hacer el Porru Bolu.
¡Que pena que el tiempo corriera en nuestra contra!... así que con palabras de un próximo reencuentro nos despedimos de él y encauzamos nuestros pasos hacia el Mosquil de Cebolleda.
Al llegar, el aire nos envuelve y el frescor nos viste de nuevo...¡respiramos! y observamos. El camino que se dirige a F. Prieta sigue su curso descendente y recordamos nuestra última visita cuando la nieve escondía todo este caos de piedras, ¡que dimensión tan diferente pero tan bella imprimía la nieve a todo este paisaje!
Remontamos por la cómoda ladera herbosa de la Cuesta Cebolleda hasta buscar una pequeña horcada característica y vamos contemplando como el “mundo” empieza a alejarse de nosotros.
La flecha roja señala la II Torre Cebolleda
Llegados a la arista vemos enfrente Los Argaos y la impresionante caida hacia la LLampa Cimera… impresiona... y recordamos el triste accidente que se cobró la vida de un esquiador cuando toda la nieve aquí acumulada se avalanzó pendiente abajo.
Acercándonos a Cumbre Cebolleda
Mirando al siempre impresionante Requexón
Tenemos la Horcada a tiro de piedra
Al devolar la Horcada, el mundo vertiginoso que descubrimos nos sorprende, la senda va serpenteando a media ladera con una espectacular caída sobre el camino de F. Prieta, el terreno va formando pequeñas gradas que nos recuerdan a la última parte de la ascensión al Torrecerredo, y el patio que vemos... también.
Hemos dejado atrás los desfiladeros... ya estamos empezando a volar.
Hacia atrás
Antes de seguir con la travesía nos encaramamos a la primera cumbre de esta vertiente para, quizás inconscientemente, hacer perdurar en nosotros ese sentimiento aéreo y vertiginoso que ya habíamos olvidado y vemos desde aquí las Torres de Cebolleda y la canal por la que se accede a ellas.
Abajo queda el camino que viene de la Horcada Santa María.
Volvemos a retomar la aérea travesía que nos acaba dejando en un pequeño rellano enmarcado por dos notorios jitos y que como una gran puerta nos conduce a la entrada de la canal que lleva a las T. de Cebolleda.
Desde la distancia la canal se dibuja de una manera muy atractiva, luego una vez dentro de ella y protegidos en su angostura, volvemos a sentirnos pájaros de “tierras bajas” y la recorremos en una entretenida y fácil trepada.
Al salir de la canal divisamos la II Torre C. y nos admiramos del paisaje y del recorrido.
Desde la cumbre vemos como una vira asciende ahora ya más suavemente hacia una pequeña torre anterior a la brecha por la que se accede a la III Torre de Cebolleda y hacia ella vamos en busca de mejores perspectivas.
A la izquierda observamos la última parte del Corredor del Marqués.
Llegando a la pequeña torre que daría paso a la III Torre.
Sabemos de antemano que un paso de IV nos va a impedir coronar su cima pero a pesar de todo ya nos sentimos por fin, “pájaros de altos vuelos” y no podemos resistir la tentación de acercarnos para vernos recompensados con todo un mundo de agrestes “habitantes”.
Peña Santa y la Hda. Santa María en primer plano.
Los Estribos, la Cabra Blanca, el Diente…
La III Torre Cebolleda... tan cerca... y tan lejos, a pesar de todo nos dejamos encantar con su desafiante silueta y soñamos...
Ensimismados en recorrer las caidas de todas estas agrestes cimas, apenas nos damos cuenta de la llegada por el Sur de grandes nubes negras que parecen anunciar tormenta, como siempre... con prisa, dejamos el “nido” en el que nos encontramos encalomados y emprendemos el descenso.
I y II T. Cebolleda
Bajando por la canal, damos vista a la pequeña Hda. por donde habíamos iniciado la travesía.
Desde Cumbre Cebolleda, nuestra intención de bajar hacia las Barrastrosas como hicimos en un invierno pasado, queda frustrada por los jirones de niebla que van apoderándose de todo el caos de simas que tapizan esta zona... no, no es el mejor terreno para “adivinar” una salida envueltos en esta niebla, así que dejándonos llevar por nuestra “alerta” interior, volvemos a retomar el camino por el que habíamos llegado hasta aquí.
Dando vista atrás, vemos como las nubes y la niebla acaban ocultando completamente las partes altas. Hacia el norte, sin embargo, el sol sigue brillando allá abajo en Vegarredonda ¡curioso! hoy la niebla se ha mudado de aposento.
Notamos unas gotas en el rostro y rápidamente “volamos” hacia el sol, volvemos otra vez hacia las “Tierras Bajas” sintiendo todavía en nuestros pies la mágica ingravidez de las alturas... ese espíritu volátil que poseen todas las cumbres y que hoy una de ellas nos ha regalado.
Esperando que os guste, recibid nuestros saludos

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