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Es el primer día del invierno, que ha llegado sin
tapujos y sin ninguna timidez, invadiendo los Picos y sus valles con un
aire gélido. La ilusión por realizar nuestra primera aventura montañera
juntos ha sido más fuerte que el frío, la niebla y la ventisca. Así que
por la vía más directa posible desde El Cable, hemos ido salvando las
fuertes pendientes para llegar hasta la cumbre de Peña Vieja, con el
imprescindible auxilio del acero en la mano y en los pies. El estado de la
nieve, una fina capa blanda y reciente sobre otra capa asentada y dura,
nos ha facilitado la subida a través del empinado pedrero que desciende de
lo alto de La Canalona. Después hemos salvado con fluidez la pala del
pico, extremando la precaución en las placas semiheladas de las partes
altas. En la cumbre, el frío es intenso y la ventisca azota a ráfagas muy
fuertes que hacen peligroso el asome a la arista. Agazapados entre las
rocas decidimos esperar a un grupo de cuatro jóvenes, tres chicos y una chica,
que sigue nuestras débiles huellas. La niebla que oculta el fondo de los
valles se hace jirones durante unos instantes tan fugaces que apenas
tenemos tiempo para adivinar el fondo del valle tras las rendijas. Cuando
la niebla se vuelve a cerrar, los seis montañeros iniciamos juntos el
descenso, contrastando la soltura de los más diestros con las precauciones
de los menos.
Pocos minutos más tarde vamos alcanzando
la parte baja de la pala. Uno de nosotros va
por delante de todo el grupo; el otro por detrás, junto a la única chica.
Al llegar a la antesala del rellano entre Peña
Vieja y La Canalona dos de sus compañeros se detienen para sacar
(aparentemente) unas fotos. ¡HORROR! En un fatídico
instante uno de los jóvenes se trastabilla, se aferra instintivamente al
otro, ambos pierden el equilibrio, caen, sus piolets brincan
descontrolados y sus cuerpos se deslizan a espantosa velocidad sobre la
ladera semihelada del jou. Uno se detiene unas decenas de metros más
adelante, pero el otro se pierde en la terrible incertidumbre de un fondo
oculto por la niebla. Una terrible angustia se apodera de nuestros
corazones.
José Luis es el primero en reaccionar y echa a
correr como si cabalgara sobre el hielo. El tercer hombre del grupo le
sigue. Por detrás, aún sobre la parte más inclinada de la pala semihelada,
Antonio vive el shock de la chica y trata de tranquilizarla con la
confianza de que se habrá detenido sano y salvo sobre el fondo plano del
jou. El aire parece que fuera veneno durante los segundos en los que el
cuerpo de un ser humano, de un compañero, quién sabe de si un amante, más
que un amigo, aparece en la imaginación quebrado contra una roca. Esos
segundos son lo más próximo a la eternidad hasta que una voz te descubre
que nada grave ha pasado. Que el cuerpo del caído ha trazado alguna suerte
de trayectoria milagrosa por entre las rocas dispersas del jou, hasta
detenerse tras de un trompo provocado por las puntas de acero con que uno
trata de clavarse a la vida sin importar el precio.
Una vez agrupados, comprobamos con alivio que
ninguno parece haber sufrido daños graves. Sin embargo, uno de los
accidentados descubre el precio pagado por su violenta detención: un
tobillo seriamente lastimado, con síntomas de rotura en la base de su
peroné u otro daño importante. Su compañero sólo presenta síntomas leves
de golpes o torceduras. En un principio pensamos que el mayor de los daños
ha sido el susto, pero al poco, en nuestro interior algo nos dice que, en
esas condiciones, en el comienzo del atardecer y en ese lugar, algo se puede
quebrar mucho más que un tobillo.
Guillermo, que es el herido, trata de
andar por su propio pie, pero enseguida su voluntad se torna en impotencia
frente a lo imposible. A duras penas y apoyándolo sobre los hombros,
conseguimos llegar hasta el Collado de la Canalona. La pendiente helada se
abre ahora a nuestros pies como un profundo interrogante. Por suerte, el
grupo lleva cuerda, arnés y un par de anclas de nieve. Sin mediar
palabra, nosotros nos cruzamos una mirada de confraternidad y en silencio
decidimos no separarnos del grupo y prestarles toda la ayuda necesaria
hasta que consigamos bajar al accidentado y llevarlo a un lugar seguro.
Por una jugada fortuita del destino, en
ese momento aparece un guardia civil del GREIM de Potes y luego otro.
¡Rayos y centellas!, ¿acaso fuera éste un accidente maliciosamente
previsto por algún augur? Pero, ¡no!; se trata de uno de los grupos que
están tratando de localizar, desde el día antes, a dos escaladores que han
pedido auxilio desde alguna zona de El Espolón. Por desgracia, no tienen
noticias de ellos. En cuanto a nosotros y “nuestro” herido, la situación
provoca un rápido consenso: se hace necesario montar de inmediato un
sistema de descenso y dar aviso al helicóptero de rescate. A la vista de
que algunos de nosotros cuentan con experiencia y conocimiento para la
delicada tarea, los dos guardias del GREIM deciden dar prioridad a la
búsqueda de los escaladores, que va ganando gravedad con el paso de las
horas. Así que el descenso queda a nuestro cargo, mientras ellos se
encargarán del aviso a los equipos de rescate.
Para el descenso elegimos nuestra vía directa de subida, pues su trazado
recto y su inclinación constante harán más rápidas las necesarias
maniobras de anclaje, aseguramiento del herido y descuelgue controlado.
Para mejorar la operación, José Luis dispone en el arnés del herido un
cordino con el que tirar de su cuerpo y facilitar el control de los movimientos
de arrastre.
Pero como, una vez agotada la cuerda, todo el
proceso ha de repetirse, el tiempo pasa y Guillermo va dando muestras cada
vez más agudas de dolor y de ansiedad. A pesar de que le hemos protegido
con ropa de gore-tex, el frío va haciendo mella en su cuerpo sin piedad
provocándole temblores. Mientras la mecánica se repite, Antonio ejerce de
“enfermero” suministrando analgésicos y dando apoyo psicológico a Inés, la
chica del grupo, progresivamente debilitada por la tensión. Cuando el
descenso se reinicia, va relevando a José Luis en la costosa tarea de
arrastrar cuidadosamente al herido. Por su parte, el otro
lesionado del grupo también agudiza sus síntomas de lesión física y
psicológica, por lo que decide adelantarse hasta el camino de El Cable y
buscar noticias de los equipos de rescate. El tiempo transcurre a
indeseable velocidad, mientras la noche acecha sobre todos nosotros. El
poco tiempo que queda de luz nos empieza a preocupar seriamente, pero sin
hacerlo notar procuramos trasladar al herido la tranquilidad y la
confianza.
A las 17.30 de la tarde, y después de
siete u ocho interminables largos de cuerda, alcanzamos la cornisa sobre
el canalizo que antecede al camino de El Cable. Mientras José Luis trabaja
en el último de los anclajes, Antonio inicia el descenso del tramo más
pindio del canalizo para esperar en su base. Está claro que, de llegar sin
otro auxilio a ese punto, necesitaremos cambiar la cuerda por una camilla.
Estamos en esa tesitura, preguntándonos por los equipos de rescate, cuando
en la lontananza aparece el ansiado helicóptero. Ahora la suerte nos
vuelve a acompañar, porque justo nos encontramos sobre el lugar de la
canal que parece más factible para una aproximación del aparato, pero no exenta de riesgo.
El aparato se
acerca hacia
nosotros a gran velocidad. Tras una vuelta rápida de reconocimiento para
evaluar la situación, se pega a la repisa. El giro violento de las aspas
provoca una ventisca que amenaza con arrancar a Antonio de la pared de
nieve a la que se encuentra sujeto con su piolet. La maniobra es
espectacular. El helicóptero acerca sus patines hasta casi posarse. Cuando se halla a unos palmos del suelo, dos guardias saltan
del aparato y se hacen cargo con admirable destreza del entablillamiento y
la sujeción del herido a la camilla. Mientras tanto, el helicóptero se
aleja para dar tiempo y reducir los riesgos que entraña mantenerse en
equilibrio con personas trabajando bajo sus aspas. En cuatro o cinco
minutos vuelve al lugar y se mantiene nuevamente a unos palmos de la
nieve. En ese instante, los guardias izan al herido hasta el interior del
aparato. El margen de luz es muy escaso, máxime cuando todo el valle de
Liébana se halla tomado por una niebla espesa que dificulta, si no hace
imposible, las operaciones seguras de vuelo. En esas condiciones, el
helicóptero opta por volar hasta Riaño. Entre tanto, ha habido tiempo para
que José Luis transmita a Guillermo el deseo de su rápida recuperación y
nuestra satisfacción por haberle sido de ayuda. Con el puño cerrado y el
pulgar tembloroso hacia arriba, Guillermo expresa emocionado su
agradecimiento.
Por debajo de la repisa, Antonio ha
alcanzado el final del canalizo. Mientras el helicóptero se eleva sobre su
cabeza, el peligro silba junto a él de forma inesperada. Una piedra de grandes dimensiones proyectada por las
aspas del aparato ha pasado por su lado como si se tratase de un
proyectil. Sobre la repisa y protegido entre las rocas, José Luis ejerce
de Fellini disparando su réflex sin pausa. Todo resulta
extraordinariamente fugaz, porque en unos segundos el pajarraco mecánico
enfila por encima de las cumbres y desaparece en el horizonte nuboso
dejando entre nosotros una estela de paz después de la batalla.
Con la satisfacción del deber cumplido caminamos agrupados
hasta la Horcadina de Covarrobres, a donde llegamos sobre las
18.30 h., con la noche cayendo rauda sobre nosotros.
Allí nos esperan Quico, el otro accidentado, y Fran, uno de los guardias
civiles que encontramos en La Canalona, con una ingrata noticia. El
responsable del teleférico no ha querido esperarnos. Pasmados por el
asombro, no tendremos más remedio que caminar en una noche cerrada y bajo
la ventisca hasta el hotel de Áliva, donde nos espera un todo-terreno del
GREIM. Con el lesionado Quico arrastrando penosamente sus tobillos
lesionados, las luces del hotel suponen un rayo de alivio. Pero el alivio
es total cuando recibimos la noticia de que los escaladores han aparecido
sanos y salvos después de descender por su propio pie. En la oscuridad de
la noche, todo se ha vuelto de una agradable y gratificante luminosidad.
Son las 19.30 cuando llegamos a Fuente Dé y recibimos el mejor
agradecimiento a nuestro esfuerzo, que es el beso emocionado de Inés.
Los otros dos compañeros se despiden con un apretón
de manos y nos agradecen que hayamos elegido ayudarles en lugar de optar
por la espantada. Nosotros nos sentimos bien de verdad. Es una bonita
sensación que cada uno se lleva para siempre consigo. En ese dulce
instante, los leves copos de nieve son como una agradecida caricia que
reconoce el valor de la solidaridad; el alimento más preciado sobre el que
se afianza la camaradería de la montaña, el nudo gordiano de la amistad.
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