Antes de nada, quiero subrayar que si tengo la suerte de poder contaros esta ruta es porque tuve la suerte de contar con una inmejorable compañero: Gracias Alfonso
Hace tiempo que habíamos oído hablar en este foro de un lugar de pendientes desmesuradas, de derrumbes colosales, de sedos inverosímiles y de trepadas al borde del abismo. Un lugar, donde en invierno se despeñan los rebecos y las cabras. Un lugar para “montañeros algo arrebecados”.
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No teníamos claro si ese lugar era para nosotros, simples humanos de extremidades delicadas. Sin embargo, de tanto andar en los últimos tiempos por los desventíos de El Cares hemos descubierto con asombro que nos han empezado a salir pezuñas. Así que nos dijimos que había llegado el momento de probarlas.
Poco después de las 9, la canal de Saigu asoma ante nosotros sin engaños ni tapujos, coronada por la silueta colosal del Cueto Argumoso. A la vista de su fiero perfil de torrentera inestable y amenazante, su recibimiento no resulta nada hospitalario.
Para entrar en Saigu tomamos el leve sendero de El Robro que nos lleva hasta el cauce del torrente. Allí empiezan las primeras dudas: ¿mejor por la izquierda o por la derecha?. Nos decantamos por la izquierda atraídos por la vereda de cabras que nos lleva hasta el redil formado bajado una oquedad de la roca.
Pero a partir de la cueva desaparece todo rastro de sendero y tenemos que ascender penosamente a través de un terreno herboso de mal asiento para los pies. Muy por encima de nuestras cabezas asoma un Collado entre dos Cuernos, como si fuesen la corona que espera a quien supere la terrible cuesta.
La panda nos deja sobre un hombro cortado a plomo sobre el cauce de la riega. Esto nos obliga a hacer una travesía en diagonal ascendente sobre una inclinada playa. Hay que pisar con cuidado sobre la hierba muy larga y seca para no deslizarse por el tobogán y dar con los huesos en el cauce seco del torrente.
El terreno se va inclinando progresivamente y cada vez es más frecuente hacer uso de las cuatro extremidades, subiendo a impulsos continuos que exigen un gran esfuerzo físico. Menos mal que el calor es soportable.
Poco a poco, la subida nos acerca al colosal derrumbe de donde surgen las rocas que todos los años se desploman sobre El Cares. Se trata de una peña cortada limpiamente por el grandioso tajo de una fuerza monstruosa. Produce escalofrío pensar en el estrépito causado por tan infernal momento.
En ese momento estamos en el entronque con la Canal de Llamero, desde la que podríamos subir hasta los altos prados entre Ostón y Beresna, pero que ahora queda fijado en la memoria como un próximo objetivo.
Nosotros tenemos que dirigirnos hasta la cabecera del torrente. Es una especie de circo angosto que sólo podemos atravesar pegándonos a las paredes del Cueto Argumoso. Esto nos obliga a seguir trepando por las playas herbosas como dos patosos rebecos. Esta trepada “playera” nos lleva hasta el único paso posible, una vira rocosa por la que subimos con seguridad para buscar una salida por encima del derrumbe.
Una mirada hacia atrás no permite contemplar el vericueto inverosímil por donde acabamos de pasar. Después, tenemos que atravesar otra corta panda para salir a una especie de collada. Previsiblemente, allí hemos de encontrarnos con el muro que corta el paso a Los Arandanales.
El traspaso de la colladina nos conduce al reencuentro con la riega de Saigu, por la que discurre un cascadina que suena como música fresca en tan áspero lugar. Alfonso enfila decidido hacia la cascada para quedar rápidamente frustrado frente a su infranqueable pared.
A la vista de ello, la única posibilidad de paso es el muro que queda a la izquierda de la riega. En un muro algo escalonado que parece factible de trepar. Cuando nos acercamos hasta él aparece la señal inequívoca de ser el paso correcto: el cable de Rafael; no, mejor dicho el alambre. Alfonso comenta que en la próxima visita lo pintará de rojo para que llame la atención de los intrépidos caminantes.
Decidimos trepar libres de la mochila, porque en este episodio un error sería fatal. Alfonso trepa por delante y sujeta la cuerda a la herradura que sirve de anclaje, puesta con indudable pericia y dotada de una solidez que corrobora el paso del tiempo. Por medio de la cuerda subimos las mochilas. Luego sigo los pasos de Alfonso por la derecha del muro, donde nos encontramos con un paso que a nuestro juicio ronda el cuarto grado. Como ya dijera Francisco Ballesteros en su libro, la trepada está en el límite de la escalada; no es difícil, pero sí delicada. Una vez arriba los dos coincidimos en que la trepada hubiera sido más fácil por el lado izquierdo.
Línea roja: nuestra línea de trepada
Línea amarilla: probable trepada más fácil
La canal de Saigu desde el pie del sedo
Después del anclaje aún queda un corto tramo de trepada. Para superarlo es más seguro no seguir recto hacia arriba y salir en curva derecha-izquierda.
La salida del muro nos deposita en Los Arandanales. Desde aquí, su perfil es menos terrible. Al ver de cerca su verde lecho, comprendemos mejor el sacrificio de los pastores como Rafael para traer aquí sus rebaños y aprovechar la hierba. Nos tienta la idea de explorarlos, pero aún nos queda mucha ruta y decidimos que otra vez será.
El tramo siguiente consiste en ascender la Canal de Fuentes de Rama, que a diferencia de Saigu ofrece un trazado franco. La primera parte es una larga cuesta muy empinada, pero más fácil de andar que las playas de la cabecera de Saigu. Aquí nos vale con dos extremidades, lo que resulta un “alivio” a estas alturas. Después de una curva derecha-izquierda la subida nos deja frente al muro levantado por los pastores para impedir el paso de las vacas que pastan en la parte alta.
El trasvase del muro es uno de esos impagable momentos de satisfacción que colman el sentir de los montañeros arrebecados. Los montes de la lejanía parece que fueran tuyos y que los pudieses acariciar con las manos. Es el instante en el que apetece hacerse una foto para el recuerdo y agradecer la compañía y el apoyo del amigo.
En comparación con todo lo anterior, la parte final de la canal es un amable paseo hasta la Horcada de los Bueyes, donde aún se conserva el último resto del invierno. Con su verde lecho, la Horcada es un lugar ideal para descansar y reponer fuerzas. La guinda del ansiado momento es un suculento jamón de bodega, llegado hasta la mochila por la graciosa dádiva del GGM.
Así repuestos convenimos en subir a la cumbre del Cabezo Llerosos para culminar el día. Allí charlamos un rato con un amable grupo que disfruta de su posición privilegiada en medio de un océano de Picos.
Desde allí decidimos hacer el descenso a través del Collado Cuerno, para contemplar la subida desde arriba y seguir estudiando el acongojante terreno de Los Arandanales. Para ello tenemos que atravesar el laberinto de los Jobos del Agua, buscando siempre la proximidad de la cresta y la posibilidad del asome a los abismos. Desde la cresta podemos recrear muy bien la línea de subida (línea roja) y pensar en otra posibilidad aparentemente mejor (línea amarilla).
Y con los grandes cumbres de fondo, es inevitable sentirse fundido en el paisaje.
En Collado Cuerno especulamos sobre la ruta que habría que seguir para llegar hasta la verde loma del fondo, que daría paso a Fuentes de Rama y al sedo de Los Arandanales. Allí hablamos con asombro de unos tiempos que son historia, tratando de imaginar lo que debía representar segar la hierba y sacarla al hombro de tan terribles parajes.
¿Por dónde iría el camino?
Desde el collado nos queda el largo descenso de las Cuestas Sagradas. Bien, y ¿por qué sagradas? Teniendo en cuenta la falta de datos y el exceso de penosas sensaciones, nos decimos que quizá sea porque su descenso entre piedras y arbustos bien parece el castigo por una profanación.
En medio de tan penoso descenso, no hay lugar para la hospitalidad. Ni siquiera en el único vestigio humano de la Cabaña de Las Envernadas. Salvo que un delirio momentáneo te haga ver un rostro humano invitándote tras la puerta.
Con la esperanza de que os haya gustado, un cordial saludo para todos.

