Como ya saben muchos lectores de este foro, el sábado, 27, se había convocado a cuantos voluntarios quisieran demostrar sus dotes para una forma de montañismo histórico en trance de desaparición. En La Trapa, a las 9 horas, 25 personas más o menos comparecieron al acto.
A saber, esta forma de montañismo consistiría en una sabia combinación de la marcha dura con la yanta deliciosa. Para ello, qué mejor ruta podíamos elegir que la misma que El Cainejo y El Marqués camino de hacer historia en El Picu, rememorando al mismo tiempo que la fortaleza física de sus gónadas, las delicias gastronómicas de su zurrón.
Como en toda ceremonia que se precie, ésta también exigiría su tributo, que no sería otra cosa que hacer honor al significado profundo de los dos conceptos que nos habrían unido a las 9 horas de la mañana en La Trapa:
Escalar: subir o trepar por una gran pendiente soportando los rigores atmosféricos (en el día de autos una calorina de aquí te espero), pagando el pertinente tributo en calambres y sudor.
Yantar: cuidar de la manutención de la gran orden vigilante para la preservación del montañismo histórico, pagando el tributo en especie.
Y, como en toda ceremonia que se precie, la nuestra también tendría su deidad a la que rendir salud y gloria. Teniendo en cuenta la históricamente probada querencia de los pioneros por la más clásica de las ambrosías, esta deidad no podía ser otra que Baco. Y en sintonía con el dios, esto significaría que los concurrentes habrían de compartirlo (casi) todo, empezando por el vino.
Pues bien, y como suele suceder en otros órdenes de la vida, lo que había sido concebido por la teoría, no tuvo nada que ver con lo parió ese día la realidad.
La realidad fue que los concurrentes se dieron a la más azarosa de las desbandadas, aprovechando los recovecos del terreno y los entresijos del bosque para convertir el acto en una ceremonia, sí, pero de la dispersión.
A pocas horas de los hechos, resulta imposible desentrañar las razones verdaderas que instigaron la desbandada. Pero ahí han quedado las imágenes grabadas en las memorias digitales para lo que pueda desvelarse de una lectura sutil.
Los oficiantes descienden en ruidosa algarabía por el pedrero de La Raya
Los oficiantes se mantienen agrupados al cruzar El Cares para conjurar la fuerza de la corriente
Mientras el grueso del grupo protege sus “bolas”, uno de los miembros se va a su bola disimulando que ha visto una trucha.
Una aparente bacante del grupo lucha contra la corriente bajo la atenta mirada de sus “compañeros”, pero nada más (véase que el oficiante del fondo no se da ninguna prisa para tirarse al agua)
Por la canal de Sabugo, el grupo empieza a estirarse con el pretexto de que la culpa la tiene la pendiente
En mitad del pedrero que da paso a la traviesa de El Jobo, un par de oficiantes observa con sorpresa que empiezan a perder de vista a los demás.
Las verticalidades del terreno obligan a los oficiantes a agarrarse a lo que puedan ( y de paso a reagruparse por si acaso)
Pero cuando los primeros oficiantes llegan a la majada de El Jobo, sagrado lugar donde había de comenzar el primer acto del rito, nadie se queda a esperar a los sacerdotes.
Cuando los últimos oficiantes pasan por la majada, ésta sólo puede ofrecerles su mas desolado aspecto.
El paso del sedo es perfecto para evocar la historia, pero también para guardar las distancias.
Al fondo, la espesura del Monte Llué atrae a los oficiantes que se dan más prisa para dispersarse entre sus sombras
La majada de Monte Llué no ha sido capaz de atraerse ninguna presencia humana.
En medio de la infinita cuesta y la sofocante calorina, un oficiante con pinta de sumo sacerdote de la Orden del Tridente se siente tan sólo como el haya.
En un descanso a la salida del Monte Llué, la “ceremonia” del vino ha perdido su aura sagrada.
Un oficiante exhibe su cara de felicidad cuando es pillado sisando una mísera lonchita de jamón.
La terapia cervecera quizá no sea suficiente para combatir la decepción.
Pero, al menos, yo he conseguido que esta botella siga siendo mía, ¡¡sólo mía!!.
Y, al final de la jornada, un joven oficiante baja por el Texu como alma que huye .....
.... que huye, ¿de qué? Probablemente de las iras de Baco.
En fin, como podéis observar, queridos lectores, de esta desbandada aún queda mucho qué aclarar. Confiemos en que nuevas imágenes nos permitan reconstruir a cuáles andanzas se dedicaron los desbandados por el quebrado territorio entre Monte Llué y el bar de Rafa .
Así pues, el tribunal de la Orden del Tridente encargado de velar por las Graciosa Gastronomía Montañera, queda a la espera de desfacer los pormenores ocultos de la desbandada de El Jobo, para emitir, o su perdón, o su más dura sentencia.
Por mi parte, y mientras llega la aclaración, ésta es la cara que se me ha quedado, amigos:


