Después de completar la subida de Saigu y Fuentes de Rama a través del sedo de Los Arandanales, nosotros nos habíamos quedado con las ganas de explorar la otra posibilidad de salida por encima de Saigu: la canal de Llamero. Como casi se ha hecho costumbre, contábamos para ello con dos fenomenales guías: la escrita de Paco Ballesteros y la fotográfica de Jose m
Así que para celebrar la entrada en el mes de julio, volvimos a meternos en los intestinos del “Gran Argayu”, ahora con la compañía de otros tres arrebecaos: Jose, Carlos y Berto.
Gracias a la lección aprendida de la primera vez, elegimos un nuevo trazado para salvar la fuerte pendiente de Saigu que resultó más “confortable” y seguro, sobre todo por ofrecer un apoyo más firme para los pies. El primer tramo lo hicimos por la izquierda; luego cruzamos la riega para seguir subiendo por la ladera derecha de la canal. Y cuando la ladera derecha se inclina demasiado a mitad de canal, entonces fue el momento de meternos en los intestinos del Argayu.
Joer!, en ese tramo nos vimos obligados a sortear fecalitos (o sea, residuos pétreos) del más variado, y en ocasiones amenazante, tamaño. Imaginaros, queridos lectores lo que íbamos suplicando en ese momento: Saigu!, Saigu!, por lo que más quieras... pero que no se te remuevan en este momento las tripas.
Por lo menos, dentro del intestino no huele mal, pero el calor es sofocante. No corre el aire, las rocas refractan el calor sobre nuestra sensible piel. Sudamos por todos los poros. Así que un encuentro con un leve chorro de líquido nos sabe a gloria. Gracias a dios, por el intestino de Saigu circula.... ¡agua!.
Desde el fondo de la canal puede observarse muy bien como ésta se desdobla por la izquierda en el ramal de la Canal de Llamero, nuestro destino del día. Sin embargo, a tres de los arrebecaos le parece poca exigencia para su reserva de energía y ahí que se van hasta el sedo de Los Arandanales, con Alfonso ejerciendo de guía para que Berto y Jose descarguen adrenalina en el sedo y alcancen la entrada a Fuentes de Rama.
De mientras, los otros dos arrebecaos, Carlos y Antonio, nos las tenemos tiesas para poder alcanzar el fondo de la riega de Llamero, prácticamente engullidos por una selva de helechos que parecen traidos por Gulliver desde Brobdingnag.
Una vez en Llamero, remontamos la pendiente por el estrecho cauce de la riega hasta alcanzar un magnífico haya donde aliviarnos con su respaldo y con su sombra.
No ha pasado mucho rato cuando el trío salvaje asoma por debajo del Cueto Argumoso y en pocos minutos alcanza nuestra posición sin antes abrirse paso a varazos por una selva de ortigas.
Ya juntos, seguimos por el cauce de la riega, que se inclina paulatinamente y nos va poniendo a cuatro patas.
A la altura de 1.050 mts (100 menos de la medición de Ballesteros), aparecen unos cuetos que nos avisan de la cercana entrada a la “senda” de El Redondo. Por encima de este punto, la canal de Llamero ofrece una pinta harto tétrica: estrecha, sombría y apuntando a un cielo que más bien parece un infierno. Así que nadie duda sobre la conveniencia de buscar escapatoria.
La escapatoria de El Redondo comienza con una estrecho y sombrío canalizo terroso al que se accede por un escalón de roca. No se ve lo que hay por encima, pero coincide con la descripción de Ballesteros. Por lo tanto, acometemos la subida poniendo sumo cuidado porque el piso está embarrado y no hay casi más agarre que las plantas.
El episodio siguiente es una traviesa algo expuesta, pero segura, aprovechando una de esas milagrosas repisas, y con un altivo peñón ejerciendo de vigilante.
Al pasar la traviesa, se gira a la derecha para avistar una canal. Parece fácil hasta que empiezas a subirla. En ese momento descubres que pisas sobre un terreno húmedo y deslizante, con una inclinación que no da respiro y que exige centilitros de sudor en cada paso. Es como subir un tobogán embarrado que por debajo apunta a un piscinazo de 200 metros sobre la canal de Llamero. Por lo que a mí respecta, rebecu temeroso donde los haya, tal es el deseo por momentos de agarrarme a lo que pueda, que sólo siento caricias cuando resulta que me he agarrao, sí, pero a las ortigas.
Salvado el eufemismo de la “senda” de El Redondo, la llegada a la horcada resulta más placentera cuando lo que te espera es poder acostarte ante dos maravillas. Una maravilla se llama “Vista”, la otra maravilla se llama “Sombra”. Ahora imaginaros con 30 grados de calentura y adivinad en un segundo con cuál nos acostamos todos.
La salida de la horcada apunta en horizontal hacia un pequeño muro que impide el paso del ganado. Hacia abajo se abre una empinada cuesta que creemos que es La Varadiella y que de bajarla nos llevaría hasta la canal de Las Avareras.
No obstante, nosotros optamos por rebasar el muro, tras del cual es inevitable sentirse atraído hacia la majada de Ostón.
Es el momento para que Berto nos haga una demostración sobre las enormes posibilidades de una vara de avellano.
Tras la foto de grupo, enfilamos la bajada por la primera ladera que nos parece practicable, apuntando directamente hacia Valdelafuente, en la embocadura de la Canal de la Raya. Si no me equivoco (como casi siempre), se trata de la misma bajada que hicieron Ballesteros y compañía volviendo de La Varadiella. Primero un destrepe por unas llambrias (Canal del Embudo) y luego una larga e incómoda ladera (El Valle) para ganar la fuente de Valdelafuente a través Les Cuerres.
A partir de aquí, y tras una ducha refrescante, una agradable bajada por el Monte Ardinal y La Raya hasta dar con la inefable senda de El Cares y recorrer los kilómetros de la basura pensando en una refrescante cerveza y en un suculento bocadillo.
Algunos impresiones personales sobre la dificultad de la ruta:
En comparación con Fuentes de Rama, el tramo medio de la canal de Llamero nos ha parecido mucho más “sucio” e incómodo. La parte alta de la canal parece aún más sucia e ingrata, además de peligrosa.
La “senda” de El Redondo ha sido más difícil de lo esperado. Salvo un pequeñísimo trecho en el acceso al escalón de entrada, no hay resto alguno de senda. El terreno es muy pendiente, resbaladizo y peligroso en bajada. Tal es el terreno que yo bajaría si fuera necesario por Fuentes de Rama y el sedo Arandanales, pero no por El Redondo.
El desnivel hasta la horcada es “modesto”: en torno a 900 metros, pero se salvan con mucha lentitud porque desde que entras en Llamero hay que “sudar” cada paso, sobre todo si aprieta el calor como era nuestro caso.
A pesar de todo ello, estas canales permiten disfrutar de un placer especial: el placer de lo salvaje, de lo recóndito y lo solitario; el placer de la historia engullida despiadadamente por la naturaleza; el placer de la camaradería que crece sobre el abono de los seres arrebecaos.
Salud..os y hasta la próxima amigos

