Autores: Antonio Sísifo y José Luis Herranz

 

Título: El Rescate

                  Es el primer día del invierno, que ha llegado sin tapujos y sin ninguna timidez, invadiendo los Picos y sus valles con un aire gélido. La ilusión por realizar nuestra primera aventura montañera juntos ha sido más fuerte que el frío, la niebla y la ventisca. Así que por la vía más directa posible desde El Cable, hemos ido salvando las fuertes pendientes para llegar hasta la cumbre de Peña Vieja, con el imprescindible auxilio del acero en la mano y en los pies. El estado de la nieve, una fina capa blanda y reciente sobre otra capa asentada y dura, nos ha facilitado la subida a través del empinado pedrero que desciende de lo alto de La Canalona. Después hemos salvado con fluidez la pala del pico, extremando la precaución en las placas semiheladas de las partes altas. En la cumbre, el frío es intenso y la ventisca azota a ráfagas muy fuertes que hacen peligroso el asome a la arista. Agazapados entre las rocas decidimos esperar a un grupo de cuatro jóvenes, tres chicos y una chica, que sigue nuestras débiles huellas. La niebla que oculta el fondo de los valles se hace jirones durante unos instantes tan fugaces que apenas tenemos tiempo para adivinar el fondo del valle tras las rendijas. Cuando la niebla se vuelve a cerrar, los seis montañeros iniciamos juntos el descenso, contrastando la soltura de los más diestros con las precauciones de los menos.

            Pocos minutos más tarde vamos alcanzando la parte baja de la pala. Uno de nosotros va por delante de todo el grupo; el otro por detrás, junto a la única chica. Al llegar a la antesala del rellano entre Peña Vieja y La Canalona dos de sus compañeros se detienen para sacar (aparentemente) unas fotos. ¡HORROR! En un fatídico instante uno de los jóvenes se trastabilla, se aferra instintivamente al otro, ambos pierden el equilibrio, caen, sus piolets brincan descontrolados y sus cuerpos se deslizan a espantosa velocidad sobre la ladera semihelada del jou. Uno se detiene unas decenas de metros más adelante, pero el otro se pierde en la terrible incertidumbre de un fondo oculto por la niebla. Una terrible angustia se apodera de nuestros corazones.

             José Luis es el primero en reaccionar y echa a correr como si cabalgara sobre el hielo. El tercer hombre del grupo le sigue. Por detrás, aún sobre la parte más inclinada de la pala semihelada, Antonio vive el shock de la chica y trata de tranquilizarla con la confianza de que se habrá detenido sano y salvo sobre el fondo plano del jou. El aire parece que fuera veneno durante los segundos en los que el cuerpo de un ser humano, de un compañero, quién sabe de si un amante, más que un amigo, aparece en la imaginación quebrado contra una roca. Esos segundos son lo más próximo a la eternidad hasta que una voz te descubre que nada grave ha pasado. Que el cuerpo del caído ha trazado alguna suerte de trayectoria milagrosa por entre las rocas dispersas del jou, hasta detenerse tras de un trompo provocado por las puntas de acero con que uno trata de clavarse a la vida sin importar el precio. 

             Una vez agrupados, comprobamos con alivio que ninguno parece haber sufrido daños graves. Sin embargo, uno de los accidentados descubre el precio pagado por su violenta detención: un tobillo seriamente lastimado, con síntomas de rotura en la base de su peroné u otro daño importante. Su compañero sólo presenta síntomas leves de golpes o torceduras. En un principio pensamos que el mayor de los daños ha sido el susto, pero al poco, en nuestro interior algo nos dice que, en esas condiciones, en el comienzo del atardecer y en ese lugar, algo se puede quebrar mucho más que un tobillo.

            Guillermo, que es el herido, trata de andar por su propio pie, pero enseguida su voluntad se torna en impotencia frente a lo imposible. A duras penas y apoyándolo sobre los hombros, conseguimos llegar hasta el Collado de la Canalona. La pendiente helada se abre ahora a nuestros pies como un profundo interrogante. Por suerte, el grupo lleva cuerda, arnés y un par de anclas de nieve. Sin mediar palabra, nosotros nos cruzamos una mirada de confraternidad y en silencio decidimos no separarnos del grupo y prestarles toda la ayuda necesaria hasta que consigamos bajar al accidentado y llevarlo a un lugar seguro.

            Por una jugada fortuita del destino, en ese momento aparece un guardia civil del GREIM de Potes y luego otro. ¡Rayos y centellas!, ¿acaso fuera éste un accidente maliciosamente previsto por algún augur? Pero, ¡no!; se trata de uno de los grupos que están tratando de localizar, desde el día antes, a dos escaladores que han pedido auxilio desde alguna zona de El Espolón. Por desgracia, no tienen noticias de ellos. En cuanto a nosotros y “nuestro” herido, la situación provoca un rápido consenso: se hace necesario montar de inmediato un sistema de descenso y dar aviso al helicóptero de rescate. A la vista de que algunos de nosotros cuentan con experiencia y conocimiento para la delicada tarea, los dos guardias del GREIM deciden dar prioridad a la búsqueda de los escaladores, que va ganando gravedad con el paso de las horas. Así que el descenso queda a nuestro cargo, mientras ellos se encargarán del aviso a los equipos de rescate.

             Para el descenso elegimos nuestra vía directa de subida, pues su trazado recto y su inclinación constante harán más rápidas las necesarias maniobras de anclaje, aseguramiento del herido y descuelgue controlado. Para mejorar la operación, José Luis dispone en el arnés del herido un cordino con el que tirar de su cuerpo y facilitar el control de los movimientos de arrastre. Pero como, una vez agotada la cuerda, todo el proceso ha de repetirse, el tiempo pasa y Guillermo va dando muestras cada vez más agudas de dolor y de ansiedad. A pesar de que le hemos protegido con ropa de gore-tex, el frío va haciendo mella en su cuerpo sin piedad provocándole temblores. Mientras la mecánica se repite, Antonio ejerce de “enfermero” suministrando analgésicos y dando apoyo psicológico a Inés, la chica del grupo, progresivamente debilitada por la tensión. Cuando el descenso se reinicia, va relevando a José Luis en la costosa tarea de arrastrar cuidadosamente al herido. Por su parte, el otro lesionado del grupo también agudiza sus síntomas de lesión física y psicológica, por lo que decide adelantarse hasta el camino de El Cable y buscar noticias de los equipos de rescate. El tiempo transcurre a indeseable velocidad, mientras la noche acecha sobre todos nosotros. El poco tiempo que queda de luz nos empieza a preocupar seriamente, pero sin hacerlo notar procuramos trasladar al herido la tranquilidad y la confianza.

            A las 17.30 de la tarde, y después de siete u ocho interminables largos de cuerda, alcanzamos la cornisa sobre el canalizo que antecede al camino de El Cable. Mientras José Luis trabaja en el último de los anclajes, Antonio inicia el descenso del tramo más pindio del canalizo para esperar en su base. Está claro que, de llegar sin otro auxilio a ese punto, necesitaremos cambiar la cuerda por una camilla. Estamos en esa tesitura, preguntándonos por los equipos de rescate, cuando en la lontananza aparece el ansiado helicóptero. Ahora la suerte nos vuelve a acompañar, porque justo nos encontramos sobre el lugar de la canal que parece más factible para una aproximación del aparato, pero no exenta de riesgo.

            El aparato se acerca hacia nosotros a gran velocidad. Tras una vuelta rápida de reconocimiento para evaluar la situación, se pega a la repisa. El giro violento de las aspas provoca una ventisca que amenaza con arrancar a Antonio de la pared de nieve a la que se encuentra sujeto con su piolet. La maniobra es espectacular. El helicóptero acerca sus patines hasta casi posarse. Cuando se halla a unos palmos del suelo, dos guardias saltan del aparato y se hacen cargo con admirable destreza del entablillamiento y la sujeción del herido a la camilla. Mientras tanto, el helicóptero se aleja para dar tiempo y reducir los riesgos que entraña mantenerse en equilibrio con personas trabajando bajo sus aspas. En cuatro o cinco minutos vuelve al lugar y se mantiene nuevamente a unos palmos de la nieve. En ese instante, los guardias izan al herido hasta el interior del aparato. El margen de luz es muy escaso, máxime cuando todo el valle de Liébana se halla tomado por una niebla espesa que dificulta, si no hace imposible, las operaciones seguras de vuelo. En esas condiciones, el helicóptero opta por volar hasta Riaño. Entre tanto, ha habido tiempo para que José Luis transmita a Guillermo el deseo de su rápida recuperación y nuestra satisfacción por haberle sido de ayuda. Con el puño cerrado y el pulgar tembloroso hacia arriba, Guillermo expresa emocionado su agradecimiento.

            Por debajo de la repisa, Antonio ha alcanzado el final del canalizo. Mientras el helicóptero se eleva sobre su cabeza, el peligro silba junto a él de forma inesperada. Una piedra de grandes dimensiones proyectada por las aspas del aparato ha pasado por su lado como si se tratase de un proyectil. Sobre la repisa y protegido entre las rocas, José Luis ejerce de Fellini disparando su réflex sin pausa. Todo resulta extraordinariamente fugaz, porque en unos segundos el pajarraco mecánico enfila por encima de las cumbres y desaparece en el horizonte nuboso dejando entre nosotros una estela de paz después de la batalla.

           Con la satisfacción del deber cumplido caminamos agrupados hasta la Horcadina de Covarrobres, a donde llegamos sobre las 18.30 h., con la noche cayendo rauda sobre nosotros. Allí nos esperan Quico, el otro accidentado, y Fran, uno de los guardias civiles que encontramos en La Canalona, con una ingrata noticia. El responsable del teleférico no ha querido esperarnos. Pasmados por el asombro, no tendremos más remedio que caminar en una noche cerrada y bajo la ventisca hasta el hotel de Áliva, donde nos espera un todo-terreno del GREIM. Con el lesionado Quico arrastrando penosamente sus tobillos lesionados, las luces del hotel suponen un rayo de alivio. Pero el alivio es total cuando recibimos la noticia de que los escaladores han aparecido sanos y salvos después de descender por su propio pie. En la oscuridad de la noche, todo se ha vuelto de una agradable y gratificante luminosidad.

            Son las 19.30 cuando llegamos a Fuente Dé y recibimos el mejor agradecimiento a nuestro esfuerzo, que es el beso emocionado de Inés. Los otros dos compañeros se despiden con un apretón de manos y nos agradecen que hayamos elegido ayudarles en lugar de optar por la espantada. Nosotros nos sentimos bien de verdad. Es una bonita sensación que cada uno se lleva para siempre consigo. En ese dulce instante, los leves copos de nieve son como una agradecida caricia que reconoce el valor de la solidaridad; el alimento más preciado sobre el que se afianza la camaradería de la montaña, el nudo gordiano de la amistad.