Mi mujer, se niega a mirar, se da la vuelta. Una suave brisa del norte, es apenas un murmullo
entre mis oídos y el casco.
Por el rabillo del ojo, veo a la gente alineada a lo largo de la cresta del anfiteatro.
No los oigo. La vela, de once metros de envergadura ocupa toda la cumbre, cruje levemente .
El aire comienza a repicar, como las tandas de las olas en la Cantábrica. Son las once,
el sol calienta el jou Lluengu, la caliza brilla. Cortinillas de aire recalentado empiezan a
titilar por Vallejo, las primeras térmicas rompen desde la hierba tostada de Pandébano.
Cinco minutos, menos quizá. Repaso los frenos, un pequeño bulto en el centro de la vela,
bajo el, La Virgen de las Nieves, casi me río, vaya sudario.
Chelo, sigue mirando a Horcados Rojos. La vela ondula, abro los brazos, escucho murmullos;
muy lejos; asiento los pies. Otra ráfaga, más intensa. Ocho, diez por hora, aguanto,
espero a la ola madre. Sube, por las chimeneas, suena como un oboe, re mayor, el aire
se vuelve tibio, templado, caliente, un paso, tenso las suspensiones, la vela cobra
vida, empieza a elevarse a mi espalda, tira para atrás como una endemoniada, otro paso,
empujo con todo, cruje como hojaldre y sube, sube, equilibrada, simétrica, magia, no pesa,
no me arrastra, hoy no veré la Leiva. Tengo el paraguas encima, hundo los frenos hasta
las rodillas , velocidad, el suelo se mueve rozándome las botas , un metro, dos, diez bajo
los pies, de repente todo cobra vida, la gente grita, salta entusiasmada. El tiempo, se pone
en marcha..
Las chimeneas de la norte se van abriendo, más y más, freno izquierdo a fondo, la máquina de
volar gira, seguro que la ven majestuosa desde la cimera del Urriellu, rozo el espolón norte,
las salidas de la Rabada / Navarro, miro a Rocasolano y hacia la laja España, muy temprano, para ver a nadie tan alto en la Tapia. Abajo, rodeando el refugio, motas de colores salpican la Vega.. ......Decido sobre la marcha, giro ahora muy despacio para conservar la altura y arrumbo al norte. Paralelo a los Albos, sobrevuelo el jou Lluengu, distingo el Llagu Rasu y en el fondo del jou, unas hormiguitas avanzan por la pedrera.
El aire, fresco, constante, canta agudo entre los suspentajes. Miro atrás. ¡¡¡Madre!!!.......
como se ve el Urriellu.
La canal de Camburero, dibujada, como en el mapa, todo parece una maqueta. Vaya luz. De pronto,
me acuerdo de un de chaval de quince años, una Semana Santa de aquellas…. hundido en nieve papa
hasta la cintura, echando los higados subiendo por Camburero, con el “único” objetivo de ver
El Picu más de cerca...... y de cuando aquel guaje, un año después, aun no se cree que está
pisando su cima y ...........vuelvo a mirar, bajo mis pies, discurre Valcosin, estoy llorando
como una Magdalena.
Cincuenta metros, cincuenta puñeteros metros más y hubiera sobrepasado Main. Me acerco a sus
laderas en un vano intento de remontar y solo consigo unos cuantos meneos, producto del rotor
que el viento norte genera a sotavento. Centro el ala sobre Bulnes y girando ochos, por encima
de los Llanos del Torno, decido perder el kilómetro de altura que tengo sobre el pueblo.
Un par de veces, me acerco al Murallón de Amuesa.
A medida que desciendo, he de cerrar el giro sobre el puente Colines,por encima del Castillo.
En Bulnes se distingue una buena tertulia a la vera de casa Marcelino, grito, pero no me oyen.
Tengo que buscar la toma, estoy en ello cuando una fuerte ráfaga que proviene, como no,
de la canal del Tejo, me pliega media vela por la derecha; el reloj, se para de nuevo;
como puedo, salgo de la plegada para inmediatamente atender a la siguiente esta vez por
la izquierda. Así, hasta media docena de veces. El aire, canalizado por el embudo del
Tejo aumenta de fuerza, viento en cola giro una última vez a unos ciento cincuenta
metros sobre Bulnes y lo encaro, es tan fuerte, que el parapente apenas penetra y
comienza a descender con una fuerte componente vertical, me cuelgo materialmente en
la silla y doy máxima velocidad.
A la izquierda, por debajo del camino del Castillo, un paisano está segando bajo
un tilo, apenas treinta metros de prado, comienzo a derivar hacia el árbol, a un
par de largos de cuerda de distancia, pero no voy a llegar, soy como un paracaídas
de campana a cámara lenta. Planeo un metro y desciendo cuatro, de súbito, el viento
cae, la vela se encabrita y salgo disparado hacia el tilo, al mismo tiempo que me
doy cuenta de la inclinación de la parcela. Aguanto como puedo la tentación de girar;
que pedazo de tilo; el paisano, alucinado levanta la cabeza y me ve aparecer, frenos
a fondo, de repente, todo se para, tomo tierra como si bajara el último peldaño de la
escalera de casa, primero un pie, luego el otro. La copa del tilo a dos metros de la
campana de la vela, suspendida en el aire, como mirándolo.
El hombre está agarrado al "guadanu". No puedo evitar acordarme de Javier,
que hace unos dias salio por pies, tras tomar en un prado Somedano, mientras
el pastor gritaba ¡¡¡¡El diañu!!!! ¡¡¡¡El diañu!!!!. Eso si, empuñando la "guiada".
¿De dónde sale usted?
Del "Picu".
¿"Lu ayudu"?
"Gracies".
Recogimos la vela en cinco minutos.
Jefe, le invito a una cerveza en casa Marcelino..........
Aquella mañana, no hubo más siega........
Alfredo Iñiguez.
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